domingo, 22 de mayo de 2022

Territorio encendido


Cañón del Apurimac ©DLeynaud

Paisaje

Árboles de este tiempo, verdes, 
Blancas colinas de La Mar,
Nada importa ni los árboles cantados.
En un bosque, oloroso, yacen los que ya no
Mientras nosotros consumimos sus fúnebres cigarros.

Olivos del amor, ¿Que ha sucedido?
Nace la alegría de tu boca 
Rodeándonos como el agua en los huertos de Huamanga

¿Qué ha sucedido? Sauces de la infancia
Dormidos nuevamente bajo el sol.
¿Qué cosa, generosos nísperos, ha sucedido?
Inolvidables árboles de mi vida.
Repito vuestros nombres y la boca se me llena de vidrio.
Una culpable felicidad traspasa mi memoria
Como un puñal de seda.
Ciegos y hermosos fuimos entre las verdes hojas,
Igual que una sonrisa.
¿Qué ha sucedido que no tengo ojos? 
Cielos que no me colmen de una atroz hermosura.

Muy pronto no habrá nadie, sino el atardecer
Como un árbol quemado, y no ustedes
Vivirán a su sombra, bien lo sé.
Vive de todo esto, la poesía, 
En cuya hoguera, nada es, si no quema.
Nada importan los árboles callados, las preguntas.
El viento nos despeina todavía. 
Solamente por ellos, por ustedes, 
Por la tierra, los árboles,
Y acaso, amor, por ti,
Descabellado sueño, hace tiempo soñado.



                                    César Calvo (Poemario)



   Nosotros no hemos muerto jamás entre los pinos

En el Cusco, la piedra donde antaño nacían los violentos arcoiris, el tiempo de los héroes son diez huellas pequeñas en el borde de un pozo. Cayó aqui Sinchi Roca, Hijo del Sol matado por sus manos. Fueran ojos mis ojos si miraran, pero nada es memoria. Piedra sola partida por un rayo, sino este musgo negro, estas víboras mansas. 

Los compañeros en cambio, con los ojos abiertos al peligro, soñaban más que nunca.Y ahora entre estas tumbas que son nuestras, las que ellos predijeron no serán encontradas jamás, ninguna piedra es señal de su paso, ni un arcoiris de humo se levanta, la soga del ahorcado no logró sostenernos. Nuestro heroísmo terminó con un palmo de narices en tierra, al pie del árbol que buscamos entonces bajo la luna del siguiente día en las escalinatas de Ollantaytambo, tocando piedras muertas hace siglos, oyendo el viento negro de los lagos helados. No hay silencio posible, no hay olvido y nada encontraremos sino muros, más allá de estos muros, acaso alguna roca de cristal, semejante a nuestro amor, que suene inútilmente. Los compañeros ya jadeantes, nunca. 

Nosotros compartimos otro vaso y el silencio es el mismo, no hay olvido, el rumor de los lagos nos lleva. Según se sabe Pedro agonizó tres noches, aún veía cuando los compañeros ya no tenían ojos a causa de los buitres. Él pudo recordar, oir su infancia, una casa cubierta por las olas, mientras un pico negro le buscaba el corazón. Cuando dejaremos de huir y de esperar. De todo lo que amamos solo queda la Piedra de Sinchi Roca y la desconocida Puerta de los Hermanos que entraron a la tierra. 

Nosotros no hemos muerto jamás entre los pinos, nos hallamos tendidos bajo el follaje inmóvil y respiramos todavía esta inútil frescura. No hay olvido, mientras nos decidimos a volver a su encuentro.



                               Cesar Calvo (Poesía en el Cusco)



A orillas del Drawa, alguna vez

Era entonces la vida como una 
jarcia al viento, en los altos establos o en la noche  
el día de tus aguas rodeaba mi corazón, 
y sobre ágiles campos de cebada, tú, 
cómplice de mi infancia, Drawa de labios húmedos,
inventabas los juegos y los cantos.
Todo nacía de tu mano azul, todo volaba
oh río de ojos claros, como claro milagro.

Detenerte no puedo en esos años, cuando
el amable invierno te extendía como una blanca súplica
limosnero de mis pies y las estrellas
infatigable y luminoso y cálido, duende bueno 
girando en mi alegría bajo los pinos enjoyados 
como esqueletos de astros; o en el granero, tú y yo,
recostados, prohibidos en el heno, hasta que las agujas de los gallos 
asediaban mis ojos, y el sol se incorporaba 
como un convaleciente entre tus brazos, brazos de 
invierno amable, pecho cándido, prestidigitador 
omnipotente: entre tus verdes brazos que 
no pudieron tampoco retener esos años, retenerme.

Negra y sedienta hoguera de la memoria en torno 
a la cual danzan niños de ojos quemados,
crece hoy en tu lugar sobre las ruinas del invierno.
¡Cómplice de mis cantos, Drawa de labios húmedos,
oh río de ojos claros como un claro milagro,
ninguna huella dejan mis pies al recordarte:
al igual que tus aguas, el blanco tiempo del amor, 
la infancia, se evaporó en los ojos de aquel negro verano!


                             Cesar Calvo (El último poema…)

                                                                         

Piedra sola, Pumamarca, Cusco ©DLeynaud


domingo, 24 de abril de 2022

La memoria es fuego



"Death and Rebirth of the Haight", 12/17/66 parade ©Diggers Archive

                             

Por Paula Pico Estrada

“Ser un ciudadano es como estar sentado en la butaca de un cine, mirando coger a las estrellas e imaginándose que es uno el que lo está haciendo. Con la entrada uno paga por abarrotarse de tanto caramelo cerebral como para olvidar que pasa sus días cargando cubiertas en la fábrica de Goodyear o embolsando tampones para Safeway.” 

Después de haber leído "Sleeping where I fall" (literalmente, “Durmiéndome donde caiga”), el libro de memorias que publicó en Estados Unidos hace unos meses, queda claro que Peter Coyote se las ha arreglado para no formar nunca parte de esa platea, literal o figurativa. Militante político de izquierdas, músico, funcionario cultural y modelo publicitario, hasta ahora era conocido aquí y allá a través de su faceta más promocionada, la de actor. 

En 1982 se lo vio pasear entre las sombras como el ominoso (y finalmente compasivo) científico en "E.T." (Steven Spielberg). En "Al filo de la sospecha" (Richard Marquand, 1985) era el torvo fiscal que quería incriminar a Jeff Bridges por el asesinato de su millonaria mujer y, de paso, desacreditar a Glenn Close, la enamoradiza abogada del sospechoso: sorpresa, el fiscal tenía razón. En "Perversa luna de hiel" (Roman Polanski, 1992), atormentaba desde una silla de ruedas al cohibido petimetre Hugh Grant con el relato de sus intimidades matrimoniales: contra todas las expectativas, las maldades a las que había sometido a su joven mujer se convierten en naderías comparadas con la venganza de ella. ¿Por qué será que apenas aparece Peter Coyote uno cree haber descubierto al villano de la película? A veces no se equivoca: en "Kika" (Pedro Almodóvar, 1993) era un pérfido e hilarante asesino serial. Pero muchos de los papeles que ha interpretado Coyote en las casi sesenta películas que filmó tienden a alinearlo del lado de la ley. Y, aun en esos casos, su jopo torcido, la inteligencia de su mirada azul y la sonrisa que disloca sus fauces convierten la presencia cinematográfica de Peter Coyote en la contracara de un héroe convencional. 

Que Coyote represente en pantalla la versión alternativa del héroe americano se corresponde con los quince años de su vida que cuenta en Sleeping Where I Fall, durante los cuales fue uno de los más efectivos agentes de la contracara del sueño americano. Nacido en octubre de 1941, Coyote es un miembro activo de la generación que recogió el guante beat y, en los años 60, adoptó como propia la tarea de volver a crear desde sus fundamentos la cultura de Estados Unidos. Si desde el lado oficial del espejo la libertad era entendida como la mera posibilidad de elegir entre un producto u otro, para la contracultura fue la posibilidad de dar la espalda al materialismo de la sociedad de mercado y oponerse a la interferencia del Estado capitalista en el bienestar de la mayoría. Si el concepto de verdad se había convertido en una medida abstracta que podía ser utilizada como herramienta en cualquier caza de brujas, para la contracultura implicó la búsqueda a toda costa de la autenticidad personal, incluso en los terrenos más ásperos. “Nuestra expectativa era que América cumpliera sus promesas... y pretendíamos provocarla hasta que lo hiciese”. Sleeping Where I Fall se propone contar, a lo largo de trescientas cincuenta páginas de escritura rica y apasionada, los quince años que Peter Coyote y un grupo de la Costa Oeste de Estados Unidos dedicaron a la búsqueda de esa libertad sin límites, y termina siendo un honesto análisis, vitalizado por el sentido del humor, de los resultados y las asignaturas pendientes de la contracultura.

El juguete rabioso

Coyote creció en Nueva Jersey como un niño rico, hijo de padres que, políticamente, eran lo que en Estados Unidos se llama liberals: progresistas que esperan que el orden social se transforme gradualmente mediante la profundización de los principios democráticos. Ruth Fidler, la madre, militaba por los derechos civiles desde la década del 40; Morris Cohon, el padre, era un genio de los números que, mientras hacía fortuna trabajando de sol a sol, no abandonaba la crítica aguda a las políticas racistas del gobierno. Pero “nunca se le ocurrió cambiar las raíces de un sistema que, después de todo, había sido económicamente bueno para él”. Esta era la dicotomía progresista entre pensamiento y acción que, según Coyote, encarnaba su familia: predicar (y/o practicar) la generosidad hacia otros mientras se defendían los propios privilegios. Morris Cohon era un hombre inteligente y enérgico, capaz de noquear a Hemingway en un gimnasio, desbaratar encuentros de filonazis con un bate de béisbol o anular un negocio de millones de dólares saltando a la garganta de su socio en ciernes porque había hecho un comentario antisemita. Pese a tal singularidad, todas sus posibilidades de imaginar una vida diferente fueron, según su hijo, “cooptadas y encuadradas, como las de un excelente boxeador cuyos triunfos enriquecen a su patrón”. Americano de primera generación, el padre de Coyote buscó aliviar su sensación de desplazamiento con los sedantes que le ofrecía el sistema. Sus esfuerzos para adquirirlos sólo contribuyeron, como los de tantos otros, a fortalecer ese mismo sistema que estaba en el origen de la sensación de desplazamiento.

La educación sentimental

Cuando el veinteañero hijo de Morris estudiaba literatura en San Francisco, en 1965, dio con la apoyatura teórica que necesitaban sus intuiciones y la posibilidad de traducir sus creencias a la acción. Nada le costó dejar los estudios e ingresar en la San Francisco Mime Troupe, una compañía callejera de teatro político que había recuperado los personajes y las técnicas de la Commedia Dell’Arte para ponerlos al servicio de la crítica al sistema. Durante dos años Coyote y sus compañeros fueron arrestados por actuar en las calles sin permiso, por “conducta lasciva” y, durante una gira en Canadá, por posesión de marihuana (la policía alegó haber encontrado una semilla de cannabis en el bolsillo de uno de los miembros). A fines de 1967 la Troupe llegó a Nueva York, luego de actuar en las universidades más prestigiosas de la Costa Este, con una farsa de Goldoni reescrita por Coyote y Peter Berg y ganaron inesperadamente un OBIE, premio off-Broadway que entrega el Village Voice. Coyote sintió entonces que el proyecto perdía sus aristas: “Si la sociedad que estábamos criticando nos condecoraba, ¿cuán efectivo era el teatro como vehículo para la transformación social?”. La idea, inspirada por la teoría brechtiana de hacer reflexionar al público sobre problemas morales y sociales se volvía ilusoria en la medida en que el teatro era absorbido por el sistema, convertido en entretenimiento premiado por la crítica. Si el público pagaba su entrada, el acontecimiento teatral no podía ser nunca una amenaza para los valores establecidos: al consumidor que no le gustaba el producto le bastaba con levantarse de la sala en medio de la función. “Nada que hiciese nido en el contexto del intercambio económico podía desafiar las formas y relaciones implícitas de proveedor y consumidor”, dice Coyote en su libro. Ese era precisamente el punto de vista de los Diggers, un experimento anarquista de San Francisco, inspirado en una revuelta social inglesa del siglo XVII, al que Coyote se unió cuando dejó la Mime Troupe.

Walking on Haight St.1967 ©Ruth-Marion Baruch

El dinero quema

Para el fundador de los Diggers, Emmett Grogan (leyenda de la contracultura a quien Bob Dylan dedicó su álbum Street Legal), la libertad consistía, antes que nada, en liberar la propia imaginación de todo supuesto economicista y, sólo después, vivir según la autenticidad personal y la fidelidad a las directivas e impulsos internos. Conscientes de su pertenencia a la sociedad de mercado los Diggers se impusieron dos cometidos para evitar que su propia imaginación estuviese regida por creencias culturales: el anonimato (o “libertad de la fama”) y la libertad del dinero. Los Diggers no aceptaban ni dinero ni reconocimiento a cambio de los eventos “libres” que hacían (free, en inglés, significa “gratis” y “libre”). En sus “tiendas libres” imprimían afiches con proclamas, organizaban fiestas públicas durante los solsticios y equinoccios, hacían ollas populares y permitían que cualquiera pudiera llevarse (o traer) objetos de todo tipo. Conectadas con la resistencia antibelicista, las tiendas libres eran también el lugar donde aquellos que abandonaban el ejército en señal de protesta contra la guerra de Vietnam podían dejar el uniforme y llevarse ropa civil. El corazón del asunto era presentar la libertad como una posibilidad real, no como un mero mensaje: no había un sistema al que echarle la culpa si uno decidía instalarse al margen de lo que ofrecía el sistema. Los Diggers no eran amables hippies en camisón que sobrevivían vendiendo artesanías: eran una compleja confederación que incluía heroinómanos (Coyote se inyectó durante quince años, y uno de sus camaradas habituales de droga era Gregory Corso), artistas, ladrones y activistas (una excursión de Coyote y Emmett Grogan a Nueva York, por ejemplo, resultó en un encuentro pacificador entre la policía y una pandilla portorriqueña). Los Diggers andaban armados y su determinación de vivir sin dinero implicaba malabarismos para no perder prestigio (aunque se suponía que habían renunciado a todo prestigio): los mecenas debían ser “amigos muy íntimos, dispuestos a arriesgarse con nosotros”. Dennis Hopper entraba en esa categoría: “Una distinción que le debe haber parecido dudosamente beneficiosa”, dice Coyote, y recuerda que Hopper perdió definitivamente una esposa después de que ella encontrara a Grogan, Coyote y un Hell’s Angel diluyendo heroína en el living de su casa. Ese mismo Hell’s Angel, llamado Sweet William, escuchó en una de esas tertulias a Hopper y Peter Fonda hablar de cine y les dijo: “¿Saben qué haría yo? Una película acerca de mí y algún amigo, recorriendo el país en moto. Nada más. Mostrarle a la gente cómo son las cosas”. Según Coyote, lo que hicieron Fonda y Hopper con "Busco mi destino" no sólo fue robar una idea de los Diggers sino ofrecer una tranquilizadora imagen “oficial” de la contracultura, “como si estuviese conformada por monjes franciscanos que fumaban un poco de hierba y se vestían raro”. La muerte final de los protagonistas era un mensaje inequívoco: “El precio de ser libre es la muerte. Así que, si no quieren morir, chicos y chicas, quédense en casa”.                                                      

El fracaso comunitario 

La súbita popularidad de San Francisco después del Human Be-In,   el multitudinario evento que llevó a la prensa a proclamar “el advenimiento de la contracultura”, dio un nuevo envión al peregrinaje de Coyote en pos de formas cada vez más puras --y más duras-- de libertad. Mientras San Francisco se llenaba de aspirantes a hippies, Coyote se plegó a la migración de los Diggers (luego de una manifestación en que recorrieron Haight Street con un ataúd negro donde se leía: “Hippie, hijo de los medios”), fundando una serie de comunas con la esperanza de convertirlas en redes de apoyo: “Parecía la única cosa digna de hacer con mi vida. La realidad, sin embargo, estuvo llena de contradicciones y dificultades”. Pese a todo, esta realidad duró siete años, durante los cuales Coyote cruzó una y otra vez Estados Unidos con su Caravana de la Familia Libre, usando como bases las comunidades de Olema (en la Costa Oeste) y la de Turkey Ridge (en la Costa Este). El propósito de estos viajes en comuna era crear encuentros y alianzas políticas entre gente que buscaba lo mismo pero no se conocía entre sí.                                                         

Turkey Ridge ©P.Coyote
   

Hacia 1974 la propiedad en que vivía la comuna en Turkey Ridge (perteneciente a la madre de Coyote) fue puesta en venta, los chicos crecían y sus necesidades de educación y crianza ya no podían ser abastecidas por el grupo y los amoríos del propio Coyote con las mujeres del clan dispararon una serie de eventos que finalmente disolvió la comuna (el amor libre tampoco era fácil). 

En 1975 volvió a San Francisco, a enseñar teatro en escuelas de los ghettos. Su amigo, el poeta beat Gary Snyder, obtuvo ese año el premio Pulitzer y el entonces gobernador de California (el demócrata Jerry Brown) lo nombró presidente del nuevo Consejo de las Artes. Snyder convocó a Coyote como miembro, y allí se quedó Peter hasta 1983. Después de haber intentado modificar las reglas desde afuera, se le presentaba la posibilidad de pelear desde adentro. Coyote fue presidente del Consejo durante tres de esos ocho años. Durante ese período redujo los gastos un 30 por ciento (los más bajos de todo el estado de California), logró que el presupuesto asignado creciera de un millón de dólares anual a catorce millones e implementó diferentes programas que hicieron descender los índices de vandalismo y ausentismo en las escuelas.

Mientras tanto, seguía actuando. En 1980, después de haberlo visto protagonizar con el San Francisco Magic Theater la obra True West de Sam Shepard, un agente de Hollywood le ofreció representarlo. Coyote tenía casi cuarenta años, una edad inverosímil para empezar una carrera en el cine. Precisamente en ese punto termina Sleeping where I fall: tal como había anunciado desde las primeras páginas, Coyote se proponía escribir un libro con intenciones puramente políticas. La única excepción a ese propósito es una suerte de epílogo instalado incongruentemente al principio del libro, donde Coyote cuenta la fiesta de casamiento de Whoopy Goldberg y un gremialista; en esas breves páginas acumula nombres célebres y semicélebres sin ton ni son, desde Steven Spielberg a Quincy Jones, pasando por el músico David Crosby, el modisto Nino Cerruti (para cuya firma Coyote modeló en París durante un año) y el actor de la serie televisiva "LA Law" Harry Hamlin (a quien Coyote confunde con Peter Gallagher al saludarlo). La excusa parece ser que esa boda significó, para él, una suerte de cruce entre su vieja vida combativa y su presente cinematográfico, pero el tono gruñón más bien sugiere que se trata de una imposición de sus editores para satisfacer el afán de cholulismo de potenciales lectores. En uno u otro caso el efecto es poco afortunado: quien se interese por lo que sigue apenas resistirá esa introducción, y el que crea que a vuelta de hoja lo espera más glamour hollywoodense se encontrará espantado con una historia capaz de friccionar la hegemónica voz que hoy nos dice que tanto la historia como los grandes relatos han muerto.

"Olemaloke" (The Coyote Valley), Marin County 
San Francisco, California ©P.Coyote