domingo, 24 de agosto de 2025

Las culturas ocultas del bosque tropical


El aporte de investigaciones llevadas a cabo durante los últimos años en la cuenca de los ríos Mayo-Chinchipe y Marañón ha revolucionado el conocimiento que teníamos sobre las culturas que poblaron la Alta Amazonía durante el período formativo, dando soporte a tesis como las de Julio César Tello y Donald Lathrap, quienes propusieron que la gran civilización andina tuvo su origen en la selva, territorio en el cual mediante el cultivo y la domesticación de numerosas especies el hombre creó un estilo de vida próspero, basado en la explotación sustentable de recursos en los diferentes pisos ecológicos.

                                                                       

Bosque de niebla, el nacimiento de los grandes 
ríos amazónicos  ©DLeynaud


En el marco del "Programa binacional de integración e investigación en la región fronteriza de Perú y Ecuador" se llevaron adelante exploraciones y estudios en las cuencas hidrográficas alta, media y baja de los ríos Mayo-Chinchipe, Marañón, Utcubamba y Puyango-Tumbes. El resultado de los trabajos amplió nuestro conocimiento de los grupos humanos que habitaron la Alta Amazonía durante el período formativo de las culturas andinas, dejando en evidencia sus fuertes lazos de interacción regional mediante un nutrido sistema de intercambio de bienes de prestigio. Se comprobó también el importante rol que cumplieron las chacras de producción agrícola de la selva ecuatoriana en el proceso de domesticación del árbol de cacao. Los estudios confirman a la Alta Amazonía como el lugar de origen de dicha especie, lográndose por acción del hombre la posterior dispersión de la planta hacia otras zonas tropicales del continente.

                                                               
Mortero lítico con forma de fruto de cacao 
Cultura Mayo-Chinchipe ©MNAE


El cacao, alimento y medicina ancestral

Producto tradicionalmente asociado con las culturas mixe-zoque y maya de mesoamérica durante mucho tiempo se pensó que el cacao era originario de Guatemala, Honduras y México. Esto se debe a que los primeros europeos en llegar "descubrieron" el grano en aquellas tierras, así como también observaron el aprecio que tenían los pueblos nativos por una bebida que preparaban con las semillas trituradas de aquel árbol, mezcladas con diversas especies -como el chile y la vainilla- para obtener un producto al que llamaban xocolatl (nombre del cual deriva la denominación moderna). La evidencia mas temprana de utilización del cacao como bebida en mesoamérica se encontró en el Soconusco, más precisamente en el yacimiento arqueológico de Paso de la Amada, enclave del período formativo temprano perteneciente a la cultura Mokaya cuya antigüedad data 3900 años a.p.. Cerca de allí, en la cálida y fértil región aluvial que desagua en el Golfo de México, la cultura Olmeca demostró ser una gran propulsora de la bebida entre las elites regionales con las que mantenía una estrecha relación. Algo más tarde, en la Europa del siglo XVIII el naturalista sueco Carl von Linnaeus reconoció la importancia del cacao como bebida tonificante otorgándole el nombre de theobroma cacao (del griego "alimento de los dioses"), y así lo inscribió en su obra "Species Plantarum", pionera de las ciencias naturales. Promediando el siglo XX la biología avanzó en el estudio de la planta, logrado clasificar en el bosque tropical de América del Sur diez variedades de cacao nativo -un número mucho mayor que en mesoamérica-, lo que llevó a la comunidad científica a considerar a la Amazonía Occidental como su lugar de origen.

Los estudios recientes han permitido corroborar la hipótesis anterior. La evidencia se obtuvo luego de analizar en laboratorio el contenido de un conjunto de botellas de tipo asa estribo halladas en el sitio arqueológico de Santa Ana-La Florida, ubicado en el cantón Palanda de la provincia de Zamora Chinchipe, sureste de Ecuador. 


Trabajos multidisciplinarios

El sorprendente descubrimiento de acervo material fue hecho por el arqueólogo ecuatoriano Francisco Valdez en 2012 y consiste, entre otros objetos, en una serie de recipientes de cerámica finamente elaborados (entre 5500-5300 años a.p.), depositados como ajuar funerario en el contexto de un entierro en nicho vertical bajo una estructura construida en forma de espiral aledaña a la plaza principal del sitio, inhumación que probablemente pertenece a un patriarca y/o chamán de gran prestigio dentro de la comunidad. Además de los mencionados recipientes se hallaron en el lugar dos mascarones y varios collares confeccionados en amazonita, una piedra verde muy valiosa y apreciada por los indígenas en la antigüedad; piezas en nácar del bivalvo Spondylus, extraídas de la costa del Pacífico; instrumentos aerófonos en concha de caracol Strombus, también del Pacífico, conocidos como "pututus" y ampliamente difundidos en el área andina. Además se hallaron restos de lo que pudo haber sido una valiosa pieza textil con apliques de cuentas de turquesa y malaquita; varios morteros de piedra y tabletas para consumir, en forma de rapé, las semillas de un potente alucinógeno conocido con el nombre de vilca; una serie de platos, también de piedra, con grabados polimorfos y un contenedor de barro cocido con cuatro soportes o patas, decorado con el rostro de un personaje chacchando (mascando) coca; este recipiente fue utilizado para guardar la cal que sirve para extraer el alcaloide de las hojas durante el chacchado.

                                                               

Chacchador ©MNAE

Este interesante agrupamiento de objetos de gran prestigio, representativos tanto de la selva como de la sierra andina y la costa del Pacífico, demuestra la enorme importancia del sitio y brinda un panorama que nos permite reinterpretar el pasado de los pueblos amazónicos y su significativa influencia regional.


Cuenca del río Chinchipe


Recipientes ©MNAE

Concluido el estudio en laboratorio de los recipientes hallados en Santa Ana-La Florida, estos revelaron contener granos microscópicos de almidón de cacao y restos de theobromina (un alcaloide presente en las semillas maduras de aquel fruto); almidón de maíz proveniente de una bebida elaborada con semillas de dicho cereal, probablemente chicha, y almidón de yuca derivado de otra bebida producida por fermentación, en este caso de las raíces del arbusto homónimo, conocida como masato. El test de ADN demostró que el material genético encontrado en la botella que contenía restos de cacao es compatible con el de los actuales árboles productores de la cuenca alta del río Chinchipe. De acuerdo con las pruebas de carbono14 y las secuencias de ADN obtenidas se constata que las especies de cacao domesticadas en la Alta Amazonía vienen siendo utilizadas por el hombre desde hace al menos 5500 años en alimentos y bebidas.

En el contexto de los trabajos de campo se recogieron gran cantidad de muestras cuyo posterior análisis permitió documentar de manera precisa a las principales especies botánicas domesticadas, hace más de cinco milenios, en las chacras de producción agrícola de la selva alta ecuatoriana, el grupo incluye: Yuca, Maní, Llerén, Ñame, Papa China, Camote, Achira, Ají, Frejol, Maíz, Coca y Ayahuasca. 

Esto es muy importante porque ratifica la esmerada labor material llevada a cabo por el hombre de la selva en el acondicionamiento de terrenos (chacras) donde se sembró una gran variedad de plantas cuya coexistencia simbiótica en el espacio de cultivo (como se logró en la milpa mesoamericana) beneficiaba a todo el conjunto productivo, dando como resultado alimentos y medicinas de primer orden que con el paso del tiempo llegaron a abastecer no solo a las comunidades locales sino a otras más alejadas de la costa y de la sierra. 


Muchos siglos después, un nuevo dios y esclavitud

El conocimiento de las tribus que habitaban la región occidental de la Amazonía se dio a los europeos de manera temprana merced a las descripciones hechas por los misioneros jesuitas que ingresaron a la selva utilizando las antiguas vías de comunicación de los pueblos originarios. Estos caminos ancestrales fueron bien trazados por los nativos, que transitaban por ellos de un lado al otro de la cordillera para intercambiar productos de los diversos pisos ecológicos. Desde mediados del siglo XVII se realizaron abundantes registros escritos y mapas de las rutas que tomaron los misioneros para internarse en la selva con el fin de cristianizar a los grupos de indígenas Bracamoros, denominación que por entonces se les daba a las diversas etnias que poblaban las márgenes fluviales de la cuenca del alto Marañón.

Con posterioridad a los sosegados misioneros, recios colonos buscadores de riqueza ingresaron armados a la Alta Amazonía, ejecutando cruel y metódicamente el exterminio de los indígenas no reducidos por los jesuitas, a quienes consideraban bárbaros. El saqueo de poblados, la agresión sexual a las mujeres, las matanzas y la sujeción a esclavitud de los varones -se los sometía para obligarlos a realizar trabajos en los lavaderos de oro del río Chinchipe- fue un accionar común, llevado adelante durante años por los invasores con la complicidad de algunos misioneros, que colaboraron delatando el paradero de los nativos insumisos al evangelio. Esto obligó a los grupos de Bracamoros (antepasados de los actuales Shuar, Achuar y Awajún o Agua Runa), a replegarse hacia lo profundo de la selva baja para sobrevivir. Cabe agregar que los mencionados lavaderos no fueron un descubrimiento particular de los colonos, ya que desde época prehispánica los poderosos señores de la sierra enviaban a la zona (ver detalle en el mapa) a grupos de mitmaqkuna con el fin de obtener metales, cuya mayor parte era utilizada para elaborar aplicaciones de vestidos, adornos y tocados.


El viejo mundo observa la Amazonía

En 1735, el geógrafo y naturalista francés Charles Marie de La Condamine fue nombrado director de una expedición enviada por la Academia de Ciencias Francesa a la Real Audiencia de Quito para medir el punto de curvatura de la tierra y poner fin de ese modo a un dilema científico que inquietaba a matemáticos y geodestas desde hacía más de un siglo. Una vez finalizada la labor, La Condamine aprovechó su presencia en el altiplano quiteño para organizar, por su cuenta, una expedición al Amazonas con fines de investigación. Partió de la ciudad de Loja por los caminos ancestrales de los pueblos originarios y al igual que los misioneros descendió a la selva, pasando cerca de Palanda, para acceder a la quebrada del alto Chinchipe y seguir a lomo de mula su cauce hasta un poco antes de la confluencia con el Marañón; aquí la expedición se embarcó y continuó por agua hasta el Amazonas, vía fluvial por la que navegaría hasta llegar a su desembocadura en el océano Atlántico. En el camino tomó detalladas notas botánicas y registros cartográficos del entorno en el que se encontraba sumergido, describiendo a los grupos indígenas que encontró durante el recorrido y sorprendiéndose por la actitud abierta y receptiva de casi todos ellos frente a la llegada de la expedición. De regreso a Europa sus investigaciones generaron interés no solo en el ámbito académico sino también en el de financistas y comerciantes interesados en el tráfico de especies, en particular de cacao, a la sazón un producto muy demandado en el viejo continente y cuya comercialización era monopolizada por la corona española, que realizaba su distribución ultramarina desde el puerto de Guayaquil.


Un investigador avezado de las culturas andinas

Es interesante mencionar, entre las tesis presentadas sobre el origen de las culturas andinas, a la de Julio César Tello, arqueólogo peruano que durante la primer mitad del siglo XX llevó adelante trabajos en sitios de la sierra de Ancash, la península de Paracas, el valle del río Nasca, la costa Mochica, el altiplano de Puno, el Cusco, etc.. Tello planteó en su tesis que la población de los Andes Centrales se originó merced a la influencia migratoria de grupos amazónicos que, en época prehistórica, ingresaron a la sierra central por los corredores de los ríos Utcubamba y Marañón, y hacia la costa del Pacífico atravesando la depresión de Huancabamba, espacio que separa geográficamente los Andes septentrionales de los Andes centrales y donde la altura de las montañas no supera los 2200 metros sobre el nivel del mar (Abra de Porculla), facilitando de este modo el tránsito hacia la costa. 

A grandes rasgos su propuesta expresa que en época remota grupos primitivos de recolectores y cazadores procedentes del norte llegaron a la selva amazónica en busca de un medio mas acogedor para la subsistencia. Estos grupos discurrieron por el flanco oriental de los Andes y se instalaron en la ceja de selva (1000-1500m), un piso ecológico que por sus características naturales es muy favorable para la vida. Allí comenzaron a experimentar cultivos que con el correr del tiempo se transformaron en agricultura. Sembraron maíz, yuca, camote, frijol, maní, y se abastecieron de los árboles frutales de la región (papaya, piña, chirimoya, lúcuma, pacaé, granadilla, cacao, etc.). Utilizaron además la enorme variedad de plantas silvestres presentes hasta hoy en la farmacopea tradicional amazónica. Cabe pues un reconocimiento para el padre de la arqueología peruana.

                 
Julio C. Tello    


Las investigaciones recientes

Para mitigar el hiato de conocimientos arqueológicos sobre la Alta Amazonía e indagar la factibilidad de las anteriores ideas, el Instituto Francés de Investigación para el Desarrollo (IRD) propuso al Instituto Nacional de Patrimonio Cultural de Ecuador, en el año 2001, la celebración de un convenio internacional de cooperación científica y de asistencia técnica con la finalidad de efectuar un reconocimiento arqueológico amplio de la provincia de Zamora Chinchipe.


Los trabajos efectuados en el marco de este convenio fueron muchos y han puesto en evidencia cerca de 400 sitios arqueológicos con vestigios de ocupación prehispánica en el área, inventario que se llevó a cabo mediante el reconocimiento físico de las cuencas de los principales ríos: Zamora, Jamboe, Nangaritza y Mayo Chinchipe. Los hallazgos más frecuentes pertenecen a pueblos que vivieron en el territorio entre el siglo IX y la primera mitad del siglo XX, como los Bracamoros, antepasados de los actuales Awajún y Shuar. Sin embargo, los datos mas innovadores y trascendentes tienen relación con las evidencias arqueológicas correspondientes a una ocupación mucho mas temprana y que estuvo presente a lo largo de todo el eje hidrográfico Chinchipe-Marañón, área binacional cuya cuenca en la parte superior (ecuatoriana) es angosta, abrupta y húmeda, mientras que en la parte media y baja (Perú) gana en amplitud y presenta un régimen de lluvias mucho más reducido.

La prospección del área ubicada en la cuenca alta del río Chinchipe permitió el hallazgo de materiales culturales no conocidos hasta entonces en ninguna otra región de Ecuador. El estudio de los objetos encontrados y su posterior datación mediante los mencionados análisis en laboratorio posibilitó el establecimiento de una nueva cultura arqueológica perteneciente al período formativo temprano  -contemporánea de Caral (costa central del Perú), Valdivia II (costa ecuatoriana), Kotosh (Andes centrales del Perú)-, que ha sido denominada Complejo cultural Mayo Chinchipe-Marañón.
                        
©MNAE


domingo, 22 de junio de 2025

El felino de fuego


El gato andino es una especie nativa de la cordillera de Los Andes cuya población se encuentra gravemente amenazada por el avance indiscriminado de la actividad humana sobre el territorio que habita. Durante mucho tiempo la existencia de este bello e intrigante felino estuvo sumida en un profundo misterio debido a que es un individuo muy difícil de ubicar, tanto por la conducta sumamente elusiva que manifiesta como por su hábitat en zonas escarpadas de la cordillera, considerándoselo, incluso hasta hace poco tiempo, desaparecido. Antropólogos e investigadores de las culturas andinas, por su parte, nos hablan de un antiguo mito de los pueblos originarios en el que se lo menciona como una entidad de orden cósmico, con poderes relacionados con el granizo, el rayo y el arco iris.


Leopardus Jacobita ©AGA


Recientemente se han obtenido, con ayuda de tecnología de última generación (cámaras trampa y pequeñas grabadoras digitales), valiosos registros fotográficos de ejemplares junto con sus crías, lo que reavivó el interés por la especie y su necesaria preservación. La presencia del gato andino se monitorea con gran esfuerzo por acción de grupos comprometidos en cuatro países: Perú, Bolivia, Argentina y Chile, donde vive en los ambientes áridos y fríos de la puna y de la estepa sur andina. Es, como todo felino, un hábil escalador y suele instalar su madriguera en las cuevas u oquedades de los escarpados farallones. De hábitos solitarios y crepusculares el gato andino llega a vivir en alturas cercanas a los 5000 metros, como lo demuestra el hallazgo de excrementos acumulados en "letrinas" (espacios acotados que utiliza para defecar) ocultas en roquedales cercanos al límite de los hielos glaciares. Su alimento preferido es la carne de vizcacha, y solo en caso de necesidad extrema ingiere roedores pequeños o lagartijas. Se piensa que las hembras tienen una cría por lechada, ya que en las grabaciones registradas mediante las cámaras ocultas se las ha visto acompañadas siempre por un solo cachorro, lo que dificulta aún más el proceso de recuperación poblacional. Debido a que la supervivencia del gato andino se encuentra críticamente amenazada por factores graves, como la contaminación de los ríos con desechos de metales pesados y cianuro, la desecación de los ojos de agua y la caza, la especie ha sido incluida en la Lista Roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN). Su futuro, como el de muchos otros animales de la región, depende de las acciones que tomemos para resguardar el medio ambiente en el cual vive desde hace milenios. 


El gato andino y la arqueología 

Algunos años atrás, mientras se realizaban trabajos arqueológicos en Laqo, un importante adoratorio perteneciente al sistema de ceques inca ubicado junto al primer tramo del Capaq Ñan (o camino principal) que se dirige al Antisuyu desde la ciudad de Cusco, se desenterró una escultura de piedra de porte mediano y forma circular, que sobre el borde superior presenta tallada la figura de un animal recostado. Los arqueólogos que intervinieron en el descubrimiento describieron en primera instancia a dicha figura como una "nutria de rio" debido a la connotación acuática de aquel mamífero y a que la pieza de la que forma parte se encontró colocada en un sector del recinto donde proliferaban los canales de agua. Con el tiempo, y mediante el estudio comparativo de la escultura, se llegó a la conclusión de que ésta figura no representa a aquel animal sino mas bien a un gato montés, mas precisamente al Leopardus Jacobita, especie cuyo hábitat es, como se mencionó al principio, la sierra alto andina. Conocido como Titi en lengua aimara y como Osqollo o Chinchay en quechua, este bello felino de pelaje gris rojizo fue ungido en la ideografía de los petroglifos tallados sobre las rocas de los Andes, desde época prehistórica, como una poderosa entidad de orden cósmico.    

                                          

Petroglifos de Toro Muerto,
Arequipa, Perú

Luego del hallazgo el monolito en cuestión fue trasladado al Museo Regional de Cusco y colocado en una de las salas de la gran casona que otrora perteneciera a la familia del Inca Garcilaso, donde se lo exhibió por algún tiempo bajo una filiación equívoca. Al asumir como directora de aquel espacio cultural la antropóloga Ana María Gálvez se llevaron a cabo una serie de mejoras, entre las que se incluyó la actualización museográfica de las salas. La escultura fue entonces objeto de un nuevo estudio cuyo resultado permitió finalmente establecer su identidad correcta como Chuqui Chinchay o el Felino de fuego, animal que se encuentra presente en los antiguos mitos andinos y al que se le atribuye el poder de transmutación entre los cuatro diferentes espacios del cosmos. La interesante y minuciosa labor de investigación llevada adelante, así como sus conclusiones, fue publicada en 2021 por Sinco Editores de Lima con el título: "Chuqui Chinchay, Deidad del Agua - Animal de Poder en la Cosmovisión Andina".   

                                                                       

Qoyllursayana, ©Museo Regional de Cusco,
Casona del Inca Garcilaso

El mito del Qoa

Un antiguo mito de los pueblos andinos, muy pero muy anterior a la época de esplendor Inca, nos habla del Qoa, un felino sobrenatural que emerge de puquios y manantiales en forma de nube negra y se desplaza hacia el cielo manteniendo su cola conectada a la fuente de agua. Lanza rayos, produce truenos, escupe granizo, convierte su orín en lluvia y despliega el arco iris; "espíritu poderoso, bueno y malo al mismo tiempo", prodiga la fecundidad de la tierra o la destruye. Era muy respetado porque disponía del agua, pudiendo transformarla en lluvia benigna, tormentas torrenciales o granizo devastador.

                                                                             

Textil arqueológico con diseño de felinos 
©MNAAHP/Lima, Perú

 
                                                                             
El felino y el Arco Iris

La representación de felinos asociados con el arco iris es una imagen reiterada en el arte de las culturas andinas y se la puede encontrar desde la antigüedad en diversos soportes materiales. En el presente se expresa también en la narrativa oral. Los felinos, en la tradición altiplánica, están particularmente vinculados a las cochas (lagunas), puquios (aguas de afloramiento) y manantiales, y son los responsables de prodigar fertilidad a los seres vivos de la tierra. Los informantes consultados en diferentes grupos comunitarios han relacionado el arco iris con eventos imprevistos e inquietantes. El gato, según se narra en los mitos, tiene la cualidad de trasmutarse en diversas entidades y de transportarse desde el plano inferior hacia los planos superiores del cosmos, siendo el nexo entre las aguas terrestres y celestiales.
       

Vasija cultura Nasca
©MNAAHP

Por otra parte, en esta importantísima vasija de la cultura Nasca catalogada por el Dr. Julio C. Tello en 1923 con el nombre de "Deidad Suprema", vemos claramente la figura del Qoa en el centro de la pieza emitiendo rayos por la cabeza y eyectando granizo por la boca. El personaje sobre el que aparece es un oficiante (chamán) transmutado en felino durante una ceremonia de ingestión de enteógenos, que lleva sobre su espalda dos troncos de wachuma (cactus de San Pedro), como así también espinas de esta cactácea cubriendo sus piernas y brazos metamorfoseados en figuras de serpientes con manchas de gato en el cuerpo; y un qoyllursayana (espejo para la observación ritual de los astros) sobre la cabeza, donde se refleja el felino, en este caso representando a la constelación, o estrella,  conocida por los pueblos de la antigüedad con el nombre de Felino de fuego.
 
                                                                              
 ©Alianza Gato Andino

Continuará...


domingo, 25 de mayo de 2025

El alimento de las wakas


De acuerdo al manuscrito quechua recopilado a comienzos del siglo XVII por los informantes indígenas del clérigo Francisco de Ávila en Huarochirí, provincia de la región centro este del Perú, traducido y publicado en 1966 por José María Arguedas en su libro "Mitos y Hombres de Huarochirí", Pariacaca, divinidad de la sierra, luchó contra Huallallo Carhuancho, dios de la región costera. En la contienda final el costero se transformó en fuego para quemar a su oponente y de esa forma intentar vencerlo, pero Pariacaca se transformó al mismo tiempo en lluvia y de éste modo lo anegó, formando la laguna de Mullucocha. Su nombre alude a "mullu", una concha marina de tonalidad purpúrea. En el interior de la laguna quedó sumergido el dios derrotado, cuyo santuario permanece como un fuego latente. El mito expresa un sutil juego metafórico, muy común en la semántica andina, que funde elementos opuestos pero complementarios: una concha fría y acuática y el color rojo relacionado con el fuego y el calor.

                                                                             

Waka junto a un cauce de agua en el Cusco
©DLeynaud


Esta concha de bivalvo marino, conocido también con el nombre de spondylus, se encuentra presente desde época ancestral en infinidad de sociedades del continente americano, que la utilizaron como ornamento de prestigio en collares y pectorales, o de manera simbólica en entierros y ofrendas relacionadas con la fertilidad, sin embargo fue en el antiguo Perú donde alcanzó a ser sacralizada en espacios que solo compartió con deidades como el Sol y la Luna.

                                                                        

Spondylus ©MCAP

Su método de recolección en aguas cálidas del Océano Pacífico es sumamente interesante, habiendo desarrollado los pueblos costeros que lo realizaban técnicas de buceo audaces apoyadas con elementos muy simples: pesas atadas a largas cuerdas para facilitar la inmersión, espátulas de piedra, o en el mejor de los casos de bronce, para poder extraerlas cuando se encontraban adheridas a una roca y canastos de fibra vegetal para recolectarlas de los arrecifes o directamente del lecho marino a una profundidad, promedio, de 15 metros.   

La biología nos indica que el spondylus vive y se reproduce en las aguas cálidas a una temperatura de 28°, por lo tanto en la costa sudamericana bañada por la corriente fría de Humboldt (18,2° en promedio) se lo encuentra recién al norte de los manglares de Mantas. El organismo posee una característica muy interesante, que resultó ser relevante para las culturas agrarias del antiguo Perú: es un bioindicador preciso de la temperatura. ¿Por qué era tan útil a la agricultura este conocimiento? La característica inicial del proceso climático conocido como fenómeno de "El Niño" es un recalentamiento de las aguas del Pacífico que se produce cíclicamente, elevando la temperatura de las corrientes marinas. Cuando esto sucede el spondylus registra la oscilación térmica y sus colonias aparecen en zonas mucho más al sur que lo habitual, llegando a ubicarse incluso en las cercanías de la península de El Callao. 

Su veloz capacidad de desplazamiento significó para los antiguos pueblos peruanos una certera y clara predicción climática, una advertencia de que en forma inminente se producirían lluvias extremas o terribles sequías, eventos ambos de consecuencia catastrófica para las actividades agrícolas, tanto de los habitantes costeños como del área andina. El conocimiento de aquel indicador les permitió tomar medidas preventivas y elevó superlativamente el estatus del molusco, relacionándolo con las deidades de la lluvia, con la fertilidad y otorgándole la condición de oráculo. Su representación aparece en el registro iconográfico de sociedades muy tempranas, alcanzando un punto de abundante expresividad (sobre todo tipo de soportes materiales: vasijas, recipientes, vasos, etc.) durante el auge Moche.

                                                                          
Figurilla de camélido ofrendada en la cima del volcán Llullaillaco (6439 m) Salta, República Argentina ©MAAM

Pero fueron los Incas los encargados de llevar el Spondylus a espacios nunca antes imaginados, como ser la cima de las montañas más altas de la cordillera de Los Andes, donde fueron depositadas, en el contexto de importantes ceremonias cargadas de simbolismo, illas y conopas (talismanes con forma de pequeñas llamas), así como pequeñas estatuillas antropomorfas confeccionadas en este material. Sabemos también, por el relato de los primeros cronistas, que los Incas sacralizaban las lagunas del altiplano arrojando polvo de spondylus en ellas, y que todas las wakas del Cusco fueron alimentadas materialmente con las valvas rojizas del divino Mullu.