domingo, 20 de octubre de 2024

El Señor de la Noche

Cuando el sol se pone viaja por debajo de la tierra convirtiéndose en el Señor de la Noche. En el "otro lado del mundo" el sol nocturno pasa cerca de la tierra habitada por los seres de la oscuridad. En el dibujo del universo hecho por las tejedoras maya el camino del sol, de un lado al otro del cielo, es representado por una ligera línea amarilla que conecta dos pequeños rombos -el este y el oeste- con un gran rombo central. Este rombo central tiene rizos a cada lado figurando alas y se llama pepen (mariposa), símbolo del sol de día. La mariposa es utilizada como metáfora del tránsito solar porque ella también se convierte en habitante del inframundo cuando el día cambia a la noche. En los Altos de Chiapas las mariposas y los murciélagos -moradores de las grutas que son consideradas puertas hacia el otro lado del mundo- se alimentan de las mismas flores. En la tenue luz del atardecer uno puede descubrir a una mariposa aleteando entre los arbustos del jardín, a lo largo de las milpas o en los zapotales, así como sorprender a un murciélago volando por el sitio.


Oxyoket ©DLeynaud


Oxyoket en maya tsotsil significa "tres piedras" y es el topónimo del volcán conocido también con el apelativo nahuatl de Huitepec. El fértil y húmedo valle que se extiende a sus pies estuvo originalmente poblado por grupos nativos que al llegar los conquistadores se desplazaron hacia la zona boscosa del altiplano en busca de refugio. Esto ocurrió en 1524 cuando se intentó someter a los señoríos mayas de la región; vencedores en primera instancia los españoles y sus aliados indígenas prefirieron sin embargo no arriesgarse a incursionar en las tierras altas. Recién en 1526 y a partir de la entrega de títulos de encomienda se encaminaron hacia las montañas con la intención de obligar a los colectivos bats’i viniketik* allí asentados a pagar tributo en forma de alimentos y textiles. A la sazón, la población nativa que permaneció en el valle había comenzado a sufrir hambrunas y desnutrición debido al abandono de las milpas y la consiguiente falta de alimentos, a lo que se le sumó el contagio de enfermedades frente a las cuales no poseían inmunidad biológica, como la viruela y la tos convulsa. En 1528 un nuevo contingente de europeos al mando de Diego de Mazariegos inició la ocupación definitiva del valle de Jovel. Mazariegos fundó un asentamiento que se llamó "Villa Real" (luego Ciudad Real) en un sector del valle rodeado de aguadas. Una de sus primeras medidas fue establecer la “reducción de pueblos", concentrando a las comunidades indígenas en poblaciones compactas que pagaban tributo a los españoles mediante el trabajo repartido en el obraje urbano y las encomiendas. Esto significó para ellos el fin de la propiedad de sus tierras ancestrales, las que debieron abandonar para instalarse en conglomerados aledaños a la ciudad, quedando libres enormes extensiones en el interior para su reparto entre los europeos. En 1544 el dominico fray Bartolomé de Las Casas es nombrado primer obispo de la provincia virreinal de San Vicente de Chiapa y Guatemala, instalándose en Ciudad Real. Allí ejerció desde su llegada una aguerrida defensa de los naturales ante los abusos a los que eran sometidos, lo que le valió enfrentar acalorados y no pocos pleitos con los encomenderos. 

En la representación del cosmos indígena "Oxyoket" simboliza las "tres piedras del hogar", aquellas que sostienen el comal celestial sobre el fuego primigenio, en el centro del mundo.

La historia del universo maya se cuenta a través de los mitos y habla de la aparición de varios soles primitivos que, al igual que los hombres, eran creaciones incompletas que fueron sucediéndose hasta alcanzar una forma última, que es la que representan en el tiempo actual. En las antiguas historias Quichés narradas en el Popol Vuh se describe a esos seres anteriores que vivieron en una era en la que no se había alcanzado aún el orden cósmico y fueron reemplazados, luego de pasar por varias pruebas en el inframundo, por el Sol y la Luna de la edad última: Hunahpú, "Uno Cazador", el Sol diurno e Ixbalanqué, "Sol Jaguar", el Sol nocturno o la Luna. 


Las cosas de la noche

El cerro es un lugar de lo nocturno, tal como lo describe Manuel, indígena de Chenalhó -una localidad de los Altos de Chiapas- en sus conversaciones con la antropóloga Calixta Guiteras Holmes, que fueron publicadas en el libro "Los Peligros del Alma: visión del mundo de un Tsotsil ". Manuel describe el cerro en el espacio del mundo pre-solar, es decir antes de que la luz y el trabajo del hombre lo transforme en milpa y domestique parte de su naturaleza. El cerro, vestigio viviente y poderoso de un mundo arcaico, si bien es proveedor de mantenimientos vitales conserva espacios ominosos y oscuros, opone barreras a la luz del sol mediante el grosor de sus árboles o la profundidad de sus grutas. Manuel lo expresa claramente: "En la montaña, en el monte, está muy oscuro, hay culebras, hay xab (sumideros), hay cuevas, hay xpakinte’ (una mujer peligrosa que hace extraviar o enfermar a los viajeros demasiado audaces), hay ‘ik’al (negrura) y nos espantamos, es un gran peligro...". Segmentos de la noche permanecen en el día y todo lo que se presenta de manera imperfecta a la mirada del divino sol y sus rayos constituye un lugar peligroso, recorrido por criaturas nocturnas a las que la oscuridad da refugio aún durante el día. El Sol no puede dirigir su luminosidad a los lugares más profundos, por lo tanto el simple hecho de penetrar en la densa oscuridad constituye un peligro que Manuel menciona de manera profusa a Calixta.


*Nativos de la tierra, en tsotsil "hombres verdaderos"

domingo, 8 de septiembre de 2024

Usumacinta

©Gertrude Duby

Del mismo modo que se desconocen los motivos del colapso y la diáspora de los señoríos que florecieron durante casi un milenio en las tierras centrales mayas, es también una incógnita el origen del pueblo lacandón. Se piensa que estos últimos se asentaron sobre el territorio que se extiende al sur del cauce alto del río Usumacinta entre los siglos XVII y XVIII. Etnia errante que finalmente encontró su lugar en lo profundo de la selva azul que separa los altos de Chiapas del altiplano guatemalteco, vestigio fantasmagórico de una cultura milenaria que se evapora como la niebla bajo el rutilante sol de la mañana. Despojados de sus últimos espacios vitales desde hace más de cincuenta años, destruido su hábitat por el extractivismo y la usura de otros hombres, hoy no queda más que un sollozo de agonía. Pueblo oculto, guardián de métodos, quienes no te ignoran te recuerdan y respetan.  

domingo, 25 de agosto de 2024

Una selva herida de muerte

                                                                          
©Gertrude Duby


Por Jan de Vos

La Selva Lacandona, parte nororiental del estado mexicano de Chiapas, deriva su nombre de un grupo indígena que vivía en ella desde época prehispánica, los lacandones. Durante la colonia así llamaban los españoles a los indios de Lacam Tun. Con ese nombre, que quiere decir Peña Grande, o Penón (de lacam: grande; y tun: piedra), los lacandones designaban la isleta principal del lago Miramar, lugar en el que tenían edificada la pequeña cabecera de un extenso territorio selvático. Los españoles cambiaron el topónimo maya Lacam Tun por Lacandón y utilizaron ese nombre castellanizado para indicar, no solo la isla, sino también la laguna y la comarca en su derredor. En el siglo XIX los monteros que cortaban caoba y cedro en la región ya no usaron el nombre colonial y llamaron a esta parte de la selva el "Desierto de Ocosingo" o "El Desierto de la Soledad", en tanto que el lago Miramar era conocido por ellos como "Buenavista". Los nombres Selva Lacandona y Miramar son denominaciones más recientes, puestas por los exploradores madereros en los años veinte del siglo pasado. Cabe mencionar que el concepto moderno de Selva Lacandona, ademas de ser botánico y geografíco, también es político, puesto que indica exclusivamente a la porción mexicana del bosque tropical centroamericano. En realidad, éste se extiende también sobre una buena parte de El Petén guatemalteco, por lo tanto era más congruente la concepción colonial según la cual El Lacandón abarcaba los bosques de ambos lados del río Usumacinta. 

La historia de la selva Lacandona se puede dividir fácilmente en tres grandes períodos: las épocas prehispánica, colonial y moderna. Aquí solo hablaremos de la última época. Para la anterior remito al libro "La Paz De Dios y del Rey - La conquista de la Selva Lacandona por los españoles, 1525-1821" (Fondo de Cultura Económica, 1988). Como el título indica la selva fue entonces objeto de una penetración llevada a cabo por frailes y soldados del gobierno español, que finalizó con la aniquilación, en el año 1695, de la autonomía de los indios Lacam Tun, última nación originaria libre de Chiapas.
                                                         
La historia moderna de la selva también trata de una conquista, pero sin embargo el objeto por conquistar ahora se ve diversificado. Como en épocas anteriores la selva siguió siendo zona de refugio para una pequeña comunidad indígena (unos 500 individuos a principio del presente siglo)*, identificada como lacandones por autoridades y estudiosos pero llamados caribes o caribios por sus vecinos tzeltales y por ellos mismos en su trato con extraños. En el transcurso del siglo XIX la Selva Lacandona se reveló como una zona particularmente rica en joyas arqueológicas y en maderas preciosas. A éste palmarés se añadió a mediados del siglo XX su potencial como tierra virgen a la espera de ser colonizada, y a partir de los años setenta su vocación de terreno apto para la insurgencia guerrillera. Aún más reciente ha sido su identificación como la reserva más importante del país en cuanto a energía hidroeléctrica y, como si todo esto no fuera ya suficiente, también en cuanto a biodiversidad. Este abanico de calificaciones hace posible narrar la nueva conquista desde, por lo menos, seis perspectivas diferentes: el estudio progresivo de los lacandones por la antropología; la explotación cada vez más exhaustiva de las ruinas mayas; la acelerada destrucción de la vegetación original y los múltiples, pero vanos, intentos de ponerle un alto; el avance de los frentes de colonización humana sobre los espacios verdes cada vez más reducidos de la selva; la aparición de la insurgencia armada y la inmediata respuesta del gobierno con una militarización fuera de toda proporción; por último, la pesadilla de una posible privatización y manipulación neoliberal, no solo de la fauna y flora sino también de los recursos resguardados en el subsuelo.

Cada tipo de conquista, obviamente, fue realizada por agentes de penetración muy especiales: antropólogos, arqueólogos, misioneros, monteros, campesinos, ganaderos, guerrilleros, soldados, funcionarios, empresarios, etcétera. También existe diferencia en cuanto al momento del inicio de cada conquista. La curiosidad antropológica comenzó en 1786, año en que el cura de Palenque visitó por primera vez un caribal lacandón. La investigación arqueológica se inicia en 1787, año en que un oficial del ejército español describió por primera vez las ruinas de Palenque. La explotación maderera arranca en 1822, año en que un funcionario chiapaneco propuso abrir la selva al corte de caobas y cedros. La población por campesinos sin tierra se realiza a partir de 1930, y finaliza alrededor de 1980 (desde entonces habría que agregar la reubicación "oficial" de desplazados internos)*.

La ocupación militar por el ejército mexicano, iniciada después de enero de 1994, se ha ido consolidando con los años y no da señal de terminar pronto. Finalmente, la penetración empresarial postmoderna está desplegándose en este mismo momento ya que el plan Puebla-Panamá, lanzado por el gobierno a principios de 2000, incluye entre sus objetivos el aprovechamiento de los recursos bióticos de la selva por medio las tecnologías más avanzadas del momento.

En esta introducción no daré cuenta de las trayectorias excepcionales que en la Selva Lacandona tuvieron la antropología y la arqueología. Igual que en otras regiones de México ambas disciplinas se movieron aquí en un círculo académico totalmente restringido, que no intervino para nada en los procesos que afectaron y afectan a la región en el plano ecológico y humano. En cambio, 100 años de explotación forestal seguidos de 50 años de colonización campesina alteraron la selva mucho más que todos los siglos precedentes de ocupación prehispánica y colonial. El drama lacandón empieza en 1822, año en que un tal Cayetano Ramón Robles, funcionario del gobierno de Chiapas, solicita autorización y medios para explorar la cuenca del río Yataté hasta su desembocadura en el río Usumacinta. Ademas de la apertura de los dos ríos como ruta navegable, Cayetano Ramón Robles prometió establecer unos cortes de caoba y cedro con el objetivo de "ofrecer a la nación toda la madera de construcción y el alquitrán que fuera necesario". A raíz de esa petición, en 1826 se organizó una expedición a la selva cuyos pormenores conocemos gracias al diario escrito por su responsable, el subteniente José María Esquinca. El rotundo fracaso de la expedición llevó a las autoridades chiapanecas a negar su apoyo a todo nuevo intento de penetración en la selva. Así, dejaron el campo abierto a la iniciativa de los madereros tabasqueños. En 1859, un comerciante de Balancán, Felipe Marín, botó 72 trozas de caoba al río Lacantún y recupero más tarde 70 de ellas en Tenosique. Gracias a ese "experimento" algunos monteros establecieron, a partir de 1860, pequeños cortes (áreas de desmonte)* en las orillas de los ríos Pasión y Usumacinta. Una década más tarde esas intervenciones se multiplicaron, sobre todo en la cuenca del río Lacantún, entonces la zona más rica en madera preciosa.



Es muy importante mencionar que en aquella época la zona oriental de la selva no era considerada, ni reclamada, por el gobierno mexicano como parte del territorio nacional. Tabasqueños y peteneros se repartían entre ellos la jurisdicción sobre las cuencas del río Usumacinta, aceptando como línea divisoria, primero el río Lacantún, desde la desembocadura del río Ixcán hasta la confluencia con el río Chixoy o Salinas; después el río Usumacinta hasta la desembocadura del arroyo Yaxchilán, al sur de las ruinas mayas conocidas actualmente bajo el mismo nombre. El noroeste de la cuenca correspondía a Tabasco (México)*, y el sureste a El Petén (Guatemala)*. El gobierno de Chiapas no ejercía entonces ninguna forma de control administrativo sobre la región fronteriza. 

En 1880 se efectuó un cambio importante en la explotación maderera de la Selva Lacandona. Entraron en escena tres poderosas compañías con sede en la ciudad de San Juan Bautista (el nombre original es Villahermosa de San Juan Bautista)*, la capital de Tabasco. Valenzuela e Hijo, Jamet y Sastré y Bulnes Hermanos. Estas tres empresas hasta entonces habían cortado caoba y palo de tinte en el litoral tabasqueño, pero decidieron abrir un segundo frente de explotación en la Selva Lacandona preocupadas por el inminente agotamiento de las reservas en Tabasco. Al mismo tiempo se lanzaron a la conquista de las cuencas fluviales en donde las especies preciosas abundaban más. Los cortes de madera, hasta entonces empresas modestas y locales, se convirtieron en una industria de gran envergadura, que conquistó su lugar en el mercado mundial gracias al apoyo financiero de inversionistas y exportadores extranjeros. La caoba lacandona era embarcada en los puertos del golfo de México y vendida en los muelles de Londres, Liverpool y Nueva York a precios de oro bajo el nombre de "madera de Tabasco". La Casa Valenzuela y Jamet y Sastré tuvieron la mala suerte de establecer sus monterías en los ríos que formaban la frontera entre México y Guatemala y se vieron involucradas en la "cuestión de los límites", que envenenó de 1882 a 1895 las relaciones entre los dos países. El mismo problema afectó a la Casa Romano y a la casa Schindler, dos empresas madereras que iniciaron cortes a partir de 1892, la primera en el río Tzendales y la segunda en el alto Usumacinta. Las rivalidades entre las cinco casas tabasqueñas agudizaron de tal manera el conflicto internacional que el gobierno mexicano, en la persona de Porfirio Díaz, casi le llegó a declarar la guerra a su vecino guatemalteco. La calma regresó in extremis gracias a un arreglo celebrado en 1895. A partir de esa fecha se inició la época de oro de la caoba lacandona. La política económica liberal propulsada por el régimen porfiriano estableció las condiciones ideales para que los capitalistas extranjeros invirtieran en el país grandes sumas de dinero. La extracción de la madera preciosa participó de lleno en el proceso, más aún, hubo pocas explotaciones tan "vendidas al extranjero" como el corte de caoba.

Al terminar el siglo XIX, todos los terrenos de la Selva Lacandona bañados por ríos capaces de llevar a flote las trozas (troncos)* en las épocas de creciente estuvieron en manos de compañías privadas en forma de concesiones temporales para la explotación de la madera preciosa. Toda la zona se cubrió con un número impresionante de monterías. Los métodos de trabajo utilizados eran primitivos: el árbol era tumbado con el hacha, luego arrastrado por tiros de bueyes y transportado a flote por la corriente de los ríos. Las condiciones de los trabajadores eran muy duras: los peones vivían en una semi-esclavitud, amarrados al campamento por las deudas y por más de 100 kilómetros de vegetación tropical casi imposible de franquear.

En 1902 este panorama recibió un elemento nuevo con la apertura de la Selva Lacandona a la política deslindadora. Con base en la Ley de Deslinde de 1894 dos empresarios del Distrito Federal, Rafael Dorantes y Luis Martínez de Castro, pidieron al gobierno federal el permiso de explorar, medir, fraccionar y enajenar la selva. Ante la amenaza de perder sus zonas de explotación las compañías tabasqueñas decidieron convertirse en compañías deslindadoras. De esta manera se hicieron propietarias de los terrenos que antes solo tenían en arrendamiento. El resto de la selva cayó en manos de los empresarios del Distrito Federal y de un noble español, el Marqués de Comillas. El impacto de la privatización fue tal que hasta tiempos muy recientes los mapas y estudios geográficos siguieron utilizando las divisiones prediales nacidas durante el porfiriato. Más aún, hasta el día de hoy se continúa identificando a la zona sur de la selva con el nombre de su antiguo dueño: Marqués de Comillas.

En 1913 se produjo en la explotación maderera un nuevo cambio, tan fundamental como el sucedido en 1880. Desde Tabasco la Revolución Mexicana llegó a las monterías en la persona de un destacamento de soldados constitucionalistas. Los trabajadores esperaban del cambio político la liberación definitiva de los malos pagos y los malos tratos; los empresarios, por su parte, previeron el hundimiento total de sus lucrativos negocios. Ni una ni otra cosa sucedió. Las tropas desmantelaron varios campamentos pero no lograron acabar con todos. Las compañías madereras reanudaron los cortes una vez que los soldados abandonaron la selva. Sin embargo, el proceso de producción maderera fue seriamente afectado por la revuelta. Además, en el otro extremo de la cadena comercial también hubo un cambio radical: el estallido de la Primera Guerra Mundial y, como consecuencia, la pérdida del mercado europeo. A partir de 1915 la extracción de madera en la selva entró en un lento e irreversible retroceso. Las grandes empresas porfirianas desaparecieron una tras otra y fueron reemplazadas por compañías más modestas que a su vez dejaron de funcionar al cabo de unos años. Los latifundios sufrieron la intervención del gobierno, algunos fueron fraccionados, otros fueron nacionalizados. Los métodos de trabajo continúaron siendo primitivos y las condiciones laborales empeoraron. Los castigos infligidos a los peones de las monterías llegaron a ser, durante los años veinte del siglo pasado, objeto de denuncias a nivel nacional e internacional. Esta decadencia progresiva de la actividad llegó a su fin cuando, en 1949, el gobierno mexicano decidió prohibir la exportación de madera en rollo. Con dicha medida se clausura un negocio lucrativo que duró más de 70 años. 

Sin embargo a partir de la década de los cincuenta nuevas empresas madereras, siempre con capital extranjero, volvieron a establecerse en la Selva Lacandona, ésta vez apoyándose en tecnología de última generación. Al unísono, campesinos y ganaderos llegados de otros lugares intensificaron su avance sobre las zonas vírgenes. Estos nuevos pobladores eran en su gran mayoría indígenas que habían abandonado sus pueblos de origen en Los Altos por falta de tierra cultivable, o habían salido de las haciendas ganaderas y cafetaleras de la Franja Finquera por ya no encontrar cabida allí, o por no aguantar más las duras condiciones laborales. Constituyeron una segunda generación de colonos que ocuparon los espacios agrestes que los pioneros de años anteriores no habían podido, ni querido, ocupar. El gobierno del estado consideraba a esas "salidas" espontáneas como una bienvenida y cómoda solución al problema agrario, ya que le liberaba de la obligación de afectar a los terratenientes in situ. No cabe duda que estos colonos iniciaron, a partir del medio siglo, la destrucción de la selva. Ellos no eran gente interesada en aprovechar la riqueza forestal, consideraban mas bien al bosque como un adversario que era necesario eliminar. Su sueño era convertir el monte en milpas y en potreros, y para conseguirlo empleaban un método sencillo y antiguo: la roza-tumba-quema.

En 1964 encontraron un aliado inesperado en la empresa Aserraderos Bonampak, con sede en Chancalá, región de Palenque. Esta compañía campechana, contratada por Maderera Maya para explotar sus terrenos en el bosque, introdujo maquinaria moderna con la cual aceleró enormemente el ritmo del corte y transporte de las trozas. Ademas, al abrir grandes brechas hacia puntos hasta entonces inaccesibles indujo a los colonos a instalarse a lo largo de esos nuevos caminos según fueron avanzando los campamentos de exploración. De 1964 a 1974, madereros, campesinos y ganaderos formaron tres frentes de destrucción que se unieron para devastar, en un tiempo récord, la parte noroccidental de la selva. La tala llevada adelante por Aserraderos Bonampak y por las decenas de colonias de campesinos hambrientos de tierras no dejo de preocupar al gobierno federal, pero éste no reaccionó ni a tiempo ni con las políticas adecuadas. En 1972 creó la llamada "Zona Lacandona", con una superficie de 614.321 hectáreas, proclamándola "tierra comunal que desde tiempos inmemoriales perteneció y sigue perteneciéndo a la tribu lacandona". Intentó así poner fin al avance de los colonizadores espontáneos en la parte norte y oeste de la Selva Lacandona y cerrar el centro de la misma a toda forma de penetración.



Dos años mas tarde, en 1974, se creó por decreto presidencial la Compañía Forestal de La Lacandona S.A. (COFOLASA) con el fin de eliminar la iniciativa privada de la explotación forestal y ponerla bajo control y provecho propio. Finalmente en 1978 hizo un nuevo intento de proteger un importante núcleo de bosque virgen contra la inminente invasión humana con la creación de la Reserva Integral de la Biosfera "Montes Azules", asignándole una superficie de 331.200 hectáreas. Estas cuatro medidas son solamente las que se plasmaron en documentos oficiales, hay que añadir a ellas un sinnúmero de proyectos y programas desarticulados entre sí elaborados por decenas de instituciones gubernamentales, tanto a nivel federal como estatal, muchos de los cuales nunca llegaron a realizarse o quedaron a medio camino. Contemplándola en conjunto uno no puede evitar la impresión de que la política oficial ha sido a menudo poco definida y a veces francamente contradictoria y contraproducente a las necesidades.

El ejemplo más flagrante de esa falta de coherencia y eficiencia es precisamente el decreto de 1972 que proclamo a 66 jefes de familia lacandones como dueños legítimos de más de 600.000 hectáreas, convirtiéndolos en latifundistas con derecho a tierras mucho mayores de las que habían pertenecido en la década anterior a los accionistas de Maderera Maya. Este documento populista hecho a todo vapor originó un grave enfrentamiento entre los nuevos propietarios y unos 5000 tzeltales y choles que desde hacía tiempo habían establecido más de 30 colonias dentro de la zona, para ellos ahora prohibida. Los miembros de una veintena de colonias no vieron otra solución que abandonar sus asientos y reagruparse en dos grandes centros de población llamados, muy significativamente, "Frontera Echeverría" (por Vicente Echeverría, a la sazón presidente de México)* y "Doctor Velazco Suárez" (por Manuel Velazco Suárez, gobernador priista de Chiapas entre 1970 y 1976)*. El desalojo forzoso de los desplazados y su reubicación en las dos reducciones echeverristas significaron para el gobierno una pesada carga económica y causaron graves desajustes socioculturales entre los campesinos afectados. Las veinte comunidades que accedieron a la reducción actuaron de ese modo debido a la promesa gubernamental de otorgarles cuanto antes títulos de posesión comunal de tierras y servicios adecuados. Hubo, sin embargo, una decena de comunidades que se negaron a salir, sobre todo las que tenían sus trámites sobre derechos agrarios ya avanzados. Sus habitantes pronto se vieron amenazados por el cerco que sobre el terreno mandaron efectuar las autoridades con el fin de deslindar de facto el área reservada a los lacandones. Los grupos en conflicto decidieron oponerse a la apertura de "la brecha", a veces llegando a formar barreras humanas que por su sola presencia impidieron las mediciones. Estos irreductibles, en buena parte ex peones de las fincas, no quisieron volver a la condición de "acasillados", ahora dentro de un latifundio gubernamental.
 


El gobierno volvió a cometer los mismos errores de 1972 al crear, seis años más tarde, la reserva Integral de la Biósfera "Montes Azules". Elaboró el decreto, de nuevo, sin conocimiento de la situación demográfica de aquella parte de la Selva Lacandona. El área considerada como despoblada por los expertos oficiales en el momento de su constitución en realidad estaba ya ocupada por más de 10 colonias, con una población aproximada de 5.000 habitantes. Para colmo, se sobreponía en un 80 por ciento al territorio de la Comunidad Lacandona e invadía, por el noreste y el occidente, una considerable extension ya colonizada. Por ejemplo, los habitantes tzeltales de Velasco Suárez, ahora llamada Nueva Palestina, descubrieron que vivían una vez más en terreno prohibido. Ante el creciente descontento de los colonos selváticos el gobierno no tuvo más remedio que dar marcha atrás. En 1979 los integrantes de Nueva Palestina y Frontera Corozal (el antiguo Frontera Echeverría) consiguieron sus derechos sobre los bienes comunales decretados en 1972, con voz y voto en la toma de desiciones de las asambleas en donde los lacandones, sin embargo, conservaron la presidencia. 

A pesar de las políticas de conservación, reflejadas en las últimas desiciones presidenciales, los tres frentes destructores -madereros, ganaderos y campesinos- continuaron avanzando sobre las reservas vegetales y animales de la Selva Lacandona. Caminaron a paso cada vez más rápido y devoraron áreas extensas. En 30 años (hacia 2003)* destruyeron más de la mitad de la arboleda original. Muchos espacios talados entraron en un proceso irreversible de empobrecimiento de la tierra debido a la erosión y el progresivo agotamiento de la delgada capa de suelo fértil que la selva posee. Por demás las lluvias, antes abundantes, se volvieron escasas y caprichosas.

En los años 1981 y 1982 el panorama demográfico se agravó aún más debido a la llegada de unos 20.000, o tal vez 30.000, refugiados guatemaltecos a la parte sur de la Selva Lacandona. La mayoría vino huyendo de las colonias de El Ixcán, fundadas una década antes por misioneros estadounidenses de Maryknoll y ahora arrasadas por las tropas del ejército guatemalteco. Establecieron campamentos provisionales en la cercanía de ranchos y ejidos mexicanos de la zona de Las Margaritas y, si era posible, en la zona de la frontera ya que no perdían la esperanza de poder regresar a su tierra natal cuanto antes. Los refugiados, por su gran número y situación de extrema necesidad, constituyeron una carga que rebasaba ampliamente los recursos de la población receptora. Afortunadamente contaron pronto con la ayuda de la diócesis de San Cristóbal de las Casas, y más tarde también con el apoyo del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados y de la comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados. La aglomeración, en octubre de 1982, de 14.000 refugiados en el solo campamento de Puerto Rico, a orillas del río Lacantún, nos da una idea de la repentina inflación demográfica ya que por entonces en toda la zona de Marqués de Comillas no vivían más de 10.000 colonos mexicanos. Este problema recibió una solución parcial cuando en 1984 el gobierno mexicano, por razones de seguridad nacional, decidió trasladar a los guatemaltecos a Campeche y Quintana Roo. Más o menos la mitad accedió a la remoción, los demás prefirieron buscar asilo en ejidos dispuestos a acogerlos, aún perdiendo así el estatuto de refugiados oficialmente reconocidos.   

En el último tiempo (este escrito es de 2003)* se han hecho varios diagnósticos sobre la precaria situación en la cual se encuentra actualmente la región. a través de ellos el gobierno esperaba llegar a una planeación más adecuada para atender a los múltiples problemas originados por la sobreexplotación de los recursos naturales y la sobrecolonización de los espacios disponibles. Sabemos ahora que la Selva Lacandona tiene el triste privilegio de ser la zona más marginada del estado más pobre de la República Méxicana. Llama la atención el cuadro de carencias básicas padecidas por la gente, entre ellas la falta de comunicación, educación, atención médica y servicios elementales como el drenaje, la luz eléctrica y el agua potable.

La necesidad más apremiante (a mediados de los 80)* era sin duda el reconocimiento oficial de muchos asentamientos formados de manera espontánea durante las décadas anteriores. En el terreno agrario la ARIC (Asociación Rural de Interés Colectivo) ganó una importante batalla cuando en 1989, finalmente, 26 poblados en litigio recibieron sus títulos de propiedad. Otro logro fue la constitución de una unión de crédito y la obtención (unos años antes) de un permiso de la Secretaría de Comercio para exportar café, su principal producto comerciable, a Estados Unidos y Suiza. Otro paso adelante fue el convenio que en 1987 la ARIC suscribió con los gobiernos estatal y federal en el cual se comprometió a proteger las zonas forestales aún no destruidas de los Montes Azules.

Todos estos beneficios no se conquistaron sin pagar el precio de una cooptación cada vez mayor por las autoridades estatales y federales. En el seno de la asociación surgieron serias divergencias entre los líderes y asesores por un lado, y buena parte de la base por otro. Muchos miembros no vieron mejorar sustancialmente su nivel de vida a pesar de los avances organizativos. Es ese descontento el que por casi una década tuvo tiempo y oportunidad para desarrollarse en el aislamiento de los parajes de Las Cañadas y en la clandestinidad de las mentes de sus habitantes. Una señal de la creciente oposición política fue el surgimiento, en 1991, de una nueva organización, la Alianza Nacional Campesina Indígena "Emiliano Zapata" (ANCIEZ), fundada por campesinos disidentes del municipio de Altamirano, quienes se declararon en favor de una línea de acción mucho más radical para solucionar los múltiples problemas que seguían pendientes. El 12 de octubre de 1992, al marchar en San Cristóbal de las Casas para conmemorar "500 años de opresión colonial", estos campesinos impresionaron por su multitud y la disciplina casi militar por ella desplegada. Muy pocos espectadores entonces se dieron cuenta que aquella manifestación en realidad era un ensayo de fuerza convocatoria montado por los comités de un movimiento armado clandestino que se llamaba Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN). Presente en la vida pública bajo la máscara protectora de ANCIEZ llevaba ya 10 años de gestación oculta en los Altos de Chiapas y la Selva Lacandona. El primero de enero de 1994 se hizo conocer en el escenario político nacional con la toma de siete cabeceras municipales y la declaración de guerra al ejército mexicano.

La capacidad organizativa de la gente de Las Cañadas y su reciente reacción violenta contrasta con la posición menos antagónica de los habitantes de las demás subregiones de la Selva Lacandona. Son varios los factores que explican tal actitud, entre ellos sobre todo el trato preferencial que los habitantes de algunas comunidades habían recibido del gobierno para satisfacer sus necesidades básicas de producción y comercialización. También influyó la composición más heterogénea de su población, tanto a nivel étnico como religioso y sociocultural. Los ejidatarios no fueron los únicos en querer convertir la selva en un espacio de aprovechamiento económico o de influencia social con base en una estrategia específica. Lo hicieron muchos otros grupos, entre ellos las empresas madereras, las iglesias misioneras, los movimientos de izquierda, las instituciones conservacionistas, los organismos financieros internacionales y las dependencias del gobierno. En esta lista entraron por último los rebeldes zapatistas y las mafias del narcotráfico, que poseen sobre la Selva Lacandona muy disímiles planes, en ambos casos clandestinos. El impresionante abanico de procesos y proyectos no elimina, sin embargo, ninguna de las calamidades que afectan a la región y que fueron mencionadas al principio del presente ensayo: la destrucción de la naturaleza, el desamparo de las colonias, la polarización ideológica de su gente, la galopante militarización y la próxima embestida neoliberal. Como si ellas no fueran suficientes el gobierno añadió a la problemática una sexta dimensión por las acciones contradictorias con las que sigue enfrentando la situación. Por un lado tiene el legitimo deseo de conservar la reserva ecológica de Montes Azules y contrarrestar la destrucción de su entorno. Por otra parte siente la enorme presión moral de solucionar, de una vez por todas, la tenencia de la tierra en las zonas habitadas. Pero también esta decidido a explotar, en forma intensiva, los recursos todavía vírgenes que posee la selva: el petroleo, la fuerza hidroeléctrica y la riqueza biológica. Para facilitar los cortes de madera que aún son rentables y preparar la extracción petrolera cubrió la selva con una red de caminos que llevo consigo, como consecuencia inevitable, el aumento de colonización y de la tala del bosque. Ha introducido así un nuevo agente de destrucción: los ingenieros constructores de caminos y pozos de perforación. En cuanto a la energía eléctrica el gobierno tiene en proyecto desde hace tiempo la construcción de una decena de presas sobre los ríos más caudalosos de la selva, presas que inundarán una buena parte de la tierra, hoy ocupada por campesinos o cubierta todavía por arboledas. La conversión de la Selva Lacandona en una "Finlandia tropical" se encuentra aún en estado embrional, no así la reciente ampliación vial por el ejército mexicano. Pero los nuevos caminos no están planeados para sacar a las comunidades de su aislamiento sino para agilizar el movimiento de tropas cada vez más numerosas y mejor pertrechadas. La ocupación militar de la región es sin duda la peor calamidad de todas las que cayeron en suerte a la Selva Lacandona y sus habitantes. Es imposible atender a los problemas, y menos aún solucionarlos, con la continua amenaza de las armas encima. No cabe duda, pues, que la Selva Lacandona está herida de muerte (...).


Extracto del capítulo introductorio al libro "Viaje al Desierto de la Soledad", de Jan de Vos (Editorial Porrúa, México, 2003).

Con permiso de CIESAS (Centro de Investigación y Estudios Superiores en Antropología Social).

*Las notas con asterisco se agregaron con la exclusiva intención de brindar información complementaria al lector.

domingo, 12 de mayo de 2024

Los dioses mayas saben leer y escribir


Cuando a principios del siglo XX el investigador Paul Schellhas publicó el primer estudio sobre el panteón maya muy poco se conocía sobre las deidades que lo componían y el lenguaje jeroglífico utilizado por aquella civilización. En aquel entonces las incógnitas se multiplicaban al mismo tiempo que de lo profundo de la enmarañada selva resurgían estelas de piedra, palacios y recintos ceremoniales que revelaban el sorprendente logro material alcanzado por una cultura sumergida en el silencio durante cientos de años. Para realizar su trabajo Schellhas utilizó los tres manuscritos prehispánicos que hasta hoy se conservan en bibliotecas y museos de Europa, conocidos como códices de Desde, París y Madrid, ya que es en aquellas ciudades que se resguardan. Solo del primero de ellos existía previamente un estudio, publicado en 1880 por Ernst W. Förstemann, cuya edición estaba acompañada de una copia facsimilar -de muy alta calidad- del códice original (Dresde). Haciendo pie en aquel pequeño pero importante corpus Schellhas acometió su labor. Una vez finalizado el trabajo, que se publicó en 1904, fue capaz de describir a las principales deidades de la cultura maya, interpretar sus posibles atributos individuales e identificar la mayoría de glifos nominales asociados a cada una de ellas. Como aún era imposible "leer" sus nombres en las inscripciones, el investigador (que creía que la escritura maya era ideográfica), optó por asignarles una letra del alfabeto, comenzando por la letra "A". Creó de ese modo un sistema de denominación canónica que sigue siendo utilizado hasta el presente para el estudio, aunque hoy conozcamos con certeza el nombre de la mayoría de las deidades. Sabemos también, gracias a las investigaciones posteriores, que los códices mayas hablan de mitos cosmológicos, profecías, fórmulas simbólicas de iniciación ritual, calendarios astronómicos, tablas lunares, tablas de eclipses y ciclos del planeta Venus.


Vaso maya con la figura de un escriba
acompañado de un aprendiz


Los documentos conocidos como "códices mayas" forman parte del reducido grupo de manuscritos pictográficos prehispánicos que sobrevivieron al saqueo y la destrucción perpetrada por funcionarios virreinales y frailes (*), dicha destrucción incluyó a toda la parafernalia religiosa y objeto que se sospechara estuviera relacionado con algún tipo de idolatría de los pueblos indígenas. Estos documentos hoy se encuentran en Europa, a donde fueron llevados desde del siglo XVI como botín, entregados como obsequio a integrantes de la nobleza y altos representantes de la iglesia, o vendidos a coleccionistas particulares de obras de arte. Los extraños dibujos de guerreros armados y seres andróginos o zoomorfos con tocados, collares y máscaras exóticas despertaron desde muy temprano el interés de los investigadores del viejo mundo por aquella cultura.   

                                                                  

Itzamná emerge de las fauces del reptil Itzam Kaab Áayin
("lagarto cocodrilo de la tierra") Códice de Dresde

Un lenguaje particular y sagrado

Los pueblos de mesoamérica concebían a la escritura como un don divino, una capacidad particular que poseían las deidades para comunicarse entre si. De acuerdo al mito, cuando se creó la humanidad los dioses le otorgaron al hombre una serie de herramientas "simplificadas" para que pudiera interpretarla, en forma de elementos que se encontraban inscriptos en las estrellas y en las constelaciones, en las manchas de la piel del jaguar, en el dibujo de las alas de las mariposas nocturnas y en el plumaje de ciertas aves. En todos ellos se replica el lenguaje de naturaleza preciosa y cósmica proveniente de un tiempo anterior a la creación del mundo, del sol y de la luna actuales. Itzamná (catalogado como dios "D" en la denominación canónica propuesta por Shellhas), es el portador de aquel don divino y el escriba primordial del universo. Sin embargo, no era el único dios maya conocedor del arte de la escritura, como lo demuestran las imágenes de Chaak, el poderoso dios de la lluvia, a quien se lo representa también en los códices con estos atributos. 

                                                                            
Escriba con recipiente de tinta y pincel

Escribir y leer un texto en la época prehispánica significaba tender un camino entre el mundo de los hombres y el espacio sagrado. Quienes lo hacían compartían el atributo de Itzamná, Dios creador del universo y eran, a la vez que expertos dibujantes, hábiles animadores (lectores - intérpretes) de los documentos, que se resguardaban en recintos especiales conocidos como casas de las pinturas, lugares donde cuidadosamente plegados se depositaban en urnas de piedra talladas con figuras y símbolos inherentes al arte de los escribas, como se interpreta por uno de estos objetos, hallado intacto aunque sin su contenido original en Chichicastenango, Guatemala.

Códice de Dresde


El origen de la escritura maya 

El estilo de cultura visual maya, y su escritura, se originó en las tierras bajas del Petén hacia el año 300 antes de la presente era, durante el período histórico denominado preclásico tardío. Este sistema se fue desarrollando de manera conjunta al crecimiento cultural de grandes centros ceremoniales como El Mirador, Nakbé, Uaxactun, San Bartolo, Aguada Fenix, etc.. Las evidencias mas tempranas de escritura maya se encuentra en la mencionada región, siendo éstas el antecedente directo del sistema de escritura jeroglífica desarrollado durante el período clásico.   

El soporte material de los códices

Los códices mayas fueron pintados sobre largas tiras de papel indígena (conocido generalmente por su denominación en lengua náhuatl como papel amate). La pasta con la que se lo elaboraba (y elabora hasta hoy en comunidades de artesanos como San Pablito Pahuatlán), se obtiene machacando la corteza interna de cierta variedad de ficus (un tipo de higuera) que crece en las zonas cálidas de Centroamérica. Una vez confeccionada la tira, ésta se recubre con una muy fina capa de carbonato de calcio (procedimiento similar al que se utiliza para realizar pinturas "al fresco"). Otro soporte utilizado para confeccionar los códices, cuya evidencia procede de fuera del área maya, fue la piel del venado, conservándose un interesante grupo de documentos provenientes de Oaxaca, México, elaborados en dicho material. Podemos mencionar un tercer conjunto de documentos pictóricos, integrado por los denominados lienzos. Estos artículos presentan como soporte paños de algodón nativo que en ocasiones son unidos entre sí para incrementar el tamaño de las piezas. Sin embargo, los lienzos no poseen el formato de un códice tradicional, sino que se "enrollan" como una hoja de cartulina. Cabe mencionar también que los ejemplares confeccionados en este formato datan de época virreinal temprana, y tampoco provienen del área maya.

La tríada europea de documentos originales   

Los códices mayas de Dresde, Paris y Madrid están confeccionados en papel indígena,
 no son de gran formato (15 x 30cm. en promedio) y sus hojas se despliegan a modo de un biombo. Cada una de ellas está recubierta por una fina capa de estuco (carbonato de calcio) llamada técnicamente superficie de imprimación, para de éste modo hacerlas lisas y aptas para el dibujo a pincel. El color utilizado en los glifos es generalmente el negro, pero los hay también, aunque en menor cantidad, en color verde. Para el sistema de numeración del calendario de 260 días se utiliza el rojo y para el dibujo de las figuras los mayas de la antigüedad utilizaron una gran variedad cromática, pasando por el azul maya, ocre, rojo, amarillo, cinabrio, minio, verde y negro, pudiendo incluso existir algún otro color no determinado por el deterioro y decoloración de los tintes. En la elaboración de cada obra participaba un grupo especializado de artesanos: los elaboradores del soporte material, los tlacuilos (dibujantes indígenas) y los escribas. Estos últimos se ocupaban de introducir la escritura e indicar el diseño de las figuras que la acompañaban a los tlacuilos. La cubierta y la contratapa de estos documentos eran de madera fina y liviana, y ambas partes estaban forradas con piel de jaguar.


Breve descripción de los pigmentos

Azul maya: El azul maya es un compuesto inorgánico-orgánico que se obtiene después de mezclar el colorante índigo de la arcilla paligorskita (un mineral) con la tintura del añil (un vegetal). Esto da como resultado el sorprendente azul turquesa que observamos, por ejemplo, además que en los códices en las pinturas murales de Bonampak y de otros sitios mayas. Este bello y peculiar pigmento tiene como atributo adicional el que, si se lo expone a una fuente de calor, a medida que toma temperatura su tono se vuelve más oscuro. 

Ocre o café rojizo: para obtener esta tonalidad utilizaban como tinte la grana cochinilla, que se extrae de un parásito que coloniza las plantas de nopal. Como es un producto elaborado principalmente en la zona de Oaxaca probablemente llegó a las tierras mayas centrales y a la península de Yucatán por medio del intercambio, era costoso y por lo tanto en muchas oportunidades los mayas lo diluían para que rinda más agregándole cera de abeja, un producto que sí abundaba en el área peninsular. 

Rojo: el color rojo se elaboraba con hematita especular, que es la forma mineral del óxido férrico. Otra forma de obtenerlo era utilizándo la madera roja del chanté

Negro: estaba hecho con lo que se conoce como "negro de humo", es decir: el tizne u hollín generado por la combustión del pino ocote. 

Verde maya: lo obtenían mezclando el azul maya con un colorante orgánico proveniente de la corteza del chukum (a veces se utilizaban minerales de tonalidad amarillenta). 

Amarillo: para este color se utilizó también una mezcla de índigo con el extracto de la raíz de un árbol llamado kanté, en Tzetzal, y añadiéndole un poco de cal.


Una escritura exclusiva de las cortes reales

Algo significativo y sumamente importante de señalar aquí, es que el sistema de escritura maya, tanto en los códices como en la litografía existente en los sitios monumentales del área maya se expresa por intermedio de un lenguaje logo silábico, y era de uso exclusivo por las elites gobernantes. Por lo tanto no refleja etnicidad, es decir, no fue hablado, ni comprendido, por la población común de las diversas ciudades-estado regionales. Ciertos investigadores lo definen como "sociolecto", es decir: un idioma exclusivo del grupo de poder, altamente especializado y sagrado. Este idioma era común en todos los reinos del territorio maya y es reconocido por epigrafistas y lingüistas como cholano clásico o maya jeroglífico. Junto con él funcionaba un sistema de calendarios y un corpus de creencias religiosas que brindaba homogeneidad cultural dentro de un territorio en el que los distintos pueblos hablaban más de treinta variantes dialectales del tronco maya.


Como se leen los códices

Los códices mayas presentan una diversa variedad de unidades temáticas y cronológicas, y no se leen por páginas consecutivas o capítulos como los libros convencionales, sino que se lo hacía por almanaques y por tablas, enmarcando unidades temporales, conceptuales, rituales y de augurio basadas en el calendario mesoamericano y en los ciclos astrales. Esta era su unidad básica de interpretación.


Un esquema de lectura según cada tradición cultural   

Los códices, que como sabemos no solamente existieron en el área maya, se leían de distinta manera de acuerdo a la tradición de escritura a la que pertenecían, a su contenido y al formato en el que se encontraban diseñados. 

Los códices mayas, que como mencionamos tenían un tamaño similar al de un libro moderno, se leían generalmente por secciones independientes o almanaques. Los glifos se leían por columnas dobles, de izquierda a derecha y de arriba a abajo. El texto se relacionaba siempre con las figuras representativas de los personajes. Es importante remarcar que la escritura maya representa un lenguaje jeroglífico completo, siendo el único sistema conocido en las Américas capaz de expresar cabalmente el idioma hablado, cuya tradición de escritura se evidencia por primera vez, como dijimos, en las tierras bajas de Guatemala, y se va extendiendo al resto del área con el transcurso de los siglos.

Los códices del área nahua (centro de México) eran generalmente tiras de varios metros de largo y se diferencian a los del área maya por el hecho de estar escritos en un proto-lenguaje, es decir una lengua no acabada. Se leían en varios sentidos, alternando los signos fonéticos con las imágenes y con los dibujos para transmitir ideas. 

Los códices mixtecos de Oaxaca y de Puebla son otro conjunto muy interesante. Cada hoja se leía de atrás para adelante, en zigzag (como el vuelo de un colibrí) comenzando por la parte inferior derecha y relacionando las imágenes hacia arriba, cada una por separado.

Los códices adivinatorios y las tablas de calendario ritual de todas las tradiciones culturales mesoamericanas se leían de forma variable, conforme a la pregunta que realizaba el sacerdote que los interpretaba, teniendo en cuenta la concordancia de ciertas posiciones astrales con los días, las trecenas y los meses corrientes. 

Los mapas eran documentos pictográficos que también se leían de diferente forma según como estuvieran diseñados: desde el centro hacia afuera, desde un topónimo hacia otro, etc, etc..


El ritual de lectura en la tradición cultural visual maya
 
Por lo que deducimos de las imágenes de ciertas pinturas de la época clásica, sobre todo las representadas en objetos de cerámica, el ritual de lectura de un manuscrito estaba acompañado por una puesta en escena articulada y compleja, en la que intervenían una serie de actores: los mas importantes eran los lectores, personajes de la elite sacerdotal que se encargaban de narrar los textos. Dichos lectores estaban acompañados en un segundo plano por danzantes o mimos que escenificaban con sus movimientos los pasajes recitados, y por músicos que seguían la acción ejecutando diversos instrumentos. Todo esto ocurría en las cortes, entre nubes de humo que brotaban de los trozos de resina de copal que ardían en grandes incensarios de cerámica.


Códice de Dresde

Para los mayas el futuro estaba escrito en el pasado, por lo tanto, para afrontar el devenir fijaban su atención en acontecimientos míticos o históricos reconocibles y los asociaban con los ciclos planetarios. Estos eventos del pasado volvían en una secuencia repetitiva, lo que les permitía a los practicantes realizar augurios sobre el futuro y su repercusión en la sociedad, en los ciclos productivos y en las guerras. Semejante manera de encarar el destino, que se enmarca en una concepción circular del tiempo y del espacio, les posibilitaba, mediante ofrendas y sacrificios, apaciguar a las deidades con la finalidad de evitar eventos nefastos. El destino se podía por lo tanto, y obrando en forma consecuente, llegar a modificar.

Detalle de la página 24 del códice de Paris
 

Addenda

Se conocen 12 documentos pictográficos mesoamericanos científicamente aceptados como códices prehispánicos, aquí mencionamos a los tres provenientes del área maya.


a) Códice de Dresde (posclásico tardío). Biblioteca Estatal Universitaria de Dresde.
    Posible origen: Chichen Itzá, Yucatán.

b) Códice de Madrid o Tro-Cortesiano (posclásico tardío). Museo de América de Madrid. 
     Posible origen: Costa de Campeche. 

c) Códice de Paris (posclásico tardío). Biblioteca Nacional de Francia. 
    Posible origen: Mayapán o costa oriental de Yucatán (Tulum).

Existe un cuarto códice nombrado Maya de México (el ex códice Grolier) que se encuentra en la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia de México. Recientemente ha sido analizado y se lo ha catalogado como "manuscrito prehispánico", pero para muchos investigadores no se inscribe dentro de la tradición maya.  

El interesante grupo de códices arqueológicos

Se denominan códices arqueológicos a los fragmentos de códices que fueron hallados durante las excavaciones realizadas en antiguos centros mayas como Uaxactun, Nebaj y San Agustín Acasaguastán (Guatemala), y en Altun-Ha (Belice). Son restos recuperados durante la prospección de los sitios mencionados y se encuentran en muy mal estado debido a los siglos transcurridos y las malas condiciones de conservación, que produjo la pérdida casi completa del material original, quedando trozos fragmentados, cuasi fosilizados e ilegibles. Pero se sabe a ciencia cierta, por las características y el estudio de su material, que son fragmentos de antiguos códices, y por el contexto arqueológico en que se hallaron que pertenecieron a personajes de elite. Cabe mencionar que el trozo de códice hallado en Uaxactun formó parte de un ejemplar elaborado durante el período clásico, (400 d.C. aproximadamente) siendo el resto de códice encontrado con mayor antigüedad hasta el presente. En el caso de Altun-Ha, se trata de los restos de material fosilizado de un códice que formaba parte del rico ajuar funerario perteneciente al entierro de una dama de la elite local.

Los códices "transcriptos"

Popol Vuh, el libro del "consejo" o "de la comunidad": 

"el instrumento para ver con claridad,
llegado del otro lado del mar,
el cuento de nuestra oscuridad,
el instrumento para ver con claridad la vida, así es dicho".

"..había un instrumento para ver, había un libro,
Popol Wuj era su nombre..." 

Este interesante manuscrito, del cual desconocemos su nombre original, se inscribe dentro de la tradición maya y fue encontrado en el interior de la iglesia de Santo Tomás Chichicastenango, departamento del Quiché, Guatemala. Sin embargo, sabemos que Wuj en lengua k'iché significa "libro" y Popol es un adjetivo que deriva de pop, y que significa "estera" o "petate". El petate o pop en las lenguas mayas conlleva el sentido de comunidad, ya que esta se concibe como un tejido de fuerzas sociales. El símbolo pop se asocia también al poder político. Su original se encuentra en la biblioteca Newberry, de Chicago, Estados Unidos. Es un texto bilingüe (k'iché y español) escrito en dos columnas y caracteres europeos, fue copiado sobre papel europeo por el reverendo Francisco Ximénez, cura De la Iglesia mencionada entre 1701 y 1703. En esa fecha Guatemala y Chiapas eran una provincia del virreinato de la Nueva España. El texto hallado por Ximénez es la copia de un antiguo documento indígena. El material está elaborado para ser transmitido de manera oral. De acuerdo con el Memorial de Sololá o Anales de los Cakchiqueles, el territorio que ocupa actualmente Chichicastenango sirvió, en época prehispánica, como asiento de la corte Cakchiquel, con el nombre de Chiavar. Luego de varias peripecias, manuscrito fue adquirido en la segunda mitad del siglo XIX por el abate Charles Étienne Braseur de Bourbourg, quien lo publico en París en 1861 con el título: "Popol Vuh. Le Livre Sacré et les mythes de l'antiquité américaine". A a la muerte del francés, el manuscrito de Ximenez fue llevado a los  Estados Unidos y permaneció guardado hasta 1941, cuando el guatemalteco Adrián Recinos lo encontró en los estantes de la biblioteca Newberry y decidió realizar una nueva traducción al español, directamente del k'iché, lengua que dominaba. Hasta la fecha, su versión (publicada por el Fondo de Cultura Económica de México como Popol Vuh, Las antiguas historias del Quiché) es considerada por los especialistas, si no como la mejor, como una de las mejores hasta el momento realizadas. En su contenido el Popol Vuh presenta una serie de interesantes relatos que se relacionan con el tiempo mítico e histórico de la sociedad maya, cuyo texto es de una enorme calidad poética y cuyo orden temático es el siguiente: La creación del universo; La historia de Junajpu e Xb'alanké (los mellizos); Los primeros hombres (barro, madera y maíz); El tiempo histórico, y por último La sociedad K'iché.
                                          
Tres manuscritos provenientes de Yucatán: 

El Chilam Balam de Chumayel: Es un muy importante texto tardío y todo indica que su compilador fue un indígena yucateco llamado Juan José Hoil, en el año 1782. Posteriormente intervinieron otras personas e interpolaron diversos textos al original. Luego pasó a ser posesión de algún sacerdote cristiano, o de su secretario, llamado Justo Balam. A partir de entonces el manuscrito fue pasando de mano en mano por varios propietarios. Actualmente se encuentra en la biblioteca de la universidad de Princeton. De su contenido podemos decir que es un texto misceláneo, con complejos mitos cosmológicos, profecías de los katunes, fórmulas de iniciación religiosa ("Lenguaje de Zuyúa") y calendarios astronómicos.   

El Chilam Balam de Ixil: Este manuscrito hace referencia a augurios del calendario de 260 días. Su lugar de precedencia es el pueblo de Ixil de Yucatán, y no esta relacionado con la zona de lengua Ixil, en el occidente de Guatemala. En la actualidad se encuentra en la Biblioteca del Museo Nacional de Antropología de Mexico.   

Existe una transcripción más, que quizás provenga directamente de la tradición oral, conocida como Ritual de los Bacabes (o "de los brujos yucatecos").


Lamentable pérdida de documentos (*)

Sabemos que hubo abundante destrucción de códices, aún en época prehispánica. El soberano mexica Itzcóatl, conductor de la triple alianza México-Texcoco-Tlacopan después de su victoria sobre la ciudad de Azcapotzalco en 1428, y cuando llegó al poder, procedió a la destrucción masiva de documentos y solicito a sus tlacuilos que reescribieran la historia, alegando que en la anterior narrativa había "hombres que se hacían pasar por dioses". 

Con la conquista, como dijimos al comienzo, no le fue mejor a los documentos. Los cronistas españoles informan que los aliados tlaxcaltecas de Hernán Cortés, cuando se tomó Texcoco, quemaron varias "bibliotecas" o "casa de libros" (Amoxcalli en náhuatl) que había en aquella ciudad gemela de Mexico Tenochtitlán. Para rematar y acto seguido a la ocupación por las tropas invasoras y sus aliados indigenas, los frailes evangelizadores identificarían a los códices como lugares "donde los demonios estaban representados", realizando quemas masivas de libros de las que se jactaban abiertamente, como las llevadas a cabo por el arzobispo Zumárraga y fray Diego de Landa.      

... continuará