Los estudios recientes han permitido corroborar la hipótesis anterior. La evidencia se obtuvo luego de analizar en laboratorio el contenido de un conjunto de botellas de tipo asa estribo halladas en el sitio arqueológico de Santa Ana-La Florida, ubicado en el cantón Palanda de la provincia de Zamora Chinchipe, sureste de Ecuador.
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| Chacchador ©MNAE |
Concluido el estudio en laboratorio de los recipientes hallados en Santa Ana-La Florida, estos revelaron contener granos microscópicos de almidón de cacao y restos de theobromina (un alcaloide presente en las semillas maduras de aquel fruto); almidón de maíz proveniente de una bebida elaborada con semillas de dicho cereal, probablemente chicha, y almidón de yuca derivado de otra bebida producida por fermentación, en este caso de las raíces del arbusto homónimo, conocida como masato. El test de ADN demostró que el material genético encontrado en la botella que contenía restos de cacao es compatible con el de los actuales árboles productores de la cuenca alta del río Chinchipe. De acuerdo con las pruebas de carbono14 y las secuencias de ADN obtenidas se constata que las especies de cacao domesticadas en la Alta Amazonía vienen siendo utilizadas por el hombre desde hace al menos 5500 años en alimentos y bebidas.
En el contexto de los trabajos de campo se recogieron gran cantidad de muestras cuyo posterior análisis permitió documentar de manera precisa a las principales especies botánicas domesticadas, hace más de cinco milenios, en las chacras de producción agrícola de la selva alta ecuatoriana, el grupo incluye: Yuca, Maní, Llerén, Ñame, Papa China, Camote, Achira, Ají, Frejol, Maíz, Coca y Ayahuasca.
Esto es muy importante porque ratifica la esmerada labor material llevada a cabo por el hombre de la selva en el acondicionamiento de terrenos (chacras) donde se sembró una gran variedad de plantas cuya coexistencia simbiótica en el espacio de cultivo (como se logró en la milpa mesoamericana) beneficiaba a todo el conjunto productivo, dando como resultado alimentos y medicinas de primer orden que con el paso del tiempo llegaron a abastecer no solo a las comunidades locales sino a otras más alejadas de la costa y de la sierra.
Muchos siglos después, un nuevo dios y esclavitud
El conocimiento de las tribus que habitaban la región occidental de la Amazonía se dio a los europeos de manera temprana merced a las descripciones hechas por los misioneros jesuitas que ingresaron a la selva utilizando las antiguas vías de comunicación de los pueblos originarios. Estos caminos ancestrales fueron bien trazados por los nativos, que transitaban por ellos de un lado al otro de la cordillera para intercambiar productos de los diversos pisos ecológicos. Desde mediados del siglo XVII se realizaron abundantes registros escritos y mapas de las rutas que tomaron los misioneros para internarse en la selva con el fin de cristianizar a los grupos de indígenas Bracamoros, denominación que por entonces se les daba a las diversas etnias que poblaban las márgenes fluviales de la cuenca del alto Marañón.
Con posterioridad a los sosegados misioneros, recios colonos buscadores de riqueza ingresaron armados a la Alta Amazonía, ejecutando cruel y metódicamente el exterminio de los indígenas no reducidos por los jesuitas, a quienes consideraban bárbaros. El saqueo de poblados, la agresión sexual a las mujeres, las matanzas y la sujeción a esclavitud de los varones -se los sometía para obligarlos a realizar trabajos en los lavaderos de oro del río Chinchipe- fue un accionar común, llevado adelante durante años por los invasores con la complicidad de algunos misioneros, que colaboraron delatando el paradero de los nativos insumisos al evangelio. Esto obligó a los grupos de Bracamoros (antepasados de los actuales Shuar, Achuar y Awajún o Agua Runa), a replegarse hacia lo profundo de la selva baja para sobrevivir. Cabe agregar que los mencionados lavaderos no fueron un descubrimiento particular de los colonos, ya que desde época prehispánica los poderosos señores de la sierra enviaban a la zona (ver detalle en el mapa) a grupos de mitmaqkuna con el fin de obtener metales, cuya mayor parte era utilizada para elaborar aplicaciones de vestidos, adornos y tocados.
El viejo mundo observa la Amazonía
En 1735, el geógrafo y naturalista francés Charles Marie de La Condamine fue nombrado director de una expedición enviada por la Academia de Ciencias Francesa a la Real Audiencia de Quito para medir el punto de curvatura de la tierra y poner fin de ese modo a un dilema científico que inquietaba a matemáticos y geodestas desde hacía más de un siglo. Una vez finalizada la labor, La Condamine aprovechó su presencia en el altiplano quiteño para organizar, por su cuenta, una expedición al Amazonas con fines de investigación. Partió de la ciudad de Loja por los caminos ancestrales de los pueblos originarios y al igual que los misioneros descendió a la selva, pasando cerca de Palanda, para acceder a la quebrada del alto Chinchipe y seguir a lomo de mula su cauce hasta un poco antes de la confluencia con el Marañón; aquí la expedición se embarcó y continuó por agua hasta el Amazonas, vía fluvial por la que navegaría hasta llegar a su desembocadura en el océano Atlántico. En el camino tomó detalladas notas botánicas y registros cartográficos del entorno en el que se encontraba sumergido, describiendo a los grupos indígenas que encontró durante el recorrido y sorprendiéndose por la actitud abierta y receptiva de casi todos ellos frente a la llegada de la expedición. De regreso a Europa sus investigaciones generaron interés no solo en el ámbito académico sino también en el de financistas y comerciantes interesados en el tráfico de especies, en particular de cacao, a la sazón un producto muy demandado en el viejo continente y cuya comercialización era monopolizada por la corona española, que realizaba su distribución ultramarina desde el puerto de Guayaquil.
Un investigador avezado de las culturas andinas
Es interesante mencionar, entre las tesis presentadas sobre el origen de las culturas andinas, a la de Julio César Tello, arqueólogo peruano que durante la primer mitad del siglo XX llevó adelante trabajos en sitios de la sierra de Ancash, la península de Paracas, el valle del río Nasca, la costa Mochica, el altiplano de Puno, el Cusco, etc.. Tello planteó en su tesis que la población de los Andes Centrales se originó merced a la influencia migratoria de grupos amazónicos que, en época prehistórica, ingresaron a la sierra central por los corredores de los ríos Utcubamba y Marañón, y hacia la costa del Pacífico atravesando la depresión de Huancabamba, espacio que separa geográficamente los Andes septentrionales de los Andes centrales y donde la altura de las montañas no supera los 2200 metros sobre el nivel del mar (Abra de Porculla), facilitando de este modo el tránsito hacia la costa.
A grandes rasgos su propuesta expresa que en época remota grupos primitivos de recolectores y cazadores procedentes del norte llegaron a la selva amazónica en busca de un medio mas acogedor para la subsistencia. Estos grupos discurrieron por el flanco oriental de los Andes y se instalaron en la ceja de selva (1000-1500m), un piso ecológico que por sus características naturales es muy favorable para la vida. Allí comenzaron a experimentar cultivos que con el correr del tiempo se transformaron en agricultura. Sembraron maíz, yuca, camote, frijol, maní, y se abastecieron de los árboles frutales de la región (papaya, piña, chirimoya, lúcuma, pacaé, granadilla, cacao, etc.). Utilizaron además la enorme variedad de plantas silvestres presentes hasta hoy en la farmacopea tradicional amazónica. Cabe pues un reconocimiento para el padre de la arqueología peruana.
Las investigaciones recientes
Los trabajos efectuados en el marco de este convenio fueron muchos y han puesto en evidencia cerca de 400 sitios arqueológicos con vestigios de ocupación prehispánica en el área, inventario que se llevó a cabo mediante el reconocimiento físico de las cuencas de los principales ríos: Zamora, Jamboe, Nangaritza y Mayo Chinchipe. Los hallazgos más frecuentes pertenecen a pueblos que vivieron en el territorio entre el siglo IX y la primera mitad del siglo XX, como los Bracamoros, antepasados de los actuales Awajún y Shuar. Sin embargo, los datos mas innovadores y trascendentes tienen relación con las evidencias arqueológicas correspondientes a una ocupación mucho mas temprana y que estuvo presente a lo largo de todo el eje hidrográfico Chinchipe-Marañón, área binacional cuya cuenca en la parte superior (ecuatoriana) es angosta, abrupta y húmeda, mientras que en la parte media y baja (Perú) gana en amplitud y presenta un régimen de lluvias mucho más reducido.
La prospección del área ubicada en la cuenca alta del río Chinchipe permitió el hallazgo de materiales culturales no conocidos hasta entonces en ninguna otra región de Ecuador. El estudio de los objetos encontrados y su posterior datación mediante los mencionados análisis en laboratorio posibilitó el establecimiento de una nueva cultura arqueológica perteneciente al período formativo temprano -contemporánea de Caral (costa central del Perú), Valdivia II (costa ecuatoriana), Kotosh (Andes centrales del Perú)-, que ha sido denominada Complejo cultural Mayo Chinchipe-Marañón.
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