Una evolución histórica
Desde comienzos del holoceno -hace unos 9000 años- como consecuencia de los notables cambios geológicos ocurridos en la era pos glaciar, los grupos humanos preexistentes de recolectores, cazadores y pescadores que habitaban el continente americano enfrentaron una drástica alteración en sus hábitos de subsistencia. Esto fue producto de una merma sustancial en la disponibilidad de frutos comestibles en los bosques y la reducción, e incluso extinción, de las hasta entonces abundantes manadas que componían su principal fuente nutricional. Los mencionados cambios se evidencian en el notable incremento de la temperatura global y el nivel de los océanos, así como por un intenso y prolongado período de actividad volcánica (de aproximadamente dos milenios de duración), que produjo grandes alteraciones orográficas y atmosféricas, cuyo epicentro estuvo en las diversas zonas del planeta conocidas como cinturones de fuego. En América Central dicha actividad se produjo de manera particularmente intensa en el área adyacente al Cordón neovolcánico transversal de México, la Sierra Madre de Guatemala y el Arco volcánico centroamericano. Debido a su incidencia sobre las principales cuencas hídricas y lacustres de la región que hoy llamamos mesoamérica, dichos eventos motivaron que el espacio vital que habitaban aquellos grupos seminómadas se viera profundamente afectado. Sin embargo, los humanos no cesaron de migrar en búsqueda de zonas favorables para la supervivencia, efectuando asentamientos temporales durante los que experimentaron cultivos que, aunque muy elementales, propiciaron la dispersión de diversas especies generando lentamente su adaptación a nuevos territorios. Las novedosas condiciones climáticas y de composición química de los suelos alteraron el desarrollo de las variedades transplantadas y comenzó a gestarse en ellas una transición genética, que se completará siglos mas tarde a través de mecanismos de adaptación dirigidos por la mano del hombre, que en el afán de obtener rasgos apetecibles para su consumo alimenticio, seleccionó semillas, acondicionó sementeras y cuidó de los brotes, logrando con el paso del tiempo la domesticación de diversas especies.
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| Figura femenina, Tlatilco, México 1000 a.c. (col. Museo Amparo) |
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| Plato de barro, Tikal, Guatemala ©Justin Kerr |
Con el correr de los siglos la cerámica se transformó en un arte complejo y hubo pueblos que se destacaron sobre el resto por su habilidad en la elaboración de piezas de altísima calidad, para uso exclusivo de la elite y en restringido contexto ceremonial. Un ejemplo de esto son las Vasijas-esfinge zapotecas, producidas en los valles centrales de Oaxaca por artistas expertos y que fueron objetos sacralizados cuya función era netamente simbólica y ritual.
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| Vasija esfinge, valle central de Oaxaca Colección Museo Amparo |
Las vasijas-esfinge
Las vasijas silbadoras
Las vasijas silbadoras son un tipo muy especial de instrumento musical característico de las culturas prehispánicas del continente americano, sobre todo del área Andina que fue donde se halló la mayor cantidad de estos objetos. Su singularidad radica en la forma de producir sonido a partir de un impulso hidráulico y a través de un mecanismo que no es visible desde el exterior de la vasija. Estos sofisticados instrumentos aerófonos aparecen en el registro arqueológico de mesoamérica hacia el preclásico medio, principalmente en el área central, la región de Oaxaca y la zona Maya. Son abundantes en sudamérica y como ejemplo sobresalen las producidas por la cultura Moche.
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| Vasija silbadora, Tlatilco (hacia el 1000a.c.) Colección Museo Amparo |
Los silbatos mexicas
Son pequeños instrumentos de cerámica que reproducen un sonido onomatopéyico similar al de algunos animales o al silbido del viento. Existen infinidad de silbatos de diferentes texturas sonoras y debieron ser utilizados profusamente en las celebraciones ya que se los encontró en innumerables ofrendas, tanto enteros como partidos ritualmente. A algunos de ellos se los ha llamado "silbatos de la muerte" por poseer un rostro decorativo de calavera (aunque hay otros con forma de tecolote o búho) y que según la crónica de fray Bernardino de Sahagún "eran de mal agüero porque su sonido aterrorizaba y hasta anunciaba la muerte de alguien...".
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| Aerófonos ©MNA |
Por otra parte, un par de silbatos con rostro de calavera se han rescatado de las manos de un sacrificado en un enterramiento en el templo de Ehecatl-Quetzalcoatl, en Tlatelolco (Ciudad de México). Se ha asociado su particular sonido al del viento y las corrientes de aire, a las que Ehecatl representaba. Un dato curioso es que ni en Tlatelolco ni en su hermana gemela Tenochtitlan hubo bancos de barro ni madera para hornear objetos de cerámica, por lo tanto la procedencia de estas y muchas otras piezas de la cultura mexica es foránea.
La cerámica de la antigüedad no era un objeto ornamental
Para las elites de las altas culturas del pasado -en cuyos centros de poder o ciudades un grupo de artesanos especializados, a veces llegados de los puntos más distantes de la tierra conquistada, elaboraban en cerámica artefactos cargados de profundo simbolismo-, estos objetos no representaron "lujo" tal y como se entiende en la actualidad. Fueron piezas sacralizadas, cargadas de misticismo. Estas piezas no se exhibían al público, ni siquiera para unos pocos individuos en los espacios privados de los grandes palacios Mayas o Zapotecas. Eran conservados y manipulados por reyes y sacerdotes que de manera reservada los depositaban en ofrendas acompañando una súplica reverente a las deidades, el fasto por la inauguración de un templo tanto así como a dignatarios del mas alto rango en su viaje al más allá. En dichos contextos es que debemos considerar y entender a estos objetos, que hoy admiramos en las vitrinas de importantes museos pero alejados de su ámbito primordial: me refiero a las ofrendas e inhumaciones de las que muchos cientos de años después los arqueólogos recuperaron algunas de las elaboraciónes más significativas y veneradas por aquellas sociedades.
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| Vasija "cacaotera" de Río Azul, Guatemala ©MUNAE |
Las vasijas cacaoteras
Una muy bella e interesante pieza por el contexto del hallazgo y su significado para el estudio de las culturas antiguas es esta vasija de cerámica del periodo clásico hallada en Río Azul, Guatemala. Esta ciudad maya se ubica en el ángulo nordeste del actual departamento del Petén, en una cuña selvática de las tierras bajas centrales que limita al norte con México y al este con Belize. La mayor ocupación del sitio se produjo durante el clásico temprano (250-600 d.c.) pero pudo estar habitado desde tiempos Olmecas. Río Azul fue, como Tikal, una ciudad que desarrolló un gran conocimiento de manejo hidráulico e irrigación por medio de canales. Se han registrado en el área más de 700 construcciones entre recintos y estructuras, lo que ratifica su importancia en la antigüedad. Paradójicamente la "fama" fue contraproducente para el sitio ya que a medida que se fueron descubriendo construcciones intactas bajo la selva se produjo una invasión de saqueadores (huaqueros dirían en Perú) que desde la actividad clandestina o bajo ribetes de investigación han expoliado descaradamente el sitio y fugando las piezas halladas al extranjero, siendo un botín muy apetecido por los coleccionistas. Otro lamentable suceso producto de la falta de vigilancia es que un turismo depredador ha hecho estragos en las estructuras reabriendo imprudentemente tumbas clausuradas por los arqueólogos, lo que motivó el deterioro de una parte significativa de los frescos de las bóvedas. Así y todo se pudieron rescatar importantes secretos ocultos en el sitio, como los de la tumba 19. En ella se encontraron intactos en el año 1986 varios vasos, platos, ollas con tapa, los restos de un cuerpo humano y una pieza conocida como "cacaotera", en cuyo interior se hallaron remanentes fosilizados de teobromina (un alcaloide del cacao). El recipiente lleva en su parte superior un asa para ser cargado y posee una muy singular tapa de rosca para preservar de manera eficiente el contenido. Es una pieza policroma perfectamente conservada en la que se utilizó el azul maya (yax) y el marrón anaranjado para el esmalte, y que fue decorada con manchas globulares y líneas negras en el diseño de los glifos, los que poseen la característica de estar grabados sobre círculos de estuco adheridos al contorno del cuerpo y de la tapa. La base de la vasija es redonda y esta se apoya sobre un soporte circular parecido a una gran "orejera" para que se mantenga firme. La palabra "Kakaw" o "Cacao" es, según los lingüistas, de origen mixe-zoqueano, lengua que hablaba el pueblo Olmeca e influyó en época muy temprana en el idioma maya de las tierras bajas. En la tapa encontramos inscripta una dedicación en antiguo maya chol: yuk'ib' ta witik kakaw ta koxom mul kakaw "...su bebedero para contener (...) fresca bebida de cacao".








