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| Qoyllursayana ©DLeynaud |
Con este nombre se conoce a las piedras labradas con forma de bandeja, por lo general redondas u ovaladas, que encontramos en algunas de las wakas del Cusco. Su función consiste en retener sobre la superficie cóncava determinada cantidad de agua, lo que las transforma, por refracción natural de la luz, en espejos orientados al cielo. Eran utilizados por los sacerdotes en el contexto ritual de la observación astronómica para seguir a determinadas estrellas y grupos estelares durante su tránsito por el espacio.
El ámbito celeste
Los asterismos reconocidos por las antiguas culturas del Perú integraban un articulado sistema simbólico que, mediante la utilización de un calendario, le permitió a los sacerdotes andinos efectuar celebraciones asociadas al agua y los ciclos agrícolas. El hombre advirtió desde temprano que la posición en el cielo de determinados astros prefigura el advenimiento de cambios estacionales, como la llegada de las lluvias y el momento propicio para realizar labores de siembra en los campos. Estos eventos celestes fueron venerados y bendecidos pues aseguraban la prosecución del ciclo biológico y el mantenimiento de todos los seres. Aquellos individuos poseedores del conocimiento necesario para interpretar a los astros llegaron a convertirse en los poderosos guías de una civilización ordenada, eficiente y productiva. Sin embargo, aquel saber astronómico no llegó de manera precisa hasta nosotros. Esto se debe, en parte, a que la ciencia era manejada por expertos que la transmitían a sus discípulos de manera oral, con el apoyo nemotécnico de los diseños realizados en textiles y de los khipus. Con la temprana desaparición de estos camayocs o expertos la sabiduría se perdió, quizás para siempre, en el silencio de los tiempos. Por otra parte la información que ha llegado a nosotros, suministrada por los cronistas del siglo XVI, es confusa y contradictoria. La cristianización de la elite incaica puso fin a una larga etapa cultural. De allí en más, con el coadyuvante de la destrucción de telas, objetos rituales y monumentos, sumada a la prohibición de ejercer las antiguas ceremonias so pena de castigo y exclusión social, la esencia andina discurrirá en forma sincrética bajo el atavío de un nuevo Dios y de nuevas formas culturales. Sin embargo, el campesino alejado de los centros de poder también utilizó, y continuó haciéndolo hasta el presente, métodos de observación de los astros cuya posición en el cielo, combinada con las señales que le brinda el entorno natural, le permite programar las actividades de su chacra: conocer el momento ideal para la siembra, la cosecha y el ciclo reproductivo de los animales. Gracias a esta sabiduría, el trabajo de investigación etnográfica, el estudio de documentos históricos y la liberación de prejuicios académicos hemos logrado abrir una pequeña pero luminosa ventana, que nos permite vislumbrar el cosmos andino tal como debió ser percibido por los ojos de la antigüa civilización.
Para la cultura incaica propiamente dicha las estrellas eran illas o talismanes celestiales, poderosas entidades protectoras de los ciclos ligados a las actividades productivas del hombre, de las que eran corresponsables; de allí la necesidad de ofrendarles. Estas illas podían actuar en favor de una buena cosecha protegiendo a las sementeras de eventos indeseados, como granizadas, lluvias excesivas o sequías acaecidos en el kay pacha, el tiempo/espacio de aquí. Sobre ellas por lo tanto recaía el pedido de una buena temporada de aguaceros, la maduración correcta de los frutos, multiplicación de los rebaños, salud de los animales, en fin, de todo lo relacionado con el equilibrio natural en un ecosistema sometido a los rigores climáticos extremos, como el fenómeno de El Niño. Había entonces que lograr el beneficio de los astros para sortear las vicisitudes, caso contrario el espacio terrenal podía perturbarse y entrar en un profundo caos, generando graves catástrofes en forma de hambrunas o enfermedades que golpearían a una población demográficamente muy expandida y dependiente de la producción agrícola para su subsistencia. Este pensamiento se corresponde, en modo estrecho, con el principio político de reciprocidad: dar para obtener una compensación posterior.
El espacio celeste era pensado por la gran cultura andina como un lugar repleto de recursos, un ámbito con el que había que dialogar, con el que había que formular acuerdos.
Observadores del cielo
Es muy importante remarcar que no han sido los Incas los únicos poseedores de una cosmología compleja en el contexto de las sociedades prehispánicas de América del Sur. Cientos de años antes otros grupos étnicos que poblaron el vasto territorio que se extiende desde el ecuador hasta el trópico de capricornio, incluso más al sur, practicaron observaciones espaciales y registros relacionados a ciclos solares y estelares. Quizás no existan vestigios materiales de todos ellos pero sus saberes fueron transmitidos y heredados mediante una intrincada red, en la oralidad, en los mitos y en otros intercambios. Estos siglos de experiencia previa en la observación del cielo del hemisferio sur, de ir moldeando conceptos, sirvió para dar forma al nutrido corpus que poseía la sociedad indígena al momento de la invasión europea. Sin duda la gran cultura Inca del tercer y último horizonte se benefició enormemente con toda esa experiencia.
Un ejemplo de ella son los monumentos del intrigante Chavín, entre los que se encuentra la llamada piedra de las Pléyades, que no es otra cosa que una gran Qoyllursayana con siete cavidades horadadas en un cuerpo pétreo con forma de un gran felino y cuya manufactura precede por más de mil años a la ascensión del poblado de Cusco al rango de urbanización. Por otra parte en la conocida como Waka del Sol y de la Luna, ubicada en el departamento peruano de La Libertad, se encuentra, en uno de sus recintos, un magnífico friso con pinturas realizadas por la cultura Moche hacia el siglo III de la presente era en el cual se describen acontecimientos estelares, detallados con gran maestría y delicadeza. Estos son sólo un par de ejemplos de un complejo entramado de representaciones, que incluyen además del arte lítico o mural a la iconografía en diseños textiles y objetos de cerámica presentes en las culturas Pucará, Tiawanaku, Nasca, Huari, Chimú, Chancay, Chachapoyas, Chincha y Aymara, por mencionar solo algunas de las que poblaron la región andina.
Las Pléyades:
Las Pléyades fueron el grupo estelar más relevante para los pueblos andinos de la antigüedad. En el Cusco se las conoció con el nombre de Qolca (granero) o Qoto (como llaman al piloncito de papas o de otros productos que las mujeres ofrecen sobre sus mantas, en los mercados). Su importancia no solo era central por motivos rituales y calendarios, sino que constituía un eficiente oráculo para predecir, mediante su observación en las qoyllursayanas (o como lo hacen incluso hoy en día los campesinos de ciertas zonas de los andes, en las cochas) el advenimiento de fenómenos climáticos. Este hecho, de suma importancia, se comprueba de la siguiente manera: cuando se aproxima una temporada de El Niño la humedad acumulada en el área sureste de los andes peruanos se incrementa al extremo de enrarecer la atmósfera, normalmente seca, y la visión habitual de las siete estrellas nítidas que componen el grupo en el cielo nocturno se perturba, tornándose borrosa, lo que presagia un futuro desequilibrio ambiental. Los dioses climáticos del Perú antiguo ponían, desde el cielo, sobre aviso a los hombres de que próximamente habría graves contratiempos: lluvias a destiempo, excesivas, violentas granizadas e inundaciones, entre otra serie de desequilibrios medioambientales. Esto sucedía periódicamente y sucede hoy en día con las mismas consecuencias devastadoras. Estar sobre aviso era primordial.
Una celebración moderna nos permite imaginar, tras su velo sincrético, lo que debió ser en el pasado un festejo mayor del pueblo andino: me refiero a la peregrinación al santuario del Señor de Qoyllur Riti (Estrella de Nieve), que se realiza anualmente pero con motivos cristianizados hacia la mismísima época de reaparición de la Qolca en el cielo en Sinakara, provincia de Quispicanchis, Cusco. Un magnífico evento al que tuve la gran fortuna de poder concurrir en tres oportunidades, y en todo su desarrollo: desde el peregrinaje al santuario del Señor de la Estrella de Nieve, al pié del glaciar Colque Punku, hasta el ritual de Inti Alabado en la pampa de Tayankani.
Ch'aska:
Los Incas llamaban al planeta Venus Ch'aska Qoyllur, que en quechua significa "estrella de cabello enredado". Ch'aska es una de las Puriq Qoyllur, o "estrella que camina", debido al derrotero irregular con el que alterna su aparición en los crepúsculos. Era considerada, según las antiguas narraciones del Cusco, como un Auki, hijo predilecto del Inca que podía llegar a coronarse alguna vez supremo gobernante. El Inca delegaba en este Auki actividades de supervisión directa sobre el cumplimiento de sus órdenes en pueblos y lugares en los que no podía estar presente personalmente, lo que transformaba a la estrella en un verdadero lugarteniente celestial. El concepto Auki es muy interesante y demandaría una nota completa para ir desentrañándolo, debiendo incluir en él a todas las representaciones simbólicas del Inca en forma de figuras o bultos investidas de sus atributos y que los contingentes político militares del Cusco transportaban brindándole al soberano el don de ubicuidad por el cual podía estar "presente" en expediciones, guerras, o de visita a los señores de otras regiones.
El nombre Ch'aska siempre es compuesto, lo acompaña un adverbio que determina la posición matutina (Paqariq Ch'aska) o vespertina (Ch'isin Chaska) del astro. En el Cusco se llama cariñosamente "chaskosita" a la mujer de cabellos desflecados o enredados.
Las Chakanas:
Hay incontables Chakanas en el espacio pero ninguna de ellas tiene relación con el signo escalonado al que un mito moderno le atribuye erróneamente el nombre Chakana. Podemos tomar cuatro estrellas y unirlas para obtener una X o "cruz" imaginaria. La Chakana más grande del cielo se forma uniendo de a pares a los cuatro astros que configuran las extremidades de la constelación occidental de Orión (Betelgeuese, Aldebarán, Rigel y Saiph) Esta Gran Chakana o Hatun Cruz, tal es su nombre contemporáneo, se observa nítidamente sobre el cielo del Cusco en el centro de la bóveda celeste a comienzos del mes de mayo. Probablemente sea ésta Gran Chakana la alineación que describe, en el centro de su dibujo, el cronista indígena Juan Santa Cruz Pachacuti Yamki Salkamaygua, en el que el autor copia (por referencia) un mapa del cosmos que, según la crónica, estaba grabado sobre láminas de metal brillante en uno de los recintos principales del Templo del Sol, llamado también Qoricancha.
La alineación conocida como Huchuy Chakana, (pequeña Chakana) es otro ejemplo de Chakana que encontramos en el cielo, en este caso en una posición austral. Su diseño, similar al azadón utilizado por los campesinos andinos, hace suponer un simbolismo agrícola. En occidente se la conoce como constelación de la Cruz del Sur.
Urkuch'illay:
Urqucha = machito; Illa(y) = resplandeciente. La "Llama Resplandeciente" es un grupo de estrellas que se ubica sobre la constelación de Lyra. Según Garcilaso era reverenciada por los pastores, en su crónica la menciona como " ... una llama o alpaca de muchos colores, siendo aliada de la conservación de la especie". Las Illas y Conopas son unas pequeñas figurillas de plata maciza o piedra, objetos muy importantes en el contexto ritual tienen por lo general unos cinco centímetros de altura y representan llamas. Se utilizan en entierros y ofrendas con fines propiciatorios.
Los Amarus:
Son dos serpientes que habitan en el cielo y que, según cuentan los amautas o sabios, tenían la función de integrar los mundos. Estas representaciones simbólicas de grandes ofidios celestiales eran sumamente veneradas en el antiguo mundo andino. Una de ellas, Sach'amama, se encuentra sobre la constelación del Escorpión y es un ofidio terrestre que, según la mitología, trepó a un gran árbol y de allí pasó al cielo, en donde comenzó a brillar con gran intensidad. El otro Amaru se encuentra en la constelación de la Osa Mayor, y su nombre es Yacumama. Este grupo de estrellas aparece periódicamente en el cielo del norte, observando desde el Cusco, y se pone en dirección nordeste, que es donde se encuentran ubicados los grandes ríos amazónicos. Yacumama es la gran serpiente amazónica que repta por el espacio, la madre de las aguas selváticas.
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| Amarus ©DLeynaud |
Chuqui Chinchay o Choque Chinchay:
Aquí el asunto se complica un poco. No está claro si Chuqui Chinchay (El Felino de Oro) es una constelación formada por ciertas estrellas del grupo del Escorpión o se llamaba así únicamente a Antares, la gran estrella roja que brilla en su interior. En mi opinión podría tratarse de un avatar producto de la yuxtaposición del Felino (que en realidad es un Gato Montés) con el Amaru. Existe un antiquísimo mito que habla del llamado “Felino de fuego”, como un animal con cuerpo de gato montés* y cola de serpiente, que emitía rayos, producía truenos, escupía granizo y convertía su orín en lluvia. Tenía una importantísima relación con los ritos del agua desde época pre-Inca, y es el mismo animal que se encuentra grabado en el pectoral del personaje que está en el dintel de la Puerta del Sol de Tiawanaco, así también como en el oficiante o chamán representado en una valiosa cerámica Nasca conocida con el nombre de "Divinidad Suprema".
*Leopardus Jacobita
Willka Wara o K'ancha Wara:
Willka Wara, o “Estrella Sagrada”, es Sirio, el cuerpo estelar más brillante del cielo, que se encuentra en el corazón del Can Mayor. Se hace visible cada noche desde el mes de noviembre y permanece en el cielo hasta el mes de junio, el mismo período de tiempo que demanda el cultivo, recolección y secado de la papa serrana, desde la siembra hasta ser transformada en chuño y moraya, dos alimentos primordiales para el pueblo altoandino. Se la considera por lo tanto protectora de este tipo de cultivos.
Llamakancha:
Tres constelaciones llevan este nombre, que significa "El corral de las llamas". Son reconocidas porque sus formas semejan un corral de pirca. La primera se sitúa exactamente en la Corona Boreal y la segunda en la Corona Austral. Por su parte el registro etnográfico refiere que los Qeros, un pueblo muy antiguo de la provincia de Paurcartambo, en el Cusco, hablan de ambas con gran devoción, y de una tercera Llamakancha, que se encuentra ubicada en la constelación de Carina. Llamakancha es la constelación tutelar de los "llameros", hombres que se dedican a la crianza de camélidos.
Willka Mayu:
La vía láctea es Willka Mayu, el gran "Río Sagrado" o "Celestial". Una peregrinación que el cronista Cristóbal de Molina describió con detalle se realizaba hacia el solsticio del mes de junio y era el tercer gran rito estacional del calendario incaico. El evento coincidía con el inicio del nuevo año y en él se reverenciaba a la Vía Láctea como oferente de las aguas que se derraman sobre la tierra. Lo llevaba a cabo el grupo de sacerdotes Tarpuntay, orden dedicada exclusivamente a las celebraciones agrarias. Durante diez días este grupo religioso peregrinaba desde el cerro Huanacauri, al sur de la ciudad, trazando un camino recto por las montañas hasta el santuario de Vilcanota, sito en La Raya, sobre las alturas divisorias del los actuales departamentos de Cusco y Puno. Era un ritual muy importante, con él se inauguraba un nuevo ciclo de trabajo agrícola, peticionando por futuras lluvias en un momento del año (mes de junio) en el que el cielo está totalmente despejado de nubosidad y Wilka Mayu se observa con toda su blancura extendiéndose sobre los valles centrales cusqueños. En el extremo sureste el gran "río sagrado" parece recostarse y tocar los nevados de La Raya, derramando simbólicamente el líquido precioso sobre los glaciares en los que nace el río Willkamayu (Vilcanota), cuyo cauce los sacerdotes seguían a su regreso, descendiendo a través de cañadas y valles por sitios como Rurucachi, Sicuani, Cacha Viracocha, Urcos, Pisaq, etc, hasta llegar a Ollantaytambo. Aquí los sacerdotes Tarpuntay abandonaban el acompañamiento de las aguas sagradas retornando al Cusco por un camino más corto a través de la quebrada de los Pomatales, Huarocondo, la Pampa de Anta y Poroy, para ingresar a la ciudad por el norte y finalizar el ritual en el Templo del Sol. Esta peregrinación se repetía durante el mes de noviembre, pero entonces se realizaba el recorrido de manera inversa, es decir remontando las aguas río arriba. Esta segunda fase del evento tenía lugar una vez iniciada la temporada de lluvias en la región y probablemente su significado era expresar agradecimiento por el precioso líquido recibido.
Las constelaciones negras:
Son las manchas oscuras que se ven en la vía láctea, cada una de ellas representa a un animal que habita la biosfera andina. La mas importante es la Llama, pero también hay una Perdiz, un Zorro, un Sapo, un Cóndor, etc. Entre todos ellos se observa también la figura de un pastor. Nos ocuparemos de ellas en una próxima entrada.
Los Cometas:
"... y de las cometas saben lo que ha de suceder, buena o mala señal", Guamán Poma de Ayala.
Continuará...


