domingo, 8 de octubre de 2023

Qoyllursayana (el dominio de las estrellas)



Qoyllursayana ©DLeynaud

Con este nombre se conoce a las piedras labradas con forma de bandeja, por lo general redondas u ovaladas, que encontramos en algunas de las wakas del Cusco. Su función consiste en retener sobre la superficie cóncava determinada cantidad de agua, lo que las transforma, por refracción natural de la luz, en espejos orientados al cielo. Eran utilizados por los sacerdotes en el contexto ritual de la observación astronómica para seguir a determinadas estrellas y grupos estelares durante su tránsito por el espacio. 


El ámbito celeste

Los asterismos reconocidos por las antiguas culturas del Perú integraban un articulado sistema simbólico que, mediante la utilización de un calendario, le permitió a los sacerdotes andinos efectuar celebraciones asociadas al agua y los ciclos agrícolas. El hombre advirtió desde temprano que la posición en el cielo de determinados astros prefigura el advenimiento de cambios estacionales, como la llegada de las lluvias y el momento propicio para realizar labores de siembra en los campos. Estos eventos celestes fueron venerados y bendecidos pues aseguraban la prosecución del ciclo biológico y el mantenimiento de todos los seres. Aquellos individuos poseedores del conocimiento necesario para interpretar a los astros llegaron a convertirse en los poderosos guías de una civilización ordenada, eficiente y productiva. Sin embargo, aquel saber astronómico no llegó de manera precisa hasta nosotros. Esto se debe, en parte, a que la ciencia era manejada por expertos que la transmitían a sus discípulos de manera oral, con el apoyo nemotécnico de los diseños realizados en textiles y de los khipus. Con la temprana desaparición de estos camayocs o expertos la sabiduría se perdió, quizás para siempre, en el silencio de los tiempos. Por otra parte la información que ha llegado a nosotros, suministrada por los cronistas del siglo XVI, es confusa y contradictoria. La cristianización de la elite incaica puso fin a una larga etapa cultural. De allí en más, con el coadyuvante de la destrucción de telas, objetos rituales y monumentos, sumada a la prohibición de ejercer las antiguas ceremonias so pena de castigo y exclusión social, la esencia andina discurrirá en forma sincrética bajo el atavío de un nuevo Dios y de nuevas formas culturales. Sin embargo, el campesino alejado de los centros de poder también utilizó, y continuó haciéndolo hasta el presente, métodos de observación de los astros cuya posición en el cielo, combinada con las señales que le brinda el entorno natural, le permite programar las actividades de su chacra: conocer el momento ideal para la siembra, la cosecha y el ciclo reproductivo de los animales. Gracias a esta sabiduría, el trabajo de investigación etnográfica, el estudio de documentos históricos y la liberación de prejuicios académicos hemos logrado abrir una pequeña pero luminosa ventana, que nos permite vislumbrar el cosmos andino tal como debió ser percibido por los ojos de la antigüa civilización.

Para la cultura incaica propiamente dicha las estrellas eran illas o talismanes celestiales, poderosas entidades protectoras de los ciclos ligados a las actividades productivas del hombre, de las que eran corresponsables; de allí la necesidad de ofrendarles. Estas illas podían actuar en favor de una buena cosecha protegiendo a las sementeras de eventos indeseados, como granizadas, lluvias excesivas o sequías acaecidos en el kay pacha, el tiempo/espacio de aquí. Sobre ellas por lo tanto recaía el pedido de una buena temporada de aguaceros, la maduración correcta de los frutos, multiplicación de los rebaños, salud de los animales, en fin, de todo lo relacionado con el equilibrio natural en un ecosistema sometido a los rigores climáticos extremos, como el fenómeno de El Niño. Había entonces que lograr el beneficio de los astros para sortear las vicisitudes, caso contrario el espacio terrenal podía perturbarse y entrar en un profundo caos, generando graves catástrofes en forma de hambrunas o enfermedades que golpearían a una población demográficamente muy expandida y dependiente de la producción agrícola para su subsistencia. Este pensamiento se corresponde, en modo estrecho, con el principio político de reciprocidad: dar para obtener una compensación posterior.

El espacio celeste era pensado por la gran cultura andina como un lugar repleto de recursos, un ámbito con el que había que dialogar, con el que había que formular acuerdos.


Observadores del cielo

Es muy importante remarcar que no han sido los Incas los únicos poseedores de una cosmología compleja en el contexto de las sociedades prehispánicas de América del Sur. Cientos de años antes otros grupos étnicos que poblaron el vasto territorio que se extiende desde el ecuador hasta el trópico de capricornio, incluso más al sur, practicaron observaciones espaciales y registros relacionados a ciclos solares y estelares. Quizás no existan vestigios materiales de todos ellos pero sus saberes fueron transmitidos y heredados mediante una intrincada red, en la oralidad, en los mitos y en otros intercambios. Estos siglos de experiencia previa en la observación del cielo del hemisferio sur, de ir moldeando conceptos, sirvió para dar forma al nutrido corpus que poseía la sociedad indígena al momento de la invasión europea. Sin duda la gran cultura Inca del tercer y último horizonte se benefició enormemente con toda esa experiencia. 

Un ejemplo de ella son los monumentos del intrigante Chavín, entre los que se encuentra la llamada piedra de las Pléyades, que no es otra cosa que una gran Qoyllursayana con siete cavidades horadadas en un cuerpo pétreo con forma de un gran felino y cuya manufactura precede por más de mil años a la ascensión del poblado de Cusco al rango de urbanización. Por otra parte en la conocida como Waka del Sol y de la Luna, ubicada en el departamento peruano de La Libertad, se encuentra, en uno de sus recintos, un magnífico friso con pinturas realizadas por la cultura Moche hacia el siglo III de la presente era en el cual se describen acontecimientos estelares, detallados con gran maestría y delicadeza. Estos son sólo un par de ejemplos de un complejo entramado de representaciones, que incluyen además del arte lítico o mural a la iconografía en diseños textiles y objetos de cerámica presentes en las culturas Pucará, Tiawanaku, Nasca, Huari, Chimú, Chancay, Chachapoyas, Chincha y Aymara, por mencionar solo algunas de las que poblaron la región andina.


Las Pléyades: 

Las Pléyades fueron el grupo estelar más relevante para los pueblos andinos de la antigüedad. En el Cusco se las conoció con el nombre de Qolca (granero) o Qoto (como llaman al piloncito de papas o de otros productos que las mujeres ofrecen sobre sus mantas, en los mercados). Su importancia no solo era central por motivos rituales y calendarios, sino que constituía un eficiente oráculo para predecir, mediante su observación en las qoyllursayanas (o como lo hacen incluso hoy en día los campesinos de ciertas zonas de los andes, en las cochas) el advenimiento de fenómenos climáticos. Este hecho, de suma importancia, se comprueba de la siguiente manera: cuando se aproxima una temporada de El Niño la humedad acumulada en el área sureste de los andes peruanos se incrementa al extremo de enrarecer la atmósfera, normalmente seca, y la visión habitual de las siete estrellas nítidas que componen el grupo en el cielo nocturno se perturba, tornándose borrosa, lo que presagia un futuro desequilibrio ambiental. Los dioses climáticos del Perú antiguo ponían, desde el cielo, sobre aviso a los hombres de que próximamente habría graves contratiempos: lluvias a destiempo, excesivas, violentas granizadas e inundaciones, entre otra serie de desequilibrios medioambientales. Esto sucedía periódicamente y sucede hoy en día con las mismas consecuencias devastadoras. Estar sobre aviso era primordial.


Qolca (Pléyades) ©Estes/Sasse


Una celebración moderna nos permite imaginar, tras su velo sincrético, lo que debió ser en el pasado un festejo mayor del pueblo andino: me refiero a la peregrinación al santuario del Señor de Qoyllur Riti (Estrella de Nieve), que se realiza anualmente pero con motivos cristianizados hacia la mismísima época de reaparición de la Qolca en el cielo en Sinakara, provincia de Quispicanchis, Cusco. Un magnífico evento al que tuve la gran fortuna de poder concurrir en tres oportunidades, y en todo su desarrollo: desde el peregrinaje al santuario del Señor de la Estrella de Nieve, al pié del glaciar Colque Punku, hasta el ritual de Inti Alabado en la pampa de Tayankani.      


Ch'aska: 

Los Incas llamaban al planeta Venus Ch'aska Qoyllur, que en quechua significa "estrella de cabello enredado". Ch'aska es una de las Puriq Qoyllur, o "estrella que camina", debido al derrotero irregular con el que alterna su aparición en los crepúsculos. Era considerada, según las antiguas narraciones del Cusco, como un Auki, hijo predilecto del Inca que podía llegar a coronarse alguna vez supremo gobernante. El Inca delegaba en este Auki actividades de supervisión directa sobre el cumplimiento de sus órdenes en pueblos y lugares en los que no podía estar presente personalmente, lo que transformaba a la estrella en un verdadero lugarteniente celestial. El concepto Auki es muy interesante y demandaría una nota completa para ir desentrañándolo, debiendo incluir en él a todas las representaciones simbólicas del Inca en forma de figuras o bultos investidas de sus atributos y que los contingentes político militares del Cusco transportaban brindándole al soberano el don de ubicuidad por el cual podía estar "presente" en expediciones, guerras, o de visita a los señores de otras regiones.   

El nombre Ch'aska siempre es compuesto, lo acompaña un adverbio que determina la posición matutina (Paqariq Ch'aska) o vespertina (Ch'isin Chaska) del astro. En el Cusco se llama cariñosamente "chaskosita" a la mujer de cabellos desflecados o enredados.      


Las Chakanas: 

Hay incontables Chakanas en el espacio pero ninguna de ellas tiene relación con el signo escalonado al que un mito moderno le atribuye erróneamente el nombre Chakana. Podemos tomar cuatro estrellas y unirlas para obtener una X o "cruz" imaginaria. La Chakana más grande del cielo se forma uniendo de a pares a los cuatro astros que configuran las extremidades de la constelación occidental de Orión (Betelgeuese, Aldebarán, Rigel y Saiph) Esta Gran Chakana o Hatun Cruz, tal es su nombre contemporáneose observa nítidamente sobre el cielo del Cusco en el centro de la bóveda celeste a comienzos del mes de mayo. Probablemente sea ésta Gran Chakana la alineación que describe, en el centro de su dibujo, el cronista indígena Juan Santa Cruz Pachacuti Yamki Salkamaygua, en el que el autor copia (por referencia) un mapa del cosmos que, según la crónica, estaba grabado sobre láminas de metal brillante en uno de los recintos principales del Templo del Sol, llamado también Qoricancha.

La alineación conocida como Huchuy Chakana, (pequeña Chakana) es otro ejemplo de Chakana que encontramos en el cielo, en este caso en una posición austral. Su diseño, similar al azadón utilizado por los campesinos andinos, hace suponer un simbolismo agrícola. En occidente se la conoce como constelación de la Cruz del Sur.   


Urkuch'illay: 

Urqucha = machito; Illa(y) = resplandeciente. La "Llama Resplandeciente" es un grupo de estrellas que se ubica sobre la constelación de Lyra. Según Garcilaso era reverenciada por los pastores, en su crónica la menciona como " ... una llama o alpaca de muchos colores, siendo aliada de la conservación de la especie". Las Illas y Conopas son unas pequeñas figurillas de plata maciza o piedra, objetos muy importantes en el contexto ritual tienen por lo general unos cinco centímetros de altura y representan llamas. Se utilizan en entierros y ofrendas con fines propiciatorios.        


Los Amarus:

Son dos serpientes que habitan en el cielo y que, según cuentan los amautas o sabios, tenían la función de integrar los mundos. Estas representaciones simbólicas de grandes ofidios celestiales eran sumamente veneradas en el antiguo mundo andino. Una de ellas, Sach'amama, se encuentra sobre la constelación del Escorpión y es un ofidio terrestre que, según la mitología, trepó a un gran árbol y de allí pasó al cielo, en donde comenzó a brillar con gran intensidad. El otro Amaru se encuentra en la constelación de la Osa Mayor, y su nombre es Yacumama. Este grupo de estrellas aparece periódicamente en el cielo del norte, observando desde el Cusco, y se pone en dirección nordeste, que es donde se encuentran ubicados los grandes ríos amazónicos. Yacumama es la gran serpiente amazónica que repta por el espacio, la madre de las aguas selváticas.

Amarus ©DLeynaud

Chuqui Chinchay o Choque Chinchay: 

Aquí el asunto se complica un poco. No está claro si Chuqui Chinchay (El Felino de Oro) es una constelación formada por ciertas estrellas del grupo del Escorpión o se llamaba así únicamente a Antares, la gran estrella roja que brilla en su interior. En mi opinión podría tratarse de un avatar producto de la yuxtaposición del Felino (que en realidad es un Gato Montés) con el Amaru. Existe un antiquísimo mito que habla del llamado “Felino de fuego”, como un animal con cuerpo de gato montés* y cola de serpiente, que emitía rayos, producía truenos, escupía granizo y convertía su orín en lluvia. Tenía una importantísima relación con los ritos del agua desde época pre-Inca, y es el mismo animal que se encuentra grabado en el pectoral del personaje que está en el dintel de la Puerta del Sol de Tiawanaco, así también como en el oficiante o chamán representado en una valiosa cerámica Nasca conocida con el nombre de "Divinidad Suprema".

*Leopardus Jacobita 


Willka Wara o K'ancha Wara:

Willka Wara, o “Estrella Sagrada”, es Sirio, el cuerpo estelar más brillante del cielo, que se encuentra en el corazón del Can Mayor. Se hace visible cada noche desde el mes de noviembre y permanece en el cielo hasta el mes de junio, el mismo período de tiempo que demanda el cultivo, recolección y secado de la papa serrana, desde la siembra hasta ser transformada en chuñomoraya, dos alimentos primordiales para el pueblo altoandino. Se la considera por lo tanto protectora de este tipo de cultivos.   


Llamakancha:

Tres constelaciones llevan este nombre, que significa "El corral de las llamas". Son reconocidas porque sus formas semejan un corral de pirca. La primera se sitúa exactamente en la Corona Boreal y la segunda en la Corona Austral. Por su parte el registro etnográfico refiere que los Qeros, un pueblo muy antiguo de la provincia de Paurcartambo, en el Cusco, hablan de ambas con gran devoción, y de una tercera Llamakancha, que se encuentra ubicada en la constelación de Carina. Llamakancha es la constelación tutelar de los "llameros", hombres que se dedican a la crianza de camélidos. 


Willka Mayu:

La vía láctea es Willka Mayu, el gran "Río Sagrado" o "Celestial". Una peregrinación que el cronista Cristóbal de Molina describió con detalle se realizaba hacia el solsticio del mes de junio y era el tercer gran rito estacional del calendario incaico. El evento coincidía con el inicio del nuevo año y en él se reverenciaba a la Vía Láctea como oferente de las aguas que se derraman sobre la tierra. Lo llevaba a cabo el grupo de sacerdotes Tarpuntay, orden dedicada exclusivamente a las celebraciones agrarias. Durante diez días este grupo religioso peregrinaba desde el cerro Huanacauri, al sur de la ciudad, trazando un camino recto por las montañas hasta el santuario de Vilcanota, sito en La Raya, sobre las alturas divisorias del los actuales departamentos de Cusco y Puno. Era un ritual muy importante, con él se inauguraba un nuevo ciclo de trabajo agrícola, peticionando por futuras lluvias en un momento del año (mes de junio) en el que el cielo está totalmente despejado de nubosidad y Wilka Mayu se observa con toda su blancura extendiéndose sobre los valles centrales cusqueños. En el extremo sureste el gran "río sagrado" parece recostarse y tocar los nevados de La Raya, derramando simbólicamente el líquido precioso sobre los glaciares en los que nace el río Willkamayu (Vilcanota), cuyo cauce los sacerdotes seguían a su regreso, descendiendo a través de cañadas y valles por sitios como Rurucachi, Sicuani, Cacha Viracocha, Urcos, Pisaq, etc, hasta llegar a Ollantaytambo. Aquí los sacerdotes Tarpuntay abandonaban el acompañamiento de las aguas sagradas retornando al Cusco por un camino más corto a través de la quebrada de los Pomatales, Huarocondo, la Pampa de Anta y Poroy, para ingresar a la ciudad por el norte y finalizar el ritual en el Templo del Sol. Esta peregrinación se repetía durante el mes de noviembre, pero entonces se realizaba el recorrido de manera inversa, es decir remontando las aguas río arriba. Esta segunda fase del evento tenía lugar una vez iniciada la temporada de lluvias en la región y probablemente su significado era expresar agradecimiento por el precioso líquido recibido.


Las constelaciones negras: 

Son las manchas oscuras que se ven en la vía láctea, cada una de ellas representa a un animal que habita la biosfera andina. La mas importante es la Llama, pero también hay una Perdiz, un  Zorro, un Sapo, un Cóndor, etc. Entre todos ellos se observa también la figura de un pastor. Nos ocuparemos de ellas en una próxima entrada.


Los Cometas:

"... y de las cometas saben lo que ha de suceder, buena o mala señal",  Guamán Poma de Ayala.

Continuará...

domingo, 26 de febrero de 2023

Alegoría del Sol Cenit


En el Cusco de época anterior al proceso de extirpación de idolatrías se realizaban todos los años importantes ceremonias de adoración al Sol. Dos de ellas tenían lugar durante su paso por el cenit.


Se llama Sol-Cenit al momento en que el Sol transita sobre el paralelo de un lugar en el punto mas alto del cielo. Esto se observa en la ciudad de Quito durante los equinoccios de marzo y septiembre, pero no sucede durante las mismas fechas en Cusco debido a que la antigua capital del Tahuantinsuyu se ubica a 13° 30" de latitud sur respecto del ecuador terrestre. Por lo tanto los tránsitos cenitales se producen aquí los días 30 de octubre y 13 de febrero.

Estos son los únicos días del año en los cuales un objeto no produce sombra en el suelo, al mediodíaEl evento, que hoy en día suele pasar desapercibido, era sumamente importante durante la época incaica, cuyo máximo gobernante o Sapa Inca ostentaba el título de hijo del Sol, por lo tanto la acción de recibir los rayos de luz en el preciso momento en el que el astro se encuentra en lo mas alto de la bóveda celeste fue considerado un acontecimiento primordial desde el punto de vista cosmológico y político, pensamientos que no estaban disociados en la antigua sociedad andina, cuya estructura de poder regio dominaba los vínculos entre la tierra y el cielo.

El tránsito cenital se repite dos veces cada 365 días en toda el área ubicada entre los trópicos, y acontece solo una vez al llegar a ellos; entonces el sol se detiene (solsticio) en la curva que forma la “S” de su recorrido aparente (o eclíptica) para “regresar” lentamente al otro hemisferio. De este modo se produce el ciclo de las estaciones en ambas partes del globo.

Wak'a de Susurpuquio (Inkilltambo)
©DLeynaud


Conociendo la posición exacta durante las salidas y puestas en los solsticios de diciembre y junio (cuando el sol alcanza los trópicos), y mediante las observaciones del Sol-Cenit en los meses de octubre y febrero, los sabios andinos lograron ajustar un calendario de manera eficiente, que les sirvió como instrumento para organizar a los diversos grupos sociopolíticos tributarios y ordenar sus intereses productivos: optimizar el trabajo agrario, regular la irrigación de los campos, controlar la ganadería, el uso de los caminos y de la fuentes de agua; en fin, de todas las acciones humanas, incluyendo el almacenamiento de bienes y alimentos en los depósitos estatales (qolcas), los meses de descanso y el cobro de tributos en las diferentes regiones del extenso territorio que estaba bajo la administración del Cusco. Para todo hubo en el Peru antiguo un tiempo específico y programado.

Si bien la técnica que utilizaron para llevar la cuenta de los días continúa siendo una incógnita para nosotros, es factible proponer que los incas dividían el tiempo en meses lunares enmarcados dentro del año tropical solar. El calendario andino no fue descripto de manera clara por los cronistas, poseedores de una visión sesgada por los preceptos culturales europeos de la época y desconocedores de la astronomía, de tal forma que los datos presentados son confusos y contradictorios; como resultado de ello cualquier intento de reconstruir la mecánica del antiguo calendario concluye en una hipótesis. La situación es muy diferente comparada a la que encontramos en mesoamérica, donde las estructuras calendarias y su forma de medir el tiempo perduraron y continúan siendo utilizadas en el presente. Por cierto, no contamos tampoco con la valiosa ayuda de fuentes originales como los códices y las inscripciones jeroglíficas grabadas en estelas y paneles de piedra. La cultura andina alcanzó su cumbre siendo una civilización clasista y ágrafa, por lo tanto la mayor parte de sus conocimientos sucumbieron junto al poder que los centralizaba, amén de la labor realizada por voluntariosas manos evangelizadoras.

Sin eufemismos

La destrucción de ídolos, tejidos finos, momias, queros, khipus, vasijas y todo tipo de objeto considerado parafernalia utilizada en rituales idólatras fue una acción sistemática fomentada por la iglesia y los administradores de justicia virreinales, que apuntaba de modo específico a desarraigar el culto autóctono exterminándolo por la fuerza, haciendo desaparecer a la vez todo tipo de registro nemotécnico que de él se conservara en cualquier material de soporte. Con tal tenacidad funcionó la empresa que a inicios del siglo XVII existía en el Perú el cargo de instrucción denominado “Visitador de Idolatrías”. Esta continua persecución representó una pérdida irreparable en la herencia cultural de los pueblos andinos. La empresa evangelizadora fue uno de los títulos jurídicos de la conquista, que luego del sometimiento por las armas inició la colonización espiritual, actitud que con el correr del tiempo y por sus resultados ambiguos se endureció a extremos inquisitoriales.

Ceques, meses e hipótesis

Sin embargo, ha quedado documentada por el encomendero, funcionario virreinal y cronista al servicio de la extirpación cultural, Juan Polo de Ondegardo, una detallada relación de los ritos que se llevaban a cabo en las principales wakas (de entre las 328 que integraban el sistema de 41 ceques del valle de Cusco), en el que cada adoratorio tenía asignada una fecha determinada para los oficios. En la representación, hipotética, del calendario de ceques se le otorga a cada día un espacio dentro del año lunar sinódico (de 328 días), obteniendo de este modo 12 meses de duración desigual, más un 13avo mes llamado Aymurai Raymi, que estaba compuesto por los días vacantes (que no se contaban como laborables) y sucedía durante el período de ocultamiento de las Pléyades (37 días). Era el momento de descanso una vez finalizada la cosecha y el acopio de alimentos en los almacenes estatales. Dicho lapso completaba el año solar (328+37=365) y acontecía alrededor del mes de mayo. 

El Templo del Sol o Qoricancha

Mediciones realizadas in situ revelaron un interesante dato referido al 13avo mes del calendario: en el Templo del Sol, el más importante espacio ceremonial del Cusco, punto desde donde irradian la mayoría de los ceques hacia las diferentes direcciones del valle (algunos no parten del Qoricancha), el pasillo que separa los dos principales adoratorios (donde se encontraban las hornacinas decoradas de oro y telas finas, y el ídolo/bulto laminado de metal precioso descripto por los primeros españoles en ingresar al sitio), está orientado, observando hacia el este, en una alineación exacta con la primera aparición helíaca de las Pléyades (constelación llamada Qolca o Qoto en el Cusco) la madrugada del 25 de mayo sobre el horizonte que forman los cerros que rodean la ciudad. Esta primera aparición en el cielo del grupo estelar definiría las siguientes fechas del calendario andino: a) durante la luna llena mas próxima se realizaba la gran celebración del mes (nótese su coincidencia temporal con el actual Qoyllur Riti); b) desde la luna nueva previa a ésta y hasta la de mediados de junio era el "mes" de descanso, en el cual se realizaba la reunión de las comunidades; c) Durante la luna nueva posterior, de mediados de junio en adelante, se iniciaba un nuevo año con la celebración de Inti Raymi y el solsticio. Los ciclos lunares y la posición de ciertas constelaciones eran determinantes en la partición de los meses dentro del calendario andino, en este caso para el cierre del ciclo productivo y el inicio de un nuevo año.

Los textiles como soporte ideológico 

Algunas crónicas hispanas nos informan de las túnicas o uncus que vestía el Inca durante los fastos, y de los diseños de las telas que lucían los integrantes de su corte, en los que se observaban motivos específicos para cada uno de los meses del año. Por otra parte, en la costa central del Perú, se halló evidencia material del registro calendario en textiles arqueológicos pertenecientes a la cultura Nasca, una sociedad muy anterior a la Inca, en cuyas telas bordadas aparecen representaciones que indicarían ciclos solares anuales. Otro magnífico textil, hallado en Chuquibamba, Arequipa, es un uncu que parece representar un ciclo solar completo de 365 días.Todo esto forma parte de un reducido corpus material en el que subyacen los fundamentos epistemológicos del cosmos indígena.


Textil Chuquibamba
                                                    
Ritos al Sol

Los actos de adoración, festejo y regocijo del Inca y de sus súbditos en la llaqta del Cusco durante estos días tan peculiares de tránsito cenital se debían, precisamente, al hecho de que el Sol "bajaba" a “sentarse” de lleno, con toda su luz, sobre los asientos tallados en la piedra de las wakas y transitaba sobre las magníficas columnas o mojones -llamadas sukankas- colocados en la cima de los cerros de los alrededores de la ciudad, o sirviendo la propia cima como marcador naturalUn magnífico acontecimiento, sin lugar a duda.

El momento de “asiento del Sol" tenía, ademas, un componente primordial: prefigura el inicio de la sumamente esperada y bendecida temporada de lluvias, que se manifiesta a partir del mes de noviembre en la región Cusco, y que finaliza en marzo, siendo por lo tanto una fecha clave para verificar el calendario agrícola

La observación de amaneceres y puestas durante estos días sirvieron al Inca para calcular, también, el momento análogo en el que el sol alcanza el Nadir, es decir: cuando llega a su punto más elevado pero en el lado opuesto de la tierra. Si bien no tenemos certeza de que los antiguos observadores del cielo imaginaran este concepto tal cual lo interpretan los astrónomos modernos es exacta la utilización de estas últimas dos fechas para realizar importantes rituales relacionados con la actividad productiva. El Nadir ocurre durante la noche del 26 de abril (fecha de celebración de la cosecha grande) y del 18 de agosto (día en que se abre ritualmente la tierra, en la temporada seca). 

Addenda

En el marco de su registro solar anual los incas incluyeron seis principales observaciones del horizonte: dos de ellas se realizaban durante los solsticios -una durante la salida del sol el 21/12, desde Puquincancha con dirección visual hacia Quispicancha (Tipón), y otra en su puesta el 21/6, desde Manturcalla (Templo de La Luna) con dirección al cerro Quiancalla; dos en los amaneceres de los días en que el astro pasa por el cenit (30/10 y 13/2) desde el cerro Picchu en dirección al nevado Ausangate, y dos puestas de sol en el atardecer de los días que se ubican en una fecha intermedia entre cada paso cenital, pero con dirección de observación opuesta a la de estos eventos, que es precisamente cuando el sol pasa por el Nadir.

Fuentes: “El calendario Inca. Tiempo y espacio en la organización ritual del Cusco”, Zuidema, Tom, Fondo Editorial de la P.U.C. del Perú; “La civilización Inca del Cusco”, Zuidema, Tom, Ceques Editores; “El espacio sagrado de los Incas. El sistema de Ceques del Cusco”, Bauer, Brian, Editorial Centro Bartolomé de las Casas; "El Cosmos Andino", Gary Urton, Ediciones El Lector; "Astronomía Inka", Erwin Salazar Garcés, Editorial Museo Andrés del Castillo; “Historia del Tahuantinsuyu”, Rostworowski de Diez Canseco, Maria, Instituto de Estudios Peruanos; “Los mitos y sus tiempos”, Luis Millones y Alfredo Lopez Austin, Editorial Era; “Observadores del Cielo”, Anthony F. Aveni, Editorial Fondo de Cultura Económica.

domingo, 1 de enero de 2023

Los pueblos de barro


I. Mesoamérica

El surgir de la técnica del barro se encuentra estrechamente relacionado con el inicio de la agricultura y el asentamiento de los grupos humanos en poblaciones estables. Al comienzo las piezas elaboradas en arcilla fueron utensilios simples pero conjuntamente con el desarrollo cultural de los pueblos que las producían se fueron perfeccionando hasta alcanzar un gran refinamiento, logrando representar en ellas su original concepción del cosmos.         

Detalle de una vasija-esfinge zapoteca ©DLeynaud
Colección Museo Amparo, Puebla, México 
 

Una evolución histórica

Desde comienzos del holoceno -hace unos 9000 años- como consecuencia de los notables cambios geológicos ocurridos en la era pos glaciar, los grupos humanos preexistentes de recolectores, cazadores y pescadores que habitaban el continente americano enfrentaron una drástica alteración en sus hábitos de subsistencia. Esto fue producto de una merma sustancial en la disponibilidad de frutos comestibles en los bosques y la reducción, e incluso extinción, de las hasta entonces abundantes manadas que componían su principal fuente nutricional. Los mencionados cambios se evidencian en el notable incremento de la temperatura global y el nivel de los océanos, así como por un intenso y prolongado período de actividad volcánica (de aproximadamente dos milenios de duración), que produjo grandes alteraciones orográficas y atmosféricas, cuyo epicentro estuvo en las diversas zonas del planeta conocidas como cinturones de fuego. En América Central dicha actividad se produjo de manera particularmente intensa en el área adyacente al Cordón neovolcánico transversal de México, la Sierra Madre de Guatemala y el Arco volcánico centroamericano. Debido a su incidencia sobre las principales cuencas hídricas y lacustres de la región que hoy llamamos mesoamérica, dichos eventos motivaron que el espacio vital que habitaban aquellos grupos seminómadas se viera profundamente afectado. Sin embargo, los humanos no cesaron de migrar en búsqueda de zonas favorables para la supervivencia, efectuando asentamientos temporales durante los que experimentaron cultivos que, aunque muy elementales, propiciaron la dispersión de diversas especies generando lentamente su adaptación a nuevos territorios. Las novedosas condiciones climáticas y de composición química de los suelos alteraron el desarrollo de las variedades transplantadas y comenzó a gestarse en ellas una transición genética, que se completará siglos mas tarde a través de mecanismos de adaptación dirigidos por la mano del hombre, que en el afán de obtener rasgos apetecibles para su consumo alimenticio, seleccionó semillas, acondicionó sementeras y cuidó de los brotes, logrando con el paso del tiempo la domesticación de diversas especies.


El hombre logró la reproducción de gran cantidad de plantas de acuerdo a sus necesidades y en condiciones adaptadas por sus manos, especies que no hubieran logrado sobrevivir ni regenerarse por sí mismas sin aquella intervención.


Dicha evolución histórica, que no fue inmediata, se llamó agricultura y trajo emparentada una serie de avances tecnológicos notables, expresados principalmente en la invención de elementos para laborar la tierra, artefactos de pedernal y una gama de utensilios de arcilla para el uso cotidiano que beneficiaron la distribución y la economía de los alimentos; comienza entonces la organización de los primeros poblados y se observa un sostenido incremento demográfico. Se empieza a configurar un orden colectivo que, con el devenir de los siglos, culminaría en las grandes civilizaciones surgidas en la antigüedad. Mesoamérica fue una de las dos grandes áreas culturales del continente americano, la otra fue la región Andina, y en ambas el proceso civilizatorio floreció de manera original, es decir con medios exentos de cualquier influencia cultural foránea.


El significado de "área cultural"   

Cuando hablamos de "mesoamérica" nos referimos a un concepto propuesto por Paul Kirchhoff a mediados del siglo XX, que si bien llevó a replanteos y modificaciones posteriores continúa siendo útil para describir una gran área cultural, sumamente contrastada por la diversidad de ecosistemas que la comprendía y cuyo límite territorial sufrió algunas variaciones a través del tiempo, pero que puede ser delimitado entre el trópico de Cáncer al norte y los lagos de Nicaragua al sur. Los diversos grupos étnicos que poblaron esta extensa región llegaron para asentarse en ella en diferentes épocas y hablaban decenas de lenguas distintas pero, sin embargo, lograron entablar una estrecha relación entre sí mediante una entramada y compleja red de intercambios. Los principales rasgos comunes dentro de la larga lista compartida por estos pueblos fueron, además de la elaboración de objetos cerámicos, la utilización de un calendario, el cultivo de la milpa y el proceso de nixtamalización del maíz.

Sin embargo, muchos años antes de la definición propuesta por Paul Kirchhoff, y como un primer antecedente, el dominico fray Bartolomé de Las Casas notó, durante su estancia como obispo de Chiapa y Guatemala (1544), que había entre todos los pueblos de la región una gran similitud de costumbres: "Toda esta tierra (Guatemala), con la que propiamente se dice de la Nueva España, debía tener una religión y una manera de dioses, poco más o menos común, extendiéndose hasta las provincias de Nicaragua y Honduras, y volviendo hasta la de Xalisco, y que llegaba según creo hasta las provincias de Colima y Michoacán". Así lo expresó demostrando un agudo sentido de observación, orientado particularmente al aspecto religioso de los grupos humanos.  

                                                                         
Mesoamerica ©wiki

Como punto de partida configurativo de mesoamérica debemos ubicarnos en el inicio del período histórico conocido como formativo temprano (2500 a.C.). A partir de entonces se establecen las primeras poblaciones, los productos agrícolas pasan a ser el sustento primordial de la alimentación comunitaria y se confeccionan objetos en barro y otras tecnologías. Se establece una comunidad compleja cuyo gobernante es un individuo de alto prestigio dentro del grupo social. Mesoamerica concluye su desarrollo cultural independiente cuatro mil años mas tarde luego de una enorme evolución y con la llegada de los europeos, momento en que se pone fin a su autonomía.


El sistema de "milpa", factor cohesivo del grupo social        

La milpa es un sistema agrícola poliproductivo que incluye a gran cantidad de las especies vegetales domesticadas por el hombre, entre las que se encuentran la calabaza, el tomate, el maíz, el chile, el guaje y el frijol, y cuya asociación dentro del espacio de cultivo resulta beneficiosa para el desarrollo de todo el conjunto. Se indica que los antiguos agricultores mesoamericanos lograron, en el transcurso de varios milenios, domesticar con fines alimenticios mas de un centenar de especies. El sistema de milpa se nutría principalmente de agua de temporal (por régimen de lluvias) en prácticamente toda el área ubicada al sur del trópico de Cáncer, haciendo uso de las posibilidades de regadío por medio de canales de distribución (o apantles) en las zonas donde existían recursos hídricos que lo permitieran, así como de los humedales o bajos. Por su parte las chinampas y los campos drenados fueron también importantes métodos de acondicionamiento de los terrenos de cultivo. El sistema de milpa aprovecha, además, a toda la variedad de plantas que brotan de manera silvestre en el entorno de intervención, conocidas con el nombre de quelites, entre las que se hallan las verdolagas, los berros, el epazote, el amaranto silvestre o quintonil, las chías, el huauzontle, los nabos, los romeritos y la hierbamora, e incorpora a los árboles y arbustos autóctonos de cada región como proveedores de fibras, semillas y frutos, así como a las agaváceas (magueyes y nopales). Es importante añadir que además de la milpa en mesoamérica se desarrollaban otros tipos de intervenciones agrícolas, siendo pertinente mencionar a los huertos de cercanía de las viviendas (que involucraban diversas especies de plantas y de animales para consumo doméstico) y a los terrenos de monocultivo (que por lo general se encontraban alejados de los poblados y eran intervenidos mediante trabajo comunitario o tequio), entre estos últimos se encuentran los campos de maguey y los plantíos de especies perennes como el cacao (árbol que no es originario de mesoamérica pero que se cultivaba en la región), el aguacate, los nogales, la ciruela y una gran variedad de especies frutales de zonas cálidas, como la guayaba, las anonas, los nanches, el zapote negro, el chilacayote, el xoconostle, el mamey, etc...       


Volviendo al inicio de la experiencia agrícola

Los pueblos enraízan muy profundamente su vida a la tierra, comienzan a desarrollar una serie de estrategias para resguardar los espacios productivos (que se convierten desde entonces en la base de su sustento material) y a elaborar eficientes tecnologías. Surge también en aquel momento el culto a lo femenino y se entabla una profunda relación espiritual con los ciclos generativos: la fertilidad, la vida y la muerte. Aparecen las primeras representaciones antropomorfas, en pequeñas piezas de cerámica, de figuras humanas cargadas con un enorme simbolismo de dualidad.


Figura femenina, Tlatilco, México
1000 a.c. (col. Museo Amparo)


Del utensilio al objeto complejo

Los primeros objetos confeccionados en barro fueron recipientes simples pero funcionales a las necesidades básicas del hombre, como los tecomates (jícaras) y los cajetes (cuencos). Esta innovación propició una óptima distribución de los alimentos a nivel comunitario y generó la posibilidad, mediante la utilización de vasijas mas grandes, de reservar el excedente de las cosechas y conservarlo por largo tiempo. El paulatino perfeccionamiento de los objetos de barro gracias al desarrollo de la técnica cerámica significó un paso muy importante en la calidad de los productos, así como una evolución superlativa para la producción alimenticia ya que a partir de esta importantísima innovación se pudieron cocer los alimentos sobre el fuego en ollas que resistían una prolongada exposición al calor.


Tecomate ©MNA
                                                                             

Técnica 

Moldear una vasija con barro puede parecernos a simple vista una tarea sencilla, no obstante hay un largo y engorroso proceso de fabricación detrás. El conocimiento que debió poseer un alfarero es muy amplio e incluye, en primer lugar, la búsqueda de los bancos de arcilla o barro con la calidad necesaria para producir la mejor cerámica; posteriormente a la obtención de la materia prima es indispensable saber mezclar los diferentes tipos de elementos en las cantidades correctas para lograr una masa dúctil, capaz de producir un objeto resistente y que no se quiebre durante el secado, controlar la temperatura del fuego en un horno construido al ras del suelo cuya tapa estaba hecha con tepalcates (fragmentos de cerámicas quebradas), y finalmente "curar" el material terminado. Fue por lo tanto una tecnología compleja y difícil, que como todo conocimiento humano mejoró con el transcurso de los años y la experiencia.


Plato de barro, Tikal, Guatemala
©Justin Kerr


Con el correr de los siglos la cerámica se transformó en un arte complejo y hubo pueblos que se destacaron sobre el resto por su habilidad en la elaboración de piezas de altísima calidad, para uso exclusivo de la elite y en restringido contexto ceremonial. Un ejemplo de esto son las Vasijas-esfinge zapotecas, producidas en los valles centrales de Oaxaca por artistas expertos y que fueron objetos sacralizados cuya función era netamente simbólica y ritual.

                                                                             

Vasija esfinge, valle central de Oaxaca
Colección Museo Amparo

Las vasijas-esfinge

Se han publicado numerosos estudios sobre las urnas zapotecas desde principios del siglo XX, pero, a la fecha, existe poco consenso sobre el simbolismo de las efigies y la manera en que se relacionaban con las antiguas religiones y ritos. Las primeras interpretaciones (Caso y Bernal) adoptaron la tesis de que las efigies representaban dioses. Joyce Marcus rompe este paradigma al cuestionar la existencia de deidades entre los antiguos zapotecas y sostener que las efigies representaban a los ancestros reales, ataviados en trajes sobrenaturales. Las investigaciones actuales demuestran una correlación entre la lista de nombres de las entidades del calendario zapoteca y los trajes y máscaras portados por las figuras que se muestran en las urnas (Sellen). Las series de deidades patronas desempeñan un papel central en las religiones y ritos calendarios mesoamericanos y están vinculadas de manera fehaciente con el cálculo y la adivinación del tiempo. Según Adam T. Sellen las vasijas esfinge zapotecas representan ancestros que están personificando a las deidades representadas en el antiguo calendario.


Las vasijas silbadoras

Las vasijas silbadoras son un tipo muy especial de instrumento musical característico de las culturas prehispánicas del continente americano, sobre todo del área Andina que fue donde se halló la mayor cantidad de estos objetos. Su singularidad radica en la forma de producir sonido a partir de un impulso hidráulico y a través de un mecanismo que no es visible desde el exterior de la vasija. Estos sofisticados instrumentos aerófonos aparecen en el registro arqueológico de mesoamérica hacia el preclásico medio, principalmente en el área central, la región de Oaxaca y la zona Maya. Son abundantes en sudamérica y como ejemplo sobresalen las producidas por la cultura Moche. 


Vasija silbadora, Tlatilco (hacia el 1000a.c.)
Colección Museo Amparo 

Los silbatos mexicas

Son pequeños instrumentos de cerámica que reproducen un sonido onomatopéyico similar al de algunos animales o al silbido del viento. Existen infinidad de silbatos de diferentes texturas sonoras y debieron ser utilizados profusamente en las celebraciones ya que se los encontró en innumerables ofrendas, tanto enteros como partidos ritualmente. A algunos de ellos se los ha llamado "silbatos de la muerte" por poseer un rostro decorativo de calavera (aunque hay otros con forma de tecolote o búho) y que según la crónica de fray Bernardino de Sahagún "eran de mal agüero porque su sonido aterrorizaba y hasta anunciaba la muerte de alguien...". 

Aerófonos ©MNA

Por otra parte, un par de silbatos con rostro de calavera se han rescatado de las manos de un sacrificado en un enterramiento en el templo de Ehecatl-Quetzalcoatl, en Tlatelolco (Ciudad de México). Se ha asociado su particular sonido al del viento y las corrientes de aire, a las que Ehecatl representaba. Un dato curioso es que ni en Tlatelolco ni en su hermana gemela Tenochtitlan hubo bancos de barro ni madera para hornear objetos de cerámica, por lo tanto la procedencia de estas y muchas otras piezas de la cultura mexica es foránea.


La cerámica de la antigüedad no era un objeto ornamental

Para las elites de las altas culturas del pasado -en cuyos centros de poder o ciudades un grupo de artesanos especializados, a veces llegados de los puntos más distantes de la tierra conquistada, elaboraban en cerámica artefactos cargados de profundo simbolismo-, estos objetos no representaron "lujo" tal y como se entiende en la actualidad. Fueron piezas sacralizadas, cargadas de misticismo. Estas piezas no se exhibían al público, ni siquiera para unos pocos individuos en los espacios privados de los grandes palacios Mayas o Zapotecas. Eran conservados y manipulados por reyes y sacerdotes que de manera reservada los depositaban en ofrendas acompañando una súplica reverente a las deidades, el fasto por la inauguración de un templo tanto así como a dignatarios del mas alto rango en su viaje al más allá. En dichos contextos es que debemos considerar y entender a estos objetos, que hoy admiramos en las vitrinas de importantes museos pero alejados de su ámbito primordial: me refiero a las ofrendas e inhumaciones de las que muchos cientos de años después los arqueólogos recuperaron algunas de las elaboraciónes más significativas y veneradas por aquellas sociedades.             


Vasija "cacaotera" de Río Azul, Guatemala
©MUNAE


Las vasijas cacaoteras

Una muy bella e interesante pieza por el contexto del hallazgo y su significado para el estudio de las culturas antiguas es esta vasija de cerámica del periodo clásico hallada en Río Azul, Guatemala.  Esta ciudad maya se ubica en el ángulo nordeste del actual departamento del Petén, en una cuña selvática de las tierras bajas centrales que limita al norte con México y al este con Belize. La mayor ocupación del sitio se produjo durante el clásico temprano (250-600 d.c.) pero pudo estar habitado desde tiempos Olmecas. Río Azul fue, como Tikal, una ciudad que desarrolló un gran conocimiento de manejo hidráulico e irrigación por medio de canales. Se han registrado en el área más de 700 construcciones entre recintos y estructuras, lo que ratifica su importancia en la antigüedad. Paradójicamente la "fama" fue contraproducente para el sitio ya que a medida que se fueron descubriendo construcciones intactas bajo la selva se produjo una invasión de saqueadores (huaqueros dirían en Perú) que desde la actividad clandestina o bajo ribetes de investigación han expoliado descaradamente el sitio y fugando las piezas halladas al extranjero, siendo un botín muy apetecido por los coleccionistas. Otro lamentable suceso producto de la falta de vigilancia es que un turismo depredador ha hecho estragos en las estructuras reabriendo imprudentemente tumbas clausuradas por los arqueólogos, lo que motivó el deterioro de una parte significativa de los frescos de las bóvedas. Así y todo se pudieron rescatar importantes secretos ocultos en el sitio, como los de la tumba 19. En ella se encontraron intactos en el año 1986 varios vasos, platos, ollas con tapa, los restos de un cuerpo humano y una pieza conocida como "cacaotera", en cuyo interior se hallaron remanentes fosilizados de teobromina (un alcaloide del cacao). El recipiente lleva en su parte superior un asa para ser cargado y posee una muy singular tapa de rosca para preservar de manera eficiente el contenido. Es una pieza policroma perfectamente conservada en la que se utilizó el azul maya (yax) y el marrón anaranjado para el esmalte, y que fue decorada con manchas globulares y líneas negras en el diseño de los glifos, los que poseen la característica de estar grabados sobre círculos de estuco adheridos al contorno del cuerpo y de la tapa. La base de la vasija es redonda y esta se apoya sobre un soporte circular parecido a una gran "orejera" para que se mantenga firme. La palabra "Kakaw" o "Cacao" es, según los lingüistas, de origen mixe-zoqueano, lengua que hablaba el pueblo Olmeca e influyó en época muy temprana en el idioma maya de las tierras bajas. En la tapa encontramos inscripta una dedicación en antiguo maya chol: yuk'ib' ta witik kakaw ta koxom mul kakaw "...su bebedero para contener (...) fresca bebida de cacao".