domingo, 24 de agosto de 2025

Las culturas ocultas del bosque tropical


El aporte de investigaciones llevadas a cabo durante los últimos años en la cuenca de los ríos Mayo-Chinchipe y Marañón ha revolucionado el conocimiento que teníamos sobre las culturas que poblaron la Alta Amazonía durante el período formativo, dando soporte a tesis como las de Julio César Tello y Donald Lathrap, quienes propusieron que la gran civilización andina tuvo su origen en la selva, territorio en el cual mediante el cultivo y la domesticación de numerosas especies el hombre creó un estilo de vida próspero, basado en la explotación sustentable de recursos en los diferentes pisos ecológicos.

                                                                       

Bosque de niebla, el nacimiento de los grandes 
ríos amazónicos  ©DLeynaud


En el marco del "Programa binacional de integración e investigación en la región fronteriza de Perú y Ecuador" se llevaron adelante exploraciones y estudios en las cuencas hidrográficas alta, media y baja de los ríos Mayo-Chinchipe, Marañón, Utcubamba y Puyango-Tumbes. El resultado de los trabajos amplió nuestro conocimiento de los grupos humanos que habitaron la Alta Amazonía durante el período formativo de las culturas andinas, dejando en evidencia sus fuertes lazos de interacción regional mediante un nutrido sistema de intercambio de bienes de prestigio. Se comprobó también el importante rol que cumplieron las chacras de producción agrícola de la selva ecuatoriana en el proceso de domesticación del árbol de cacao. Los estudios confirman a la Alta Amazonía como el lugar de origen de dicha especie, lográndose por acción del hombre la posterior dispersión de la planta hacia otras zonas tropicales del continente.

                                                               
Mortero lítico con forma de fruto de cacao 
Cultura Mayo-Chinchipe ©MNAE


El cacao, alimento y medicina ancestral

Producto tradicionalmente asociado con las culturas mixe-zoque y maya de mesoamérica durante mucho tiempo se pensó que el cacao era originario de Guatemala, Honduras y México. Esto se debe a que los primeros europeos en llegar "descubrieron" el grano en aquellas tierras, así como también observaron el aprecio que tenían los pueblos nativos por una bebida que preparaban con las semillas trituradas de aquel árbol, mezcladas con diversas especies -como el chile y la vainilla- para obtener un producto al que llamaban xocolatl (nombre del cual deriva la denominación moderna). La evidencia mas temprana de utilización del cacao como bebida en mesoamérica se encontró en el Soconusco, más precisamente en el yacimiento arqueológico de Paso de la Amada, enclave del período formativo temprano perteneciente a la cultura Mokaya cuya antigüedad data 3900 años a.p.. Cerca de allí, en la cálida y fértil región aluvial que desagua en el Golfo de México, la cultura Olmeca demostró ser una gran propulsora de la bebida entre las elites regionales con las que mantenía una estrecha relación. Algo más tarde, en la Europa del siglo XVIII el naturalista sueco Carl von Linnaeus reconoció la importancia del cacao como bebida tonificante otorgándole el nombre de theobroma cacao (del griego "alimento de los dioses"), y así lo inscribió en su obra "Species Plantarum", pionera de las ciencias naturales. Promediando el siglo XX la biología avanzó en el estudio de la planta, logrado clasificar en el bosque tropical de América del Sur diez variedades de cacao nativo -un número mucho mayor que en mesoamérica-, lo que llevó a la comunidad científica a considerar a la Amazonía Occidental como su lugar de origen.

Los estudios recientes han permitido corroborar la hipótesis anterior. La evidencia se obtuvo luego de analizar en laboratorio el contenido de un conjunto de botellas de tipo asa estribo halladas en el sitio arqueológico de Santa Ana-La Florida, ubicado en el cantón Palanda de la provincia de Zamora Chinchipe, sureste de Ecuador. 


Trabajos multidisciplinarios

El sorprendente descubrimiento de acervo material fue hecho por el arqueólogo ecuatoriano Francisco Valdez en 2012 y consiste, entre otros objetos, en una serie de recipientes de cerámica finamente elaborados (entre 5500-5300 años a.p.), depositados como ajuar funerario en el contexto de un entierro en nicho vertical bajo una estructura construida en forma de espiral aledaña a la plaza principal del sitio, inhumación que probablemente pertenece a un patriarca y/o chamán de gran prestigio dentro de la comunidad. Además de los mencionados recipientes se hallaron en el lugar dos mascarones y varios collares confeccionados en amazonita, una piedra verde muy valiosa y apreciada por los indígenas en la antigüedad; piezas en nácar del bivalvo Spondylus, extraídas de la costa del Pacífico; instrumentos aerófonos en concha de caracol Strombus, también del Pacífico, conocidos como "pututus" y ampliamente difundidos en el área andina. Además se hallaron restos de lo que pudo haber sido una valiosa pieza textil con apliques de cuentas de turquesa y malaquita; varios morteros de piedra y tabletas para consumir, en forma de rapé, las semillas de un potente alucinógeno conocido con el nombre de vilca; una serie de platos, también de piedra, con grabados polimorfos y un contenedor de barro cocido con cuatro soportes o patas, decorado con el rostro de un personaje chacchando (mascando) coca; este recipiente fue utilizado para guardar la cal que sirve para extraer el alcaloide de las hojas durante el chacchado.

                                                               

Chacchador ©MNAE

Este interesante agrupamiento de objetos de gran prestigio, representativos tanto de la selva como de la sierra andina y la costa del Pacífico, demuestra la enorme importancia del sitio y brinda un panorama que nos permite reinterpretar el pasado de los pueblos amazónicos y su significativa influencia regional.


Cuenca del río Chinchipe


Recipientes ©MNAE

Concluido el estudio en laboratorio de los recipientes hallados en Santa Ana-La Florida, estos revelaron contener granos microscópicos de almidón de cacao y restos de theobromina (un alcaloide presente en las semillas maduras de aquel fruto); almidón de maíz proveniente de una bebida elaborada con semillas de dicho cereal, probablemente chicha, y almidón de yuca derivado de otra bebida producida por fermentación, en este caso de las raíces del arbusto homónimo, conocida como masato. El test de ADN demostró que el material genético encontrado en la botella que contenía restos de cacao es compatible con el de los actuales árboles productores de la cuenca alta del río Chinchipe. De acuerdo con las pruebas de carbono14 y las secuencias de ADN obtenidas se constata que las especies de cacao domesticadas en la Alta Amazonía vienen siendo utilizadas por el hombre desde hace al menos 5500 años en alimentos y bebidas.

En el contexto de los trabajos de campo se recogieron gran cantidad de muestras cuyo posterior análisis permitió documentar de manera precisa a las principales especies botánicas domesticadas, hace más de cinco milenios, en las chacras de producción agrícola de la selva alta ecuatoriana, el grupo incluye: Yuca, Maní, Llerén, Ñame, Papa China, Camote, Achira, Ají, Frejol, Maíz, Coca y Ayahuasca. 

Esto es muy importante porque ratifica la esmerada labor material llevada a cabo por el hombre de la selva en el acondicionamiento de terrenos (chacras) donde se sembró una gran variedad de plantas cuya coexistencia simbiótica en el espacio de cultivo (como se logró en la milpa mesoamericana) beneficiaba a todo el conjunto productivo, dando como resultado alimentos y medicinas de primer orden que con el paso del tiempo llegaron a abastecer no solo a las comunidades locales sino a otras más alejadas de la costa y de la sierra. 


Muchos siglos después, un nuevo dios y esclavitud

El conocimiento de las tribus que habitaban la región occidental de la Amazonía se dio a los europeos de manera temprana merced a las descripciones hechas por los misioneros jesuitas que ingresaron a la selva utilizando las antiguas vías de comunicación de los pueblos originarios. Estos caminos ancestrales fueron bien trazados por los nativos, que transitaban por ellos de un lado al otro de la cordillera para intercambiar productos de los diversos pisos ecológicos. Desde mediados del siglo XVII se realizaron abundantes registros escritos y mapas de las rutas que tomaron los misioneros para internarse en la selva con el fin de cristianizar a los grupos de indígenas Bracamoros, denominación que por entonces se les daba a las diversas etnias que poblaban las márgenes fluviales de la cuenca del alto Marañón.

Con posterioridad a los sosegados misioneros, recios colonos buscadores de riqueza ingresaron armados a la Alta Amazonía, ejecutando cruel y metódicamente el exterminio de los indígenas no reducidos por los jesuitas, a quienes consideraban bárbaros. El saqueo de poblados, la agresión sexual a las mujeres, las matanzas y la sujeción a esclavitud de los varones -se los sometía para obligarlos a realizar trabajos en los lavaderos de oro del río Chinchipe- fue un accionar común, llevado adelante durante años por los invasores con la complicidad de algunos misioneros, que colaboraron delatando el paradero de los nativos insumisos al evangelio. Esto obligó a los grupos de Bracamoros (antepasados de los actuales Shuar, Achuar y Awajún o Agua Runa), a replegarse hacia lo profundo de la selva baja para sobrevivir. Cabe agregar que los mencionados lavaderos no fueron un descubrimiento particular de los colonos, ya que desde época prehispánica los poderosos señores de la sierra enviaban a la zona (ver detalle en el mapa) a grupos de mitmaqkuna con el fin de obtener metales, cuya mayor parte era utilizada para elaborar aplicaciones de vestidos, adornos y tocados.


El viejo mundo observa la Amazonía

En 1735, el geógrafo y naturalista francés Charles Marie de La Condamine fue nombrado director de una expedición enviada por la Academia de Ciencias Francesa a la Real Audiencia de Quito para medir el punto de curvatura de la tierra y poner fin de ese modo a un dilema científico que inquietaba a matemáticos y geodestas desde hacía más de un siglo. Una vez finalizada la labor, La Condamine aprovechó su presencia en el altiplano quiteño para organizar, por su cuenta, una expedición al Amazonas con fines de investigación. Partió de la ciudad de Loja por los caminos ancestrales de los pueblos originarios y al igual que los misioneros descendió a la selva, pasando cerca de Palanda, para acceder a la quebrada del alto Chinchipe y seguir a lomo de mula su cauce hasta un poco antes de la confluencia con el Marañón; aquí la expedición se embarcó y continuó por agua hasta el Amazonas, vía fluvial por la que navegaría hasta llegar a su desembocadura en el océano Atlántico. En el camino tomó detalladas notas botánicas y registros cartográficos del entorno en el que se encontraba sumergido, describiendo a los grupos indígenas que encontró durante el recorrido y sorprendiéndose por la actitud abierta y receptiva de casi todos ellos frente a la llegada de la expedición. De regreso a Europa sus investigaciones generaron interés no solo en el ámbito académico sino también en el de financistas y comerciantes interesados en el tráfico de especies, en particular de cacao, a la sazón un producto muy demandado en el viejo continente y cuya comercialización era monopolizada por la corona española, que realizaba su distribución ultramarina desde el puerto de Guayaquil.


Un investigador avezado de las culturas andinas

Es interesante mencionar, entre las tesis presentadas sobre el origen de las culturas andinas, a la de Julio César Tello, arqueólogo peruano que durante la primer mitad del siglo XX llevó adelante trabajos en sitios de la sierra de Ancash, la península de Paracas, el valle del río Nasca, la costa Mochica, el altiplano de Puno, el Cusco, etc.. Tello planteó en su tesis que la población de los Andes Centrales se originó merced a la influencia migratoria de grupos amazónicos que, en época prehistórica, ingresaron a la sierra central por los corredores de los ríos Utcubamba y Marañón, y hacia la costa del Pacífico atravesando la depresión de Huancabamba, espacio que separa geográficamente los Andes septentrionales de los Andes centrales y donde la altura de las montañas no supera los 2200 metros sobre el nivel del mar (Abra de Porculla), facilitando de este modo el tránsito hacia la costa. 

A grandes rasgos su propuesta expresa que en época remota grupos primitivos de recolectores y cazadores procedentes del norte llegaron a la selva amazónica en busca de un medio mas acogedor para la subsistencia. Estos grupos discurrieron por el flanco oriental de los Andes y se instalaron en la ceja de selva (1000-1500m), un piso ecológico que por sus características naturales es muy favorable para la vida. Allí comenzaron a experimentar cultivos que con el correr del tiempo se transformaron en agricultura. Sembraron maíz, yuca, camote, frijol, maní, y se abastecieron de los árboles frutales de la región (papaya, piña, chirimoya, lúcuma, pacaé, granadilla, cacao, etc.). Utilizaron además la enorme variedad de plantas silvestres presentes hasta hoy en la farmacopea tradicional amazónica. Cabe pues un reconocimiento para el padre de la arqueología peruana.

                 
Julio C. Tello    


Las investigaciones recientes

Para mitigar el hiato de conocimientos arqueológicos sobre la Alta Amazonía e indagar la factibilidad de las anteriores ideas, el Instituto Francés de Investigación para el Desarrollo (IRD) propuso al Instituto Nacional de Patrimonio Cultural de Ecuador, en el año 2001, la celebración de un convenio internacional de cooperación científica y de asistencia técnica con la finalidad de efectuar un reconocimiento arqueológico amplio de la provincia de Zamora Chinchipe.


Los trabajos efectuados en el marco de este convenio fueron muchos y han puesto en evidencia cerca de 400 sitios arqueológicos con vestigios de ocupación prehispánica en el área, inventario que se llevó a cabo mediante el reconocimiento físico de las cuencas de los principales ríos: Zamora, Jamboe, Nangaritza y Mayo Chinchipe. Los hallazgos más frecuentes pertenecen a pueblos que vivieron en el territorio entre el siglo IX y la primera mitad del siglo XX, como los Bracamoros, antepasados de los actuales Awajún y Shuar. Sin embargo, los datos mas innovadores y trascendentes tienen relación con las evidencias arqueológicas correspondientes a una ocupación mucho mas temprana y que estuvo presente a lo largo de todo el eje hidrográfico Chinchipe-Marañón, área binacional cuya cuenca en la parte superior (ecuatoriana) es angosta, abrupta y húmeda, mientras que en la parte media y baja (Perú) gana en amplitud y presenta un régimen de lluvias mucho más reducido.

La prospección del área ubicada en la cuenca alta del río Chinchipe permitió el hallazgo de materiales culturales no conocidos hasta entonces en ninguna otra región de Ecuador. El estudio de los objetos encontrados y su posterior datación mediante los mencionados análisis en laboratorio posibilitó el establecimiento de una nueva cultura arqueológica perteneciente al período formativo temprano  -contemporánea de Caral (costa central del Perú), Valdivia II (costa ecuatoriana), Kotosh (Andes centrales del Perú)-, que ha sido denominada Complejo cultural Mayo Chinchipe-Marañón.
                        
©MNAE


domingo, 22 de junio de 2025

El felino de fuego


El gato andino es una especie nativa de la cordillera de Los Andes cuya población se encuentra gravemente amenazada por el avance indiscriminado de la actividad humana sobre el territorio que habita. Durante mucho tiempo la existencia de este bello e intrigante felino estuvo sumida en un profundo misterio debido a que es un individuo muy difícil de ubicar, tanto por la conducta sumamente elusiva que manifiesta como por su hábitat en zonas escarpadas de la cordillera, considerándoselo, incluso hasta hace poco tiempo, desaparecido. Antropólogos e investigadores de las culturas andinas, por su parte, nos hablan de un antiguo mito de los pueblos originarios en el que se lo menciona como una entidad de orden cósmico, con poderes relacionados con el granizo, el rayo y el arco iris.


Leopardus Jacobita ©AGA


Recientemente se han obtenido, con ayuda de tecnología de última generación (cámaras trampa y pequeñas grabadoras digitales), valiosos registros fotográficos de ejemplares junto con sus crías, lo que reavivó el interés por la especie y su necesaria preservación. La presencia del gato andino se monitorea con gran esfuerzo por acción de grupos comprometidos en cuatro países: Perú, Bolivia, Argentina y Chile, donde vive en los ambientes áridos y fríos de la puna y de la estepa sur andina. Es, como todo felino, un hábil escalador y suele instalar su madriguera en las cuevas u oquedades de los escarpados farallones. De hábitos solitarios y crepusculares el gato andino llega a vivir en alturas cercanas a los 5000 metros, como lo demuestra el hallazgo de excrementos acumulados en "letrinas" (espacios acotados que utiliza para defecar) ocultas en roquedales cercanos al límite de los hielos glaciares. Su alimento preferido es la carne de vizcacha, y solo en caso de necesidad extrema ingiere roedores pequeños o lagartijas. Se piensa que las hembras tienen una cría por lechada, ya que en las grabaciones registradas mediante las cámaras ocultas se las ha visto acompañadas siempre por un solo cachorro, lo que dificulta aún más el proceso de recuperación poblacional. Debido a que la supervivencia del gato andino se encuentra críticamente amenazada por factores graves, como la contaminación de los ríos con desechos de metales pesados y cianuro, la desecación de los ojos de agua y la caza, la especie ha sido incluida en la Lista Roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN). Su futuro, como el de muchos otros animales de la región, depende de las acciones que tomemos para resguardar el medio ambiente en el cual vive desde hace milenios. 


El gato andino y la arqueología 

Algunos años atrás, mientras se realizaban trabajos arqueológicos en Laqo, un importante adoratorio perteneciente al sistema de ceques inca ubicado junto al primer tramo del Capaq Ñan (o camino principal) que se dirige al Antisuyu desde la ciudad de Cusco, se desenterró una escultura de piedra de porte mediano y forma circular, que sobre el borde superior presenta tallada la figura de un animal recostado. Los arqueólogos que intervinieron en el descubrimiento describieron en primera instancia a dicha figura como una "nutria de rio" debido a la connotación acuática de aquel mamífero y a que la pieza de la que forma parte se encontró colocada en un sector del recinto donde proliferaban los canales de agua. Con el tiempo, y mediante el estudio comparativo de la escultura, se llegó a la conclusión de que ésta figura no representa a aquel animal sino mas bien a un gato montés, mas precisamente al Leopardus Jacobita, especie cuyo hábitat es, como se mencionó al principio, la sierra alto andina. Conocido como Titi en lengua aimara y como Osqollo o Chinchay en quechua, este bello felino de pelaje gris rojizo fue ungido en la ideografía de los petroglifos tallados sobre las rocas de los Andes, desde época prehistórica, como una poderosa entidad de orden cósmico.    

                                          

Petroglifos de Toro Muerto,
Arequipa, Perú

Luego del hallazgo el monolito en cuestión fue trasladado al Museo Regional de Cusco y colocado en una de las salas de la gran casona que otrora perteneciera a la familia del Inca Garcilaso, donde se lo exhibió por algún tiempo bajo una filiación equívoca. Al asumir como directora de aquel espacio cultural la antropóloga Ana María Gálvez se llevaron a cabo una serie de mejoras, entre las que se incluyó la actualización museográfica de las salas. La escultura fue entonces objeto de un nuevo estudio cuyo resultado permitió finalmente establecer su identidad correcta como Chuqui Chinchay o el Felino de fuego, animal que se encuentra presente en los antiguos mitos andinos y al que se le atribuye el poder de transmutación entre los cuatro diferentes espacios del cosmos. La interesante y minuciosa labor de investigación llevada adelante, así como sus conclusiones, fue publicada en 2021 por Sinco Editores de Lima con el título: "Chuqui Chinchay, Deidad del Agua - Animal de Poder en la Cosmovisión Andina".   

                                                                       

Qoyllursayana, ©Museo Regional de Cusco,
Casona del Inca Garcilaso

El mito del Qoa

Un antiguo mito de los pueblos andinos, muy pero muy anterior a la época de esplendor Inca, nos habla del Qoa, un felino sobrenatural que emerge de puquios y manantiales en forma de nube negra y se desplaza hacia el cielo manteniendo su cola conectada a la fuente de agua. Lanza rayos, produce truenos, escupe granizo, convierte su orín en lluvia y despliega el arco iris; "espíritu poderoso, bueno y malo al mismo tiempo", prodiga la fecundidad de la tierra o la destruye. Era muy respetado porque disponía del agua, pudiendo transformarla en lluvia benigna, tormentas torrenciales o granizo devastador.

                                                                             

Textil arqueológico con diseño de felinos 
©MNAAHP/Lima, Perú

 
                                                                             
El felino y el Arco Iris

La representación de felinos asociados con el arco iris es una imagen reiterada en el arte de las culturas andinas y se la puede encontrar desde la antigüedad en diversos soportes materiales. En el presente se expresa también en la narrativa oral. Los felinos, en la tradición altiplánica, están particularmente vinculados a las cochas (lagunas), puquios (aguas de afloramiento) y manantiales, y son los responsables de prodigar fertilidad a los seres vivos de la tierra. Los informantes consultados en diferentes grupos comunitarios han relacionado el arco iris con eventos imprevistos e inquietantes. El gato, según se narra en los mitos, tiene la cualidad de trasmutarse en diversas entidades y de transportarse desde el plano inferior hacia los planos superiores del cosmos, siendo el nexo entre las aguas terrestres y celestiales.
       

Vasija cultura Nasca
©MNAAHP

Por otra parte, en esta importantísima vasija de la cultura Nasca catalogada por el Dr. Julio C. Tello en 1923 con el nombre de "Deidad Suprema", vemos claramente la figura del Qoa en el centro de la pieza emitiendo rayos por la cabeza y eyectando granizo por la boca. El personaje sobre el que aparece es un oficiante (chamán) transmutado en felino durante una ceremonia de ingestión de enteógenos, que lleva sobre su espalda dos troncos de wachuma (cactus de San Pedro), como así también espinas de esta cactácea cubriendo sus piernas y brazos metamorfoseados en figuras de serpientes con manchas de gato en el cuerpo; y un qoyllursayana (espejo para la observación ritual de los astros) sobre la cabeza, donde se refleja el felino, en este caso representando a la constelación, o estrella,  conocida por los pueblos de la antigüedad con el nombre de Felino de fuego.
 
                                                                              
 ©Alianza Gato Andino

Continuará...


domingo, 25 de mayo de 2025

El alimento de las wakas


De acuerdo al manuscrito quechua recopilado a comienzos del siglo XVII por los informantes indígenas del clérigo Francisco de Ávila en Huarochirí, provincia de la región centro este del Perú, traducido y publicado en 1966 por José María Arguedas en su libro "Mitos y Hombres de Huarochirí", Pariacaca, divinidad de la sierra, luchó contra Huallallo Carhuancho, dios de la región costera. En la contienda final el costero se transformó en fuego para quemar a su oponente y de esa forma intentar vencerlo, pero Pariacaca se transformó al mismo tiempo en lluvia y de éste modo lo anegó, formando la laguna de Mullucocha. Su nombre alude a "mullu", una concha marina de tonalidad purpúrea. En el interior de la laguna quedó sumergido el dios derrotado, cuyo santuario permanece como un fuego latente. El mito expresa un sutil juego metafórico, muy común en la semántica andina, que funde elementos opuestos pero complementarios: una concha fría y acuática y el color rojo relacionado con el fuego y el calor.

                                                                             

Waka junto a un cauce de agua en el Cusco
©DLeynaud


Esta concha de bivalvo marino, conocido también con el nombre de spondylus, se encuentra presente desde época ancestral en infinidad de sociedades del continente americano, que la utilizaron como ornamento de prestigio en collares y pectorales, o de manera simbólica en entierros y ofrendas relacionadas con la fertilidad, sin embargo fue en el antiguo Perú donde alcanzó a ser sacralizada en espacios que solo compartió con deidades como el Sol y la Luna.

                                                                        

Spondylus ©MCAP

Su método de recolección en aguas cálidas del Océano Pacífico es sumamente interesante, habiendo desarrollado los pueblos costeros que lo realizaban técnicas de buceo audaces apoyadas con elementos muy simples: pesas atadas a largas cuerdas para facilitar la inmersión, espátulas de piedra, o en el mejor de los casos de bronce, para poder extraerlas cuando se encontraban adheridas a una roca y canastos de fibra vegetal para recolectarlas de los arrecifes o directamente del lecho marino a una profundidad, promedio, de 15 metros.   

La biología nos indica que el spondylus vive y se reproduce en las aguas cálidas a una temperatura de 28°, por lo tanto en la costa sudamericana bañada por la corriente fría de Humboldt (18,2° en promedio) se lo encuentra recién al norte de los manglares de Mantas. El organismo posee una característica muy interesante, que resultó ser relevante para las culturas agrarias del antiguo Perú: es un bioindicador preciso de la temperatura. ¿Por qué era tan útil a la agricultura este conocimiento? La característica inicial del proceso climático conocido como fenómeno de "El Niño" es un recalentamiento de las aguas del Pacífico que se produce cíclicamente, elevando la temperatura de las corrientes marinas. Cuando esto sucede el spondylus registra la oscilación térmica y sus colonias aparecen en zonas mucho más al sur que lo habitual, llegando a ubicarse incluso en las cercanías de la península de El Callao. 

Su veloz capacidad de desplazamiento significó para los antiguos pueblos peruanos una certera y clara predicción climática, una advertencia de que en forma inminente se producirían lluvias extremas o terribles sequías, eventos ambos de consecuencia catastrófica para las actividades agrícolas, tanto de los habitantes costeños como del área andina. El conocimiento de aquel indicador les permitió tomar medidas preventivas y elevó superlativamente el estatus del molusco, relacionándolo con las deidades de la lluvia, con la fertilidad y otorgándole la condición de oráculo. Su representación aparece en el registro iconográfico de sociedades muy tempranas, alcanzando un punto de abundante expresividad (sobre todo tipo de soportes materiales: vasijas, recipientes, vasos, etc.) durante el auge Moche.

                                                                          
Figurilla de camélido ofrendada en la cima del volcán Llullaillaco (6439 m) Salta, República Argentina ©MAAM

Pero fueron los Incas los encargados de llevar el Spondylus a espacios nunca antes imaginados, como ser la cima de las montañas más altas de la cordillera de Los Andes, donde fueron depositadas, en el contexto de importantes ceremonias cargadas de simbolismo, illas y conopas (talismanes con forma de pequeñas llamas), así como pequeñas estatuillas antropomorfas confeccionadas en este material. Sabemos también, por el relato de los primeros cronistas, que los Incas sacralizaban las lagunas del altiplano arrojando polvo de spondylus en ellas, y que todas las wakas del Cusco fueron alimentadas materialmente con las valvas rojizas del divino Mullu.

domingo, 20 de octubre de 2024

El Señor de la Noche

Cuando el sol se pone viaja por debajo de la tierra convirtiéndose en el Señor de la Noche. En el "otro lado del mundo" el sol nocturno pasa cerca de la tierra habitada por los seres de la oscuridad. En el dibujo del universo hecho por las tejedoras maya el camino del sol, de un lado al otro del cielo, es representado por una ligera línea amarilla que conecta dos pequeños rombos -el este y el oeste- con un gran rombo central. Este rombo central tiene rizos a cada lado figurando alas y se llama pepen (mariposa), símbolo del sol de día. La mariposa es utilizada como metáfora del tránsito solar porque ella también se convierte en habitante del inframundo cuando el día cambia a la noche. En los Altos de Chiapas las mariposas y los murciélagos -moradores de las grutas que son consideradas puertas hacia el otro lado del mundo- se alimentan de las mismas flores. En la tenue luz del atardecer uno puede descubrir a una mariposa aleteando entre los arbustos del jardín, a lo largo de las milpas o en los zapotales, así como sorprender a un murciélago volando por el sitio.


Oxyoket ©DLeynaud


Oxyoket en maya tsotsil significa "tres piedras" y es el topónimo del volcán conocido también con el apelativo nahuatl de Huitepec. El fértil y húmedo valle que se extiende a sus pies estuvo originalmente poblado por grupos nativos que al llegar los conquistadores se desplazaron hacia la zona boscosa del altiplano en busca de refugio. Esto ocurrió en 1524 cuando se intentó someter a los señoríos mayas de la región; vencedores en primera instancia los españoles y sus aliados indígenas prefirieron sin embargo no arriesgarse a incursionar en las tierras altas. Recién en 1526 y a partir de la entrega de títulos de encomienda se encaminaron hacia las montañas con la intención de obligar a los colectivos bats’i viniketik* allí asentados a pagar tributo en forma de alimentos y textiles. A la sazón, la población nativa que permaneció en el valle había comenzado a sufrir hambrunas y desnutrición debido al abandono de las milpas y la consiguiente falta de alimentos, a lo que se le sumó el contagio de enfermedades frente a las cuales no poseían inmunidad biológica, como la viruela y la tos convulsa. En 1528 un nuevo contingente de europeos al mando de Diego de Mazariegos inició la ocupación definitiva del valle de Jovel. Mazariegos fundó un asentamiento que se llamó "Villa Real" (luego Ciudad Real) en un sector del valle rodeado de aguadas. Una de sus primeras medidas fue establecer la “reducción de pueblos", concentrando a las comunidades indígenas en poblaciones compactas que pagaban tributo a los españoles mediante el trabajo repartido en el obraje urbano y las encomiendas. Esto significó para ellos el fin de la propiedad de sus tierras ancestrales, las que debieron abandonar para instalarse en conglomerados aledaños a la ciudad, quedando libres enormes extensiones en el interior para su reparto entre los europeos. En 1544 el dominico fray Bartolomé de Las Casas es nombrado primer obispo de la provincia virreinal de San Vicente de Chiapa y Guatemala, instalándose en Ciudad Real. Allí ejerció desde su llegada una aguerrida defensa de los naturales ante los abusos a los que eran sometidos, lo que le valió enfrentar acalorados y no pocos pleitos con los encomenderos. 

En la representación del cosmos indígena "Oxyoket" simboliza las "tres piedras del hogar", aquellas que sostienen el comal celestial sobre el fuego primigenio, en el centro del mundo.

La historia del universo maya se cuenta a través de los mitos y habla de la aparición de varios soles primitivos que, al igual que los hombres, eran creaciones incompletas que fueron sucediéndose hasta alcanzar una forma última, que es la que representan en el tiempo actual. En las antiguas historias Quichés narradas en el Popol Vuh se describe a esos seres anteriores que vivieron en una era en la que no se había alcanzado aún el orden cósmico y fueron reemplazados, luego de pasar por varias pruebas en el inframundo, por el Sol y la Luna de la edad última: Hunahpú, "Uno Cazador", el Sol diurno e Ixbalanqué, "Sol Jaguar", el Sol nocturno o la Luna. 


Las cosas de la noche

El cerro es un lugar de lo nocturno, tal como lo describe Manuel, indígena de Chenalhó -una localidad de los Altos de Chiapas- en sus conversaciones con la antropóloga Calixta Guiteras Holmes, que fueron publicadas en el libro "Los Peligros del Alma: visión del mundo de un Tsotsil ". Manuel describe el cerro en el espacio del mundo pre-solar, es decir antes de que la luz y el trabajo del hombre lo transforme en milpa y domestique parte de su naturaleza. El cerro, vestigio viviente y poderoso de un mundo arcaico, si bien es proveedor de mantenimientos vitales conserva espacios ominosos y oscuros, opone barreras a la luz del sol mediante el grosor de sus árboles o la profundidad de sus grutas. Manuel lo expresa claramente: "En la montaña, en el monte, está muy oscuro, hay culebras, hay xab (sumideros), hay cuevas, hay xpakinte’ (una mujer peligrosa que hace extraviar o enfermar a los viajeros demasiado audaces), hay ‘ik’al (negrura) y nos espantamos, es un gran peligro...". Segmentos de la noche permanecen en el día y todo lo que se presenta de manera imperfecta a la mirada del divino sol y sus rayos constituye un lugar peligroso, recorrido por criaturas nocturnas a las que la oscuridad da refugio aún durante el día. El Sol no puede dirigir su luminosidad a los lugares más profundos, por lo tanto el simple hecho de penetrar en la densa oscuridad constituye un peligro que Manuel menciona de manera profusa a Calixta.


*Nativos de la tierra, en tsotsil "hombres verdaderos"

domingo, 8 de septiembre de 2024

Usumacinta

©Gertrude Duby

Del mismo modo que se desconocen los motivos del colapso y la diáspora de los señoríos que florecieron durante casi un milenio en las tierras centrales mayas, es también una incógnita el origen del pueblo lacandón. Se piensa que estos últimos se asentaron sobre el territorio que se extiende al sur del cauce alto del río Usumacinta entre los siglos XVII y XVIII. Etnia errante que finalmente encontró su lugar en lo profundo de la selva azul que separa los altos de Chiapas del altiplano guatemalteco, vestigio fantasmagórico de una cultura milenaria que se evapora como la niebla bajo el rutilante sol de la mañana. Despojados de sus últimos espacios vitales desde hace más de cincuenta años, destruido su hábitat por el extractivismo y la usura de otros hombres, hoy no queda más que un sollozo de agonía. Pueblo oculto, guardián de métodos, quienes no te ignoran te recuerdan y respetan.  

domingo, 25 de agosto de 2024

Una selva herida de muerte

                                                                          
©Gertrude Duby


Por Jan de Vos

La Selva Lacandona, parte nororiental del estado mexicano de Chiapas, deriva su nombre de un grupo indígena que vivía en ella desde época prehispánica, los lacandones. Durante la colonia así llamaban los españoles a los indios de Lacam Tun. Con ese nombre, que quiere decir Peña Grande, o Penón (de lacam: grande; y tun: piedra), los lacandones designaban la isleta principal del lago Miramar, lugar en el que tenían edificada la pequeña cabecera de un extenso territorio selvático. Los españoles cambiaron el topónimo maya Lacam Tun por Lacandón y utilizaron ese nombre castellanizado para indicar, no solo la isla, sino también la laguna y la comarca en su derredor. En el siglo XIX los monteros que cortaban caoba y cedro en la región ya no usaron el nombre colonial y llamaron a esta parte de la selva el "Desierto de Ocosingo" o "El Desierto de la Soledad", en tanto que el lago Miramar era conocido por ellos como "Buenavista". Los nombres Selva Lacandona y Miramar son denominaciones más recientes, puestas por los exploradores madereros en los años veinte del siglo pasado. Cabe mencionar que el concepto moderno de Selva Lacandona, ademas de ser botánico y geografíco, también es político, puesto que indica exclusivamente a la porción mexicana del bosque tropical centroamericano. En realidad, éste se extiende también sobre una buena parte de El Petén guatemalteco, por lo tanto era más congruente la concepción colonial según la cual El Lacandón abarcaba los bosques de ambos lados del río Usumacinta. 

La historia de la selva Lacandona se puede dividir fácilmente en tres grandes períodos: las épocas prehispánica, colonial y moderna. Aquí solo hablaremos de la última época. Para la anterior remito al libro "La Paz De Dios y del Rey - La conquista de la Selva Lacandona por los españoles, 1525-1821" (Fondo de Cultura Económica, 1988). Como el título indica la selva fue entonces objeto de una penetración llevada a cabo por frailes y soldados del gobierno español, que finalizó con la aniquilación, en el año 1695, de la autonomía de los indios Lacam Tun, última nación originaria libre de Chiapas.
                                                         
La historia moderna de la selva también trata de una conquista, pero sin embargo el objeto por conquistar ahora se ve diversificado. Como en épocas anteriores la selva siguió siendo zona de refugio para una pequeña comunidad indígena (unos 500 individuos a principio del presente siglo)*, identificada como lacandones por autoridades y estudiosos pero llamados caribes o caribios por sus vecinos tzeltales y por ellos mismos en su trato con extraños. En el transcurso del siglo XIX la Selva Lacandona se reveló como una zona particularmente rica en joyas arqueológicas y en maderas preciosas. A éste palmarés se añadió a mediados del siglo XX su potencial como tierra virgen a la espera de ser colonizada, y a partir de los años setenta su vocación de terreno apto para la insurgencia guerrillera. Aún más reciente ha sido su identificación como la reserva más importante del país en cuanto a energía hidroeléctrica y, como si todo esto no fuera ya suficiente, también en cuanto a biodiversidad. Este abanico de calificaciones hace posible narrar la nueva conquista desde, por lo menos, seis perspectivas diferentes: el estudio progresivo de los lacandones por la antropología; la explotación cada vez más exhaustiva de las ruinas mayas; la acelerada destrucción de la vegetación original y los múltiples, pero vanos, intentos de ponerle un alto; el avance de los frentes de colonización humana sobre los espacios verdes cada vez más reducidos de la selva; la aparición de la insurgencia armada y la inmediata respuesta del gobierno con una militarización fuera de toda proporción; por último, la pesadilla de una posible privatización y manipulación neoliberal, no solo de la fauna y flora sino también de los recursos resguardados en el subsuelo.

Cada tipo de conquista, obviamente, fue realizada por agentes de penetración muy especiales: antropólogos, arqueólogos, misioneros, monteros, campesinos, ganaderos, guerrilleros, soldados, funcionarios, empresarios, etcétera. También existe diferencia en cuanto al momento del inicio de cada conquista. La curiosidad antropológica comenzó en 1786, año en que el cura de Palenque visitó por primera vez un caribal lacandón. La investigación arqueológica se inicia en 1787, año en que un oficial del ejército español describió por primera vez las ruinas de Palenque. La explotación maderera arranca en 1822, año en que un funcionario chiapaneco propuso abrir la selva al corte de caobas y cedros. La población por campesinos sin tierra se realiza a partir de 1930, y finaliza alrededor de 1980 (desde entonces habría que agregar la reubicación "oficial" de desplazados internos)*.

La ocupación militar por el ejército mexicano, iniciada después de enero de 1994, se ha ido consolidando con los años y no da señal de terminar pronto. Finalmente, la penetración empresarial postmoderna está desplegándose en este mismo momento ya que el plan Puebla-Panamá, lanzado por el gobierno a principios de 2000, incluye entre sus objetivos el aprovechamiento de los recursos bióticos de la selva por medio las tecnologías más avanzadas del momento.

En esta introducción no daré cuenta de las trayectorias excepcionales que en la Selva Lacandona tuvieron la antropología y la arqueología. Igual que en otras regiones de México ambas disciplinas se movieron aquí en un círculo académico totalmente restringido, que no intervino para nada en los procesos que afectaron y afectan a la región en el plano ecológico y humano. En cambio, 100 años de explotación forestal seguidos de 50 años de colonización campesina alteraron la selva mucho más que todos los siglos precedentes de ocupación prehispánica y colonial. El drama lacandón empieza en 1822, año en que un tal Cayetano Ramón Robles, funcionario del gobierno de Chiapas, solicita autorización y medios para explorar la cuenca del río Yataté hasta su desembocadura en el río Usumacinta. Ademas de la apertura de los dos ríos como ruta navegable, Cayetano Ramón Robles prometió establecer unos cortes de caoba y cedro con el objetivo de "ofrecer a la nación toda la madera de construcción y el alquitrán que fuera necesario". A raíz de esa petición, en 1826 se organizó una expedición a la selva cuyos pormenores conocemos gracias al diario escrito por su responsable, el subteniente José María Esquinca. El rotundo fracaso de la expedición llevó a las autoridades chiapanecas a negar su apoyo a todo nuevo intento de penetración en la selva. Así, dejaron el campo abierto a la iniciativa de los madereros tabasqueños. En 1859, un comerciante de Balancán, Felipe Marín, botó 72 trozas de caoba al río Lacantún y recupero más tarde 70 de ellas en Tenosique. Gracias a ese "experimento" algunos monteros establecieron, a partir de 1860, pequeños cortes (áreas de desmonte)* en las orillas de los ríos Pasión y Usumacinta. Una década más tarde esas intervenciones se multiplicaron, sobre todo en la cuenca del río Lacantún, entonces la zona más rica en madera preciosa.



Es muy importante mencionar que en aquella época la zona oriental de la selva no era considerada, ni reclamada, por el gobierno mexicano como parte del territorio nacional. Tabasqueños y peteneros se repartían entre ellos la jurisdicción sobre las cuencas del río Usumacinta, aceptando como línea divisoria, primero el río Lacantún, desde la desembocadura del río Ixcán hasta la confluencia con el río Chixoy o Salinas; después el río Usumacinta hasta la desembocadura del arroyo Yaxchilán, al sur de las ruinas mayas conocidas actualmente bajo el mismo nombre. El noroeste de la cuenca correspondía a Tabasco (México)*, y el sureste a El Petén (Guatemala)*. El gobierno de Chiapas no ejercía entonces ninguna forma de control administrativo sobre la región fronteriza. 

En 1880 se efectuó un cambio importante en la explotación maderera de la Selva Lacandona. Entraron en escena tres poderosas compañías con sede en la ciudad de San Juan Bautista (el nombre original es Villahermosa de San Juan Bautista)*, la capital de Tabasco. Valenzuela e Hijo, Jamet y Sastré y Bulnes Hermanos. Estas tres empresas hasta entonces habían cortado caoba y palo de tinte en el litoral tabasqueño, pero decidieron abrir un segundo frente de explotación en la Selva Lacandona preocupadas por el inminente agotamiento de las reservas en Tabasco. Al mismo tiempo se lanzaron a la conquista de las cuencas fluviales en donde las especies preciosas abundaban más. Los cortes de madera, hasta entonces empresas modestas y locales, se convirtieron en una industria de gran envergadura, que conquistó su lugar en el mercado mundial gracias al apoyo financiero de inversionistas y exportadores extranjeros. La caoba lacandona era embarcada en los puertos del golfo de México y vendida en los muelles de Londres, Liverpool y Nueva York a precios de oro bajo el nombre de "madera de Tabasco". La Casa Valenzuela y Jamet y Sastré tuvieron la mala suerte de establecer sus monterías en los ríos que formaban la frontera entre México y Guatemala y se vieron involucradas en la "cuestión de los límites", que envenenó de 1882 a 1895 las relaciones entre los dos países. El mismo problema afectó a la Casa Romano y a la casa Schindler, dos empresas madereras que iniciaron cortes a partir de 1892, la primera en el río Tzendales y la segunda en el alto Usumacinta. Las rivalidades entre las cinco casas tabasqueñas agudizaron de tal manera el conflicto internacional que el gobierno mexicano, en la persona de Porfirio Díaz, casi le llegó a declarar la guerra a su vecino guatemalteco. La calma regresó in extremis gracias a un arreglo celebrado en 1895. A partir de esa fecha se inició la época de oro de la caoba lacandona. La política económica liberal propulsada por el régimen porfiriano estableció las condiciones ideales para que los capitalistas extranjeros invirtieran en el país grandes sumas de dinero. La extracción de la madera preciosa participó de lleno en el proceso, más aún, hubo pocas explotaciones tan "vendidas al extranjero" como el corte de caoba.

Al terminar el siglo XIX, todos los terrenos de la Selva Lacandona bañados por ríos capaces de llevar a flote las trozas (troncos)* en las épocas de creciente estuvieron en manos de compañías privadas en forma de concesiones temporales para la explotación de la madera preciosa. Toda la zona se cubrió con un número impresionante de monterías. Los métodos de trabajo utilizados eran primitivos: el árbol era tumbado con el hacha, luego arrastrado por tiros de bueyes y transportado a flote por la corriente de los ríos. Las condiciones de los trabajadores eran muy duras: los peones vivían en una semi-esclavitud, amarrados al campamento por las deudas y por más de 100 kilómetros de vegetación tropical casi imposible de franquear.

En 1902 este panorama recibió un elemento nuevo con la apertura de la Selva Lacandona a la política deslindadora. Con base en la Ley de Deslinde de 1894 dos empresarios del Distrito Federal, Rafael Dorantes y Luis Martínez de Castro, pidieron al gobierno federal el permiso de explorar, medir, fraccionar y enajenar la selva. Ante la amenaza de perder sus zonas de explotación las compañías tabasqueñas decidieron convertirse en compañías deslindadoras. De esta manera se hicieron propietarias de los terrenos que antes solo tenían en arrendamiento. El resto de la selva cayó en manos de los empresarios del Distrito Federal y de un noble español, el Marqués de Comillas. El impacto de la privatización fue tal que hasta tiempos muy recientes los mapas y estudios geográficos siguieron utilizando las divisiones prediales nacidas durante el porfiriato. Más aún, hasta el día de hoy se continúa identificando a la zona sur de la selva con el nombre de su antiguo dueño: Marqués de Comillas.

En 1913 se produjo en la explotación maderera un nuevo cambio, tan fundamental como el sucedido en 1880. Desde Tabasco la Revolución Mexicana llegó a las monterías en la persona de un destacamento de soldados constitucionalistas. Los trabajadores esperaban del cambio político la liberación definitiva de los malos pagos y los malos tratos; los empresarios, por su parte, previeron el hundimiento total de sus lucrativos negocios. Ni una ni otra cosa sucedió. Las tropas desmantelaron varios campamentos pero no lograron acabar con todos. Las compañías madereras reanudaron los cortes una vez que los soldados abandonaron la selva. Sin embargo, el proceso de producción maderera fue seriamente afectado por la revuelta. Además, en el otro extremo de la cadena comercial también hubo un cambio radical: el estallido de la Primera Guerra Mundial y, como consecuencia, la pérdida del mercado europeo. A partir de 1915 la extracción de madera en la selva entró en un lento e irreversible retroceso. Las grandes empresas porfirianas desaparecieron una tras otra y fueron reemplazadas por compañías más modestas que a su vez dejaron de funcionar al cabo de unos años. Los latifundios sufrieron la intervención del gobierno, algunos fueron fraccionados, otros fueron nacionalizados. Los métodos de trabajo continúaron siendo primitivos y las condiciones laborales empeoraron. Los castigos infligidos a los peones de las monterías llegaron a ser, durante los años veinte del siglo pasado, objeto de denuncias a nivel nacional e internacional. Esta decadencia progresiva de la actividad llegó a su fin cuando, en 1949, el gobierno mexicano decidió prohibir la exportación de madera en rollo. Con dicha medida se clausura un negocio lucrativo que duró más de 70 años. 

Sin embargo a partir de la década de los cincuenta nuevas empresas madereras, siempre con capital extranjero, volvieron a establecerse en la Selva Lacandona, ésta vez apoyándose en tecnología de última generación. Al unísono, campesinos y ganaderos llegados de otros lugares intensificaron su avance sobre las zonas vírgenes. Estos nuevos pobladores eran en su gran mayoría indígenas que habían abandonado sus pueblos de origen en Los Altos por falta de tierra cultivable, o habían salido de las haciendas ganaderas y cafetaleras de la Franja Finquera por ya no encontrar cabida allí, o por no aguantar más las duras condiciones laborales. Constituyeron una segunda generación de colonos que ocuparon los espacios agrestes que los pioneros de años anteriores no habían podido, ni querido, ocupar. El gobierno del estado consideraba a esas "salidas" espontáneas como una bienvenida y cómoda solución al problema agrario, ya que le liberaba de la obligación de afectar a los terratenientes in situ. No cabe duda que estos colonos iniciaron, a partir del medio siglo, la destrucción de la selva. Ellos no eran gente interesada en aprovechar la riqueza forestal, consideraban mas bien al bosque como un adversario que era necesario eliminar. Su sueño era convertir el monte en milpas y en potreros, y para conseguirlo empleaban un método sencillo y antiguo: la roza-tumba-quema.

En 1964 encontraron un aliado inesperado en la empresa Aserraderos Bonampak, con sede en Chancalá, región de Palenque. Esta compañía campechana, contratada por Maderera Maya para explotar sus terrenos en el bosque, introdujo maquinaria moderna con la cual aceleró enormemente el ritmo del corte y transporte de las trozas. Ademas, al abrir grandes brechas hacia puntos hasta entonces inaccesibles indujo a los colonos a instalarse a lo largo de esos nuevos caminos según fueron avanzando los campamentos de exploración. De 1964 a 1974, madereros, campesinos y ganaderos formaron tres frentes de destrucción que se unieron para devastar, en un tiempo récord, la parte noroccidental de la selva. La tala llevada adelante por Aserraderos Bonampak y por las decenas de colonias de campesinos hambrientos de tierras no dejo de preocupar al gobierno federal, pero éste no reaccionó ni a tiempo ni con las políticas adecuadas. En 1972 creó la llamada "Zona Lacandona", con una superficie de 614.321 hectáreas, proclamándola "tierra comunal que desde tiempos inmemoriales perteneció y sigue perteneciéndo a la tribu lacandona". Intentó así poner fin al avance de los colonizadores espontáneos en la parte norte y oeste de la Selva Lacandona y cerrar el centro de la misma a toda forma de penetración.



Dos años mas tarde, en 1974, se creó por decreto presidencial la Compañía Forestal de La Lacandona S.A. (COFOLASA) con el fin de eliminar la iniciativa privada de la explotación forestal y ponerla bajo control y provecho propio. Finalmente en 1978 hizo un nuevo intento de proteger un importante núcleo de bosque virgen contra la inminente invasión humana con la creación de la Reserva Integral de la Biosfera "Montes Azules", asignándole una superficie de 331.200 hectáreas. Estas cuatro medidas son solamente las que se plasmaron en documentos oficiales, hay que añadir a ellas un sinnúmero de proyectos y programas desarticulados entre sí elaborados por decenas de instituciones gubernamentales, tanto a nivel federal como estatal, muchos de los cuales nunca llegaron a realizarse o quedaron a medio camino. Contemplándola en conjunto uno no puede evitar la impresión de que la política oficial ha sido a menudo poco definida y a veces francamente contradictoria y contraproducente a las necesidades.

El ejemplo más flagrante de esa falta de coherencia y eficiencia es precisamente el decreto de 1972 que proclamo a 66 jefes de familia lacandones como dueños legítimos de más de 600.000 hectáreas, convirtiéndolos en latifundistas con derecho a tierras mucho mayores de las que habían pertenecido en la década anterior a los accionistas de Maderera Maya. Este documento populista hecho a todo vapor originó un grave enfrentamiento entre los nuevos propietarios y unos 5000 tzeltales y choles que desde hacía tiempo habían establecido más de 30 colonias dentro de la zona, para ellos ahora prohibida. Los miembros de una veintena de colonias no vieron otra solución que abandonar sus asientos y reagruparse en dos grandes centros de población llamados, muy significativamente, "Frontera Echeverría" (por Vicente Echeverría, a la sazón presidente de México)* y "Doctor Velazco Suárez" (por Manuel Velazco Suárez, gobernador priista de Chiapas entre 1970 y 1976)*. El desalojo forzoso de los desplazados y su reubicación en las dos reducciones echeverristas significaron para el gobierno una pesada carga económica y causaron graves desajustes socioculturales entre los campesinos afectados. Las veinte comunidades que accedieron a la reducción actuaron de ese modo debido a la promesa gubernamental de otorgarles cuanto antes títulos de posesión comunal de tierras y servicios adecuados. Hubo, sin embargo, una decena de comunidades que se negaron a salir, sobre todo las que tenían sus trámites sobre derechos agrarios ya avanzados. Sus habitantes pronto se vieron amenazados por el cerco que sobre el terreno mandaron efectuar las autoridades con el fin de deslindar de facto el área reservada a los lacandones. Los grupos en conflicto decidieron oponerse a la apertura de "la brecha", a veces llegando a formar barreras humanas que por su sola presencia impidieron las mediciones. Estos irreductibles, en buena parte ex peones de las fincas, no quisieron volver a la condición de "acasillados", ahora dentro de un latifundio gubernamental.
 


El gobierno volvió a cometer los mismos errores de 1972 al crear, seis años más tarde, la reserva Integral de la Biósfera "Montes Azules". Elaboró el decreto, de nuevo, sin conocimiento de la situación demográfica de aquella parte de la Selva Lacandona. El área considerada como despoblada por los expertos oficiales en el momento de su constitución en realidad estaba ya ocupada por más de 10 colonias, con una población aproximada de 5.000 habitantes. Para colmo, se sobreponía en un 80 por ciento al territorio de la Comunidad Lacandona e invadía, por el noreste y el occidente, una considerable extension ya colonizada. Por ejemplo, los habitantes tzeltales de Velasco Suárez, ahora llamada Nueva Palestina, descubrieron que vivían una vez más en terreno prohibido. Ante el creciente descontento de los colonos selváticos el gobierno no tuvo más remedio que dar marcha atrás. En 1979 los integrantes de Nueva Palestina y Frontera Corozal (el antiguo Frontera Echeverría) consiguieron sus derechos sobre los bienes comunales decretados en 1972, con voz y voto en la toma de desiciones de las asambleas en donde los lacandones, sin embargo, conservaron la presidencia. 

A pesar de las políticas de conservación, reflejadas en las últimas desiciones presidenciales, los tres frentes destructores -madereros, ganaderos y campesinos- continuaron avanzando sobre las reservas vegetales y animales de la Selva Lacandona. Caminaron a paso cada vez más rápido y devoraron áreas extensas. En 30 años (hacia 2003)* destruyeron más de la mitad de la arboleda original. Muchos espacios talados entraron en un proceso irreversible de empobrecimiento de la tierra debido a la erosión y el progresivo agotamiento de la delgada capa de suelo fértil que la selva posee. Por demás las lluvias, antes abundantes, se volvieron escasas y caprichosas.

En los años 1981 y 1982 el panorama demográfico se agravó aún más debido a la llegada de unos 20.000, o tal vez 30.000, refugiados guatemaltecos a la parte sur de la Selva Lacandona. La mayoría vino huyendo de las colonias de El Ixcán, fundadas una década antes por misioneros estadounidenses de Maryknoll y ahora arrasadas por las tropas del ejército guatemalteco. Establecieron campamentos provisionales en la cercanía de ranchos y ejidos mexicanos de la zona de Las Margaritas y, si era posible, en la zona de la frontera ya que no perdían la esperanza de poder regresar a su tierra natal cuanto antes. Los refugiados, por su gran número y situación de extrema necesidad, constituyeron una carga que rebasaba ampliamente los recursos de la población receptora. Afortunadamente contaron pronto con la ayuda de la diócesis de San Cristóbal de las Casas, y más tarde también con el apoyo del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados y de la comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados. La aglomeración, en octubre de 1982, de 14.000 refugiados en el solo campamento de Puerto Rico, a orillas del río Lacantún, nos da una idea de la repentina inflación demográfica ya que por entonces en toda la zona de Marqués de Comillas no vivían más de 10.000 colonos mexicanos. Este problema recibió una solución parcial cuando en 1984 el gobierno mexicano, por razones de seguridad nacional, decidió trasladar a los guatemaltecos a Campeche y Quintana Roo. Más o menos la mitad accedió a la remoción, los demás prefirieron buscar asilo en ejidos dispuestos a acogerlos, aún perdiendo así el estatuto de refugiados oficialmente reconocidos.   

En el último tiempo (este escrito es de 2003)* se han hecho varios diagnósticos sobre la precaria situación en la cual se encuentra actualmente la región. a través de ellos el gobierno esperaba llegar a una planeación más adecuada para atender a los múltiples problemas originados por la sobreexplotación de los recursos naturales y la sobrecolonización de los espacios disponibles. Sabemos ahora que la Selva Lacandona tiene el triste privilegio de ser la zona más marginada del estado más pobre de la República Méxicana. Llama la atención el cuadro de carencias básicas padecidas por la gente, entre ellas la falta de comunicación, educación, atención médica y servicios elementales como el drenaje, la luz eléctrica y el agua potable.

La necesidad más apremiante (a mediados de los 80)* era sin duda el reconocimiento oficial de muchos asentamientos formados de manera espontánea durante las décadas anteriores. En el terreno agrario la ARIC (Asociación Rural de Interés Colectivo) ganó una importante batalla cuando en 1989, finalmente, 26 poblados en litigio recibieron sus títulos de propiedad. Otro logro fue la constitución de una unión de crédito y la obtención (unos años antes) de un permiso de la Secretaría de Comercio para exportar café, su principal producto comerciable, a Estados Unidos y Suiza. Otro paso adelante fue el convenio que en 1987 la ARIC suscribió con los gobiernos estatal y federal en el cual se comprometió a proteger las zonas forestales aún no destruidas de los Montes Azules.

Todos estos beneficios no se conquistaron sin pagar el precio de una cooptación cada vez mayor por las autoridades estatales y federales. En el seno de la asociación surgieron serias divergencias entre los líderes y asesores por un lado, y buena parte de la base por otro. Muchos miembros no vieron mejorar sustancialmente su nivel de vida a pesar de los avances organizativos. Es ese descontento el que por casi una década tuvo tiempo y oportunidad para desarrollarse en el aislamiento de los parajes de Las Cañadas y en la clandestinidad de las mentes de sus habitantes. Una señal de la creciente oposición política fue el surgimiento, en 1991, de una nueva organización, la Alianza Nacional Campesina Indígena "Emiliano Zapata" (ANCIEZ), fundada por campesinos disidentes del municipio de Altamirano, quienes se declararon en favor de una línea de acción mucho más radical para solucionar los múltiples problemas que seguían pendientes. El 12 de octubre de 1992, al marchar en San Cristóbal de las Casas para conmemorar "500 años de opresión colonial", estos campesinos impresionaron por su multitud y la disciplina casi militar por ella desplegada. Muy pocos espectadores entonces se dieron cuenta que aquella manifestación en realidad era un ensayo de fuerza convocatoria montado por los comités de un movimiento armado clandestino que se llamaba Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN). Presente en la vida pública bajo la máscara protectora de ANCIEZ llevaba ya 10 años de gestación oculta en los Altos de Chiapas y la Selva Lacandona. El primero de enero de 1994 se hizo conocer en el escenario político nacional con la toma de siete cabeceras municipales y la declaración de guerra al ejército mexicano.

La capacidad organizativa de la gente de Las Cañadas y su reciente reacción violenta contrasta con la posición menos antagónica de los habitantes de las demás subregiones de la Selva Lacandona. Son varios los factores que explican tal actitud, entre ellos sobre todo el trato preferencial que los habitantes de algunas comunidades habían recibido del gobierno para satisfacer sus necesidades básicas de producción y comercialización. También influyó la composición más heterogénea de su población, tanto a nivel étnico como religioso y sociocultural. Los ejidatarios no fueron los únicos en querer convertir la selva en un espacio de aprovechamiento económico o de influencia social con base en una estrategia específica. Lo hicieron muchos otros grupos, entre ellos las empresas madereras, las iglesias misioneras, los movimientos de izquierda, las instituciones conservacionistas, los organismos financieros internacionales y las dependencias del gobierno. En esta lista entraron por último los rebeldes zapatistas y las mafias del narcotráfico, que poseen sobre la Selva Lacandona muy disímiles planes, en ambos casos clandestinos. El impresionante abanico de procesos y proyectos no elimina, sin embargo, ninguna de las calamidades que afectan a la región y que fueron mencionadas al principio del presente ensayo: la destrucción de la naturaleza, el desamparo de las colonias, la polarización ideológica de su gente, la galopante militarización y la próxima embestida neoliberal. Como si ellas no fueran suficientes el gobierno añadió a la problemática una sexta dimensión por las acciones contradictorias con las que sigue enfrentando la situación. Por un lado tiene el legitimo deseo de conservar la reserva ecológica de Montes Azules y contrarrestar la destrucción de su entorno. Por otra parte siente la enorme presión moral de solucionar, de una vez por todas, la tenencia de la tierra en las zonas habitadas. Pero también esta decidido a explotar, en forma intensiva, los recursos todavía vírgenes que posee la selva: el petroleo, la fuerza hidroeléctrica y la riqueza biológica. Para facilitar los cortes de madera que aún son rentables y preparar la extracción petrolera cubrió la selva con una red de caminos que llevo consigo, como consecuencia inevitable, el aumento de colonización y de la tala del bosque. Ha introducido así un nuevo agente de destrucción: los ingenieros constructores de caminos y pozos de perforación. En cuanto a la energía eléctrica el gobierno tiene en proyecto desde hace tiempo la construcción de una decena de presas sobre los ríos más caudalosos de la selva, presas que inundarán una buena parte de la tierra, hoy ocupada por campesinos o cubierta todavía por arboledas. La conversión de la Selva Lacandona en una "Finlandia tropical" se encuentra aún en estado embrional, no así la reciente ampliación vial por el ejército mexicano. Pero los nuevos caminos no están planeados para sacar a las comunidades de su aislamiento sino para agilizar el movimiento de tropas cada vez más numerosas y mejor pertrechadas. La ocupación militar de la región es sin duda la peor calamidad de todas las que cayeron en suerte a la Selva Lacandona y sus habitantes. Es imposible atender a los problemas, y menos aún solucionarlos, con la continua amenaza de las armas encima. No cabe duda, pues, que la Selva Lacandona está herida de muerte (...).


Extracto del capítulo introductorio al libro "Viaje al Desierto de la Soledad", de Jan de Vos (Editorial Porrúa, México, 2003).

Con permiso de CIESAS (Centro de Investigación y Estudios Superiores en Antropología Social).

*Las notas con asterisco se agregaron con la exclusiva intención de brindar información complementaria al lector.