domingo, 12 de mayo de 2024

Los dioses mayas saben leer y escribir


Cuando a principios del siglo XX el investigador Paul Schellhas publicó el primer estudio sobre el panteón maya muy poco se conocía sobre las deidades que lo componían y el lenguaje jeroglífico utilizado por aquella civilización. En aquel entonces las incógnitas se multiplicaban al mismo tiempo que de lo profundo de la enmarañada selva resurgían estelas de piedra, palacios y recintos ceremoniales que revelaban el sorprendente logro material alcanzado por una cultura sumergida en el silencio durante cientos de años. Para realizar su trabajo Schellhas utilizó los tres manuscritos prehispánicos que hasta hoy se conservan en bibliotecas y museos de Europa, conocidos como códices de Desde, París y Madrid, ya que es en aquellas ciudades que se resguardan. Solo del primero de ellos existía previamente un estudio, publicado en 1880 por Ernst W. Förstemann, cuya edición estaba acompañada de una copia facsimilar -de muy alta calidad- del códice original (Dresde). Haciendo pie en aquel pequeño pero importante corpus Schellhas acometió su labor. Una vez finalizado el trabajo, que se publicó en 1904, fue capaz de describir a las principales deidades de la cultura maya, interpretar sus posibles atributos individuales e identificar la mayoría de glifos nominales asociados a cada una de ellas. Como aún era imposible "leer" sus nombres en las inscripciones, el investigador (que creía que la escritura maya era ideográfica), optó por asignarles una letra del alfabeto, comenzando por la letra "A". Creó de ese modo un sistema de denominación canónica que sigue siendo utilizado hasta el presente para el estudio, aunque hoy conozcamos con certeza el nombre de la mayoría de las deidades. Sabemos también, gracias a las investigaciones posteriores, que los códices mayas hablan de mitos cosmológicos, profecías, fórmulas simbólicas de iniciación ritual, calendarios astronómicos, tablas lunares, tablas de eclipses y ciclos del planeta Venus.


Vaso maya con la figura de un escriba
acompañado de un aprendiz


Los documentos conocidos como "códices mayas" forman parte del reducido grupo de manuscritos pictográficos prehispánicos que sobrevivieron al saqueo y la destrucción perpetrada por funcionarios virreinales y frailes (*), dicha destrucción incluyó a toda la parafernalia religiosa y objeto que se sospechara estuviera relacionado con algún tipo de idolatría de los pueblos indígenas. Estos documentos hoy se encuentran en Europa, a donde fueron llevados desde del siglo XVI como botín, entregados como obsequio a integrantes de la nobleza y altos representantes de la iglesia, o vendidos a coleccionistas particulares de obras de arte. Los extraños dibujos de guerreros armados y seres andróginos o zoomorfos con tocados, collares y máscaras exóticas despertaron desde muy temprano el interés de los investigadores del viejo mundo por aquella cultura.   

                                                                  

Itzamná emerge de las fauces del reptil Itzam Kaab Áayin
("lagarto cocodrilo de la tierra") Códice de Dresde

Un lenguaje particular y sagrado

Los pueblos de mesoamérica concebían a la escritura como un don divino, una capacidad particular que poseían las deidades para comunicarse entre si. De acuerdo al mito, cuando se creó la humanidad los dioses le otorgaron al hombre una serie de herramientas "simplificadas" para que pudiera interpretarla, en forma de elementos que se encontraban inscriptos en las estrellas y en las constelaciones, en las manchas de la piel del jaguar, en el dibujo de las alas de las mariposas nocturnas y en el plumaje de ciertas aves. En todos ellos se replica el lenguaje de naturaleza preciosa y cósmica proveniente de un tiempo anterior a la creación del mundo, del sol y de la luna actuales. Itzamná (catalogado como dios "D" en la denominación canónica propuesta por Shellhas), es el portador de aquel don divino y el escriba primordial del universo. Sin embargo, no era el único dios maya conocedor del arte de la escritura, como lo demuestran las imágenes de Chaak, el poderoso dios de la lluvia, a quien se lo representa también en los códices con estos atributos. 

                                                                            
Escriba con recipiente de tinta y pincel

Escribir y leer un texto en la época prehispánica significaba tender un camino entre el mundo de los hombres y el espacio sagrado. Quienes lo hacían compartían el atributo de Itzamná, Dios creador del universo y eran, a la vez que expertos dibujantes, hábiles animadores (lectores - intérpretes) de los documentos, que se resguardaban en recintos especiales conocidos como casas de las pinturas, lugares donde cuidadosamente plegados se depositaban en urnas de piedra talladas con figuras y símbolos inherentes al arte de los escribas, como se interpreta por uno de estos objetos, hallado intacto aunque sin su contenido original en Chichicastenango, Guatemala.

Códice de Dresde


El origen de la escritura maya 

El estilo de cultura visual maya, y su escritura, se originó en las tierras bajas del Petén hacia el año 300 antes de la presente era, durante el período histórico denominado preclásico tardío. Este sistema se fue desarrollando de manera conjunta al crecimiento cultural de grandes centros ceremoniales como El Mirador, Nakbé, Uaxactun, San Bartolo, Aguada Fenix, etc.. Las evidencias mas tempranas de escritura maya se encuentra en la mencionada región, siendo éstas el antecedente directo del sistema de escritura jeroglífica desarrollado durante el período clásico.   

El soporte material de los códices

Los códices mayas fueron pintados sobre largas tiras de papel indígena (conocido generalmente por su denominación en lengua náhuatl como papel amate). La pasta con la que se lo elaboraba (y elabora hasta hoy en comunidades de artesanos como San Pablito Pahuatlán), se obtiene machacando la corteza interna de cierta variedad de ficus (un tipo de higuera) que crece en las zonas cálidas de Centroamérica. Una vez confeccionada la tira, ésta se recubre con una muy fina capa de carbonato de calcio (procedimiento similar al que se utiliza para realizar pinturas "al fresco"). Otro soporte utilizado para confeccionar los códices, cuya evidencia procede de fuera del área maya, fue la piel del venado, conservándose un interesante grupo de documentos provenientes de Oaxaca, México, elaborados en dicho material. Podemos mencionar un tercer conjunto de documentos pictóricos, integrado por los denominados lienzos. Estos artículos presentan como soporte paños de algodón nativo que en ocasiones son unidos entre sí para incrementar el tamaño de las piezas. Sin embargo, los lienzos no poseen el formato de un códice tradicional, sino que se "enrollan" como una hoja de cartulina. Cabe mencionar también que los ejemplares confeccionados en este formato datan de época virreinal temprana, y tampoco provienen del área maya.

La tríada europea de documentos originales   

Los códices mayas de Dresde, Paris y Madrid están confeccionados en papel indígena,
 no son de gran formato (15 x 30cm. en promedio) y sus hojas se despliegan a modo de un biombo. Cada una de ellas está recubierta por una fina capa de estuco (carbonato de calcio) llamada técnicamente superficie de imprimación, para de éste modo hacerlas lisas y aptas para el dibujo a pincel. El color utilizado en los glifos es generalmente el negro, pero los hay también, aunque en menor cantidad, en color verde. Para el sistema de numeración del calendario de 260 días se utiliza el rojo y para el dibujo de las figuras los mayas de la antigüedad utilizaron una gran variedad cromática, pasando por el azul maya, ocre, rojo, amarillo, cinabrio, minio, verde y negro, pudiendo incluso existir algún otro color no determinado por el deterioro y decoloración de los tintes. En la elaboración de cada obra participaba un grupo especializado de artesanos: los elaboradores del soporte material, los tlacuilos (dibujantes indígenas) y los escribas. Estos últimos se ocupaban de introducir la escritura e indicar el diseño de las figuras que la acompañaban a los tlacuilos. La cubierta y la contratapa de estos documentos eran de madera fina y liviana, y ambas partes estaban forradas con piel de jaguar.


Breve descripción de los pigmentos

Azul maya: El azul maya es un compuesto inorgánico-orgánico que se obtiene después de mezclar el colorante índigo de la arcilla paligorskita (un mineral) con la tintura del añil (un vegetal). Esto da como resultado el sorprendente azul turquesa que observamos, por ejemplo, además que en los códices en las pinturas murales de Bonampak y de otros sitios mayas. Este bello y peculiar pigmento tiene como atributo adicional el que, si se lo expone a una fuente de calor, a medida que toma temperatura su tono se vuelve más oscuro. 

Ocre o café rojizo: para obtener esta tonalidad utilizaban como tinte la grana cochinilla, que se extrae de un parásito que coloniza las plantas de nopal. Como es un producto elaborado principalmente en la zona de Oaxaca probablemente llegó a las tierras mayas centrales y a la península de Yucatán por medio del intercambio, era costoso y por lo tanto en muchas oportunidades los mayas lo diluían para que rinda más agregándole cera de abeja, un producto que sí abundaba en el área peninsular. 

Rojo: el color rojo se elaboraba con hematita especular, que es la forma mineral del óxido férrico. Otra forma de obtenerlo era utilizándo la madera roja del chanté

Negro: estaba hecho con lo que se conoce como "negro de humo", es decir: el tizne u hollín generado por la combustión del pino ocote. 

Verde maya: lo obtenían mezclando el azul maya con un colorante orgánico proveniente de la corteza del chukum (a veces se utilizaban minerales de tonalidad amarillenta). 

Amarillo: para este color se utilizó también una mezcla de índigo con el extracto de la raíz de un árbol llamado kanté, en Tzetzal, y añadiéndole un poco de cal.


Una escritura exclusiva de las cortes reales

Algo significativo y sumamente importante de señalar aquí, es que el sistema de escritura maya, tanto en los códices como en la litografía existente en los sitios monumentales del área maya se expresa por intermedio de un lenguaje logo silábico, y era de uso exclusivo por las elites gobernantes. Por lo tanto no refleja etnicidad, es decir, no fue hablado, ni comprendido, por la población común de las diversas ciudades-estado regionales. Ciertos investigadores lo definen como "sociolecto", es decir: un idioma exclusivo del grupo de poder, altamente especializado y sagrado. Este idioma era común en todos los reinos del territorio maya y es reconocido por epigrafistas y lingüistas como cholano clásico o maya jeroglífico. Junto con él funcionaba un sistema de calendarios y un corpus de creencias religiosas que brindaba homogeneidad cultural dentro de un territorio en el que los distintos pueblos hablaban más de treinta variantes dialectales del tronco maya.


Como se leen los códices

Los códices mayas presentan una diversa variedad de unidades temáticas y cronológicas, y no se leen por páginas consecutivas o capítulos como los libros convencionales, sino que se lo hacía por almanaques y por tablas, enmarcando unidades temporales, conceptuales, rituales y de augurio basadas en el calendario mesoamericano y en los ciclos astrales. Esta era su unidad básica de interpretación.


Un esquema de lectura según cada tradición cultural   

Los códices, que como sabemos no solamente existieron en el área maya, se leían de distinta manera de acuerdo a la tradición de escritura a la que pertenecían, a su contenido y al formato en el que se encontraban diseñados. 

Los códices mayas, que como mencionamos tenían un tamaño similar al de un libro moderno, se leían generalmente por secciones independientes o almanaques. Los glifos se leían por columnas dobles, de izquierda a derecha y de arriba a abajo. El texto se relacionaba siempre con las figuras representativas de los personajes. Es importante remarcar que la escritura maya representa un lenguaje jeroglífico completo, siendo el único sistema conocido en las Américas capaz de expresar cabalmente el idioma hablado, cuya tradición de escritura se evidencia por primera vez, como dijimos, en las tierras bajas de Guatemala, y se va extendiendo al resto del área con el transcurso de los siglos.

Los códices del área nahua (centro de México) eran generalmente tiras de varios metros de largo y se diferencian a los del área maya por el hecho de estar escritos en un proto-lenguaje, es decir una lengua no acabada. Se leían en varios sentidos, alternando los signos fonéticos con las imágenes y con los dibujos para transmitir ideas. 

Los códices mixtecos de Oaxaca y de Puebla son otro conjunto muy interesante. Cada hoja se leía de atrás para adelante, en zigzag (como el vuelo de un colibrí) comenzando por la parte inferior derecha y relacionando las imágenes hacia arriba, cada una por separado.

Los códices adivinatorios y las tablas de calendario ritual de todas las tradiciones culturales mesoamericanas se leían de forma variable, conforme a la pregunta que realizaba el sacerdote que los interpretaba, teniendo en cuenta la concordancia de ciertas posiciones astrales con los días, las trecenas y los meses corrientes. 

Los mapas eran documentos pictográficos que también se leían de diferente forma según como estuvieran diseñados: desde el centro hacia afuera, desde un topónimo hacia otro, etc, etc..


El ritual de lectura en la tradición cultural visual maya
 
Por lo que deducimos de las imágenes de ciertas pinturas de la época clásica, sobre todo las representadas en objetos de cerámica, el ritual de lectura de un manuscrito estaba acompañado por una puesta en escena articulada y compleja, en la que intervenían una serie de actores: los mas importantes eran los lectores, personajes de la elite sacerdotal que se encargaban de narrar los textos. Dichos lectores estaban acompañados en un segundo plano por danzantes o mimos que escenificaban con sus movimientos los pasajes recitados, y por músicos que seguían la acción ejecutando diversos instrumentos. Todo esto ocurría en las cortes, entre nubes de humo que brotaban de los trozos de resina de copal que ardían en grandes incensarios de cerámica.


Códice de Dresde

Para los mayas el futuro estaba escrito en el pasado, por lo tanto, para afrontar el devenir fijaban su atención en acontecimientos míticos o históricos reconocibles y los asociaban con los ciclos planetarios. Estos eventos del pasado volvían en una secuencia repetitiva, lo que les permitía a los practicantes realizar augurios sobre el futuro y su repercusión en la sociedad, en los ciclos productivos y en las guerras. Semejante manera de encarar el destino, que se enmarca en una concepción circular del tiempo y del espacio, les posibilitaba, mediante ofrendas y sacrificios, apaciguar a las deidades con la finalidad de evitar eventos nefastos. El destino se podía por lo tanto, y obrando en forma consecuente, llegar a modificar.

Detalle de la página 24 del códice de Paris
 

Addenda

Se conocen 12 documentos pictográficos mesoamericanos científicamente aceptados como códices prehispánicos, aquí mencionamos a los tres provenientes del área maya.


a) Códice de Dresde (posclásico tardío). Biblioteca Estatal Universitaria de Dresde.
    Posible origen: Chichen Itzá, Yucatán.

b) Códice de Madrid o Tro-Cortesiano (posclásico tardío). Museo de América de Madrid. 
     Posible origen: Costa de Campeche. 

c) Códice de Paris (posclásico tardío). Biblioteca Nacional de Francia. 
    Posible origen: Mayapán o costa oriental de Yucatán (Tulum).

Existe un cuarto códice nombrado Maya de México (el ex códice Grolier) que se encuentra en la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia de México. Recientemente ha sido analizado y se lo ha catalogado como "manuscrito prehispánico", pero para muchos investigadores no se inscribe dentro de la tradición maya.  

El interesante grupo de códices arqueológicos

Se denominan códices arqueológicos a los fragmentos de códices que fueron hallados durante las excavaciones realizadas en antiguos centros mayas como Uaxactun, Nebaj y San Agustín Acasaguastán (Guatemala), y en Altun-Ha (Belice). Son restos recuperados durante la prospección de los sitios mencionados y se encuentran en muy mal estado debido a los siglos transcurridos y las malas condiciones de conservación, que produjo la pérdida casi completa del material original, quedando trozos fragmentados, cuasi fosilizados e ilegibles. Pero se sabe a ciencia cierta, por las características y el estudio de su material, que son fragmentos de antiguos códices, y por el contexto arqueológico en que se hallaron que pertenecieron a personajes de elite. Cabe mencionar que el trozo de códice hallado en Uaxactun formó parte de un ejemplar elaborado durante el período clásico, (400 d.C. aproximadamente) siendo el resto de códice encontrado con mayor antigüedad hasta el presente. En el caso de Altun-Ha, se trata de los restos de material fosilizado de un códice que formaba parte del rico ajuar funerario perteneciente al entierro de una dama de la elite local.

Los códices "transcriptos"

Popol Vuh, el libro del "consejo" o "de la comunidad": 

"el instrumento para ver con claridad,
llegado del otro lado del mar,
el cuento de nuestra oscuridad,
el instrumento para ver con claridad la vida, así es dicho".

"..había un instrumento para ver, había un libro,
Popol Wuj era su nombre..." 

Este interesante manuscrito, del cual desconocemos su nombre original, se inscribe dentro de la tradición maya y fue encontrado en el interior de la iglesia de Santo Tomás Chichicastenango, departamento del Quiché, Guatemala. Sin embargo, sabemos que Wuj en lengua k'iché significa "libro" y Popol es un adjetivo que deriva de pop, y que significa "estera" o "petate". El petate o pop en las lenguas mayas conlleva el sentido de comunidad, ya que esta se concibe como un tejido de fuerzas sociales. El símbolo pop se asocia también al poder político. Su original se encuentra en la biblioteca Newberry, de Chicago, Estados Unidos. Es un texto bilingüe (k'iché y español) escrito en dos columnas y caracteres europeos, fue copiado sobre papel europeo por el reverendo Francisco Ximénez, cura De la Iglesia mencionada entre 1701 y 1703. En esa fecha Guatemala y Chiapas eran una provincia del virreinato de la Nueva España. El texto hallado por Ximénez es la copia de un antiguo documento indígena. El material está elaborado para ser transmitido de manera oral. De acuerdo con el Memorial de Sololá o Anales de los Cakchiqueles, el territorio que ocupa actualmente Chichicastenango sirvió, en época prehispánica, como asiento de la corte Cakchiquel, con el nombre de Chiavar. Luego de varias peripecias, manuscrito fue adquirido en la segunda mitad del siglo XIX por el abate Charles Étienne Braseur de Bourbourg, quien lo publico en París en 1861 con el título: "Popol Vuh. Le Livre Sacré et les mythes de l'antiquité américaine". A a la muerte del francés, el manuscrito de Ximenez fue llevado a los  Estados Unidos y permaneció guardado hasta 1941, cuando el guatemalteco Adrián Recinos lo encontró en los estantes de la biblioteca Newberry y decidió realizar una nueva traducción al español, directamente del k'iché, lengua que dominaba. Hasta la fecha, su versión (publicada por el Fondo de Cultura Económica de México como Popol Vuh, Las antiguas historias del Quiché) es considerada por los especialistas, si no como la mejor, como una de las mejores hasta el momento realizadas. En su contenido el Popol Vuh presenta una serie de interesantes relatos que se relacionan con el tiempo mítico e histórico de la sociedad maya, cuyo texto es de una enorme calidad poética y cuyo orden temático es el siguiente: La creación del universo; La historia de Junajpu e Xb'alanké (los mellizos); Los primeros hombres (barro, madera y maíz); El tiempo histórico, y por último La sociedad K'iché.
                                          
Tres manuscritos provenientes de Yucatán: 

El Chilam Balam de Chumayel: Es un muy importante texto tardío y todo indica que su compilador fue un indígena yucateco llamado Juan José Hoil, en el año 1782. Posteriormente intervinieron otras personas e interpolaron diversos textos al original. Luego pasó a ser posesión de algún sacerdote cristiano, o de su secretario, llamado Justo Balam. A partir de entonces el manuscrito fue pasando de mano en mano por varios propietarios. Actualmente se encuentra en la biblioteca de la universidad de Princeton. De su contenido podemos decir que es un texto misceláneo, con complejos mitos cosmológicos, profecías de los katunes, fórmulas de iniciación religiosa ("Lenguaje de Zuyúa") y calendarios astronómicos.   

El Chilam Balam de Ixil: Este manuscrito hace referencia a augurios del calendario de 260 días. Su lugar de precedencia es el pueblo de Ixil de Yucatán, y no esta relacionado con la zona de lengua Ixil, en el occidente de Guatemala. En la actualidad se encuentra en la Biblioteca del Museo Nacional de Antropología de Mexico.   

Existe una transcripción más, que quizás provenga directamente de la tradición oral, conocida como Ritual de los Bacabes (o "de los brujos yucatecos").


Lamentable pérdida de documentos (*)

Sabemos que hubo abundante destrucción de códices, aún en época prehispánica. El soberano mexica Itzcóatl, conductor de la triple alianza México-Texcoco-Tlacopan después de su victoria sobre la ciudad de Azcapotzalco en 1428, y cuando llegó al poder, procedió a la destrucción masiva de documentos y solicito a sus tlacuilos que reescribieran la historia, alegando que en la anterior narrativa había "hombres que se hacían pasar por dioses". 

Con la conquista, como dijimos al comienzo, no le fue mejor a los documentos. Los cronistas españoles informan que los aliados tlaxcaltecas de Hernán Cortés, cuando se tomó Texcoco, quemaron varias "bibliotecas" o "casa de libros" (Amoxcalli en náhuatl) que había en aquella ciudad gemela de Mexico Tenochtitlán. Para rematar y acto seguido a la ocupación por las tropas invasoras y sus aliados indigenas, los frailes evangelizadores identificarían a los códices como lugares "donde los demonios estaban representados", realizando quemas masivas de libros de las que se jactaban abiertamente, como las llevadas a cabo por el arzobispo Zumárraga y fray Diego de Landa.      

... continuará